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Estados Unidos y la formación de estados de opinión sobre Cuba (I)

La utilización de los medios de comunicación por los Estados Unidos para construir estados de opinión acerca de asuntos relativos a Cuba es una práctica de más de un siglo, lo que cambia son los propios medios en cada época y, con ello, también se incorporan los resultados de investigaciones que aportan nuevas formas de actuar en el uso de esos medios, así como instrumentos en relación con los objetivos a lograr y que se reflejan también en los discursos empleados, amén de las modificaciones en los contextos. Por tanto, esta práctica podemos seguirla a través de diferentes momentos históricos, en los cuales lo que se ha mantenido estable es la ambición del poder en los Estados Unidos por la dominación sobre la isla vecina.

 

 

 

El interés por Cuba desde las instancias de gobierno, debido a su cercanía geográfica en lo fundamental, puede establecerse desde el tercer presidente, Thomas Jefferson (1801-1809), quien en 1805 se refirió a la necesidad de la posesión de la isla para la defensa de su zona sur, idea en la que persistió en años posteriores. Todavía en 1823, cuando se elaboraba la “doctrina Monroe”, el ex presidente Jefferson explicó: Yo cándidamente confieso que siempre he mirado a Cuba como la más interesante adición que pudiera ser jamás hecha a nuestro sistema de estados. El control que, junto con el punto de la Florida, esta isla nos daría sobre el Golfo de México y los países y el istmo que lo bordean, al igual que todas las aguas que fluyen hacia él, colmarán la medida de nuestro bienestar político.  Por tanto, el concepto de la necesidad de adquirir a Cuba tiene una larga data, pero no tenían condiciones para realizarlo en época tan temprana de su historia.

El siglo XIX muestra diferentes momentos en los cuales el discurso de poder se enfocó en la aún colonia española, como la formulación de la política de la fruta madura en 1823 o la primera oferta de compra en 1848, pero vamos a tomar uno de los más emblemáticos: el proyecto de intervenir en la guerra cubano española en 1898. No era la primera vez que esta posibilidad se valoraba durante las guerras independentistas cubanas, pero en etapas anteriores los Estados Unidos no habían alcanzado la potencialidad para ejecutarlo.

El final del siglo XIX marcaba un cambio importante con la emergencia del país del Norte como nueva potencia dentro del desarrollo imperialista. En el nuevo contexto, el antiguo propósito de apoderarse de Cuba se tornaba posible, pero había que crear un estado de opinión favorable para esta aventura dentro de la propia población norteamericana, además de evitar enfrentamientos con las potencias europeas ya asentadas, para lo cual había que emplear un discurso persuasivo acerca de la intención norteña y crear una opinión favorable dentro de la propia sociedad estadounidense, en lo cual la prensa tendría un importante papel.

 

La imagen de la Cuba mambisa se potenció en algunos periódicos del país vecino, en correspondencia con la simpatía que se percibía acerca de los luchadores independentistas; pero lo que adquirió fuerza en el discurso político y en la prensa fue la imagen de una Cuba representada en forma de mujer sufriente debido a la política española. Esta representación de Cuba como mujer que sufre indefensa ante los horrores de la política de guerra hispana se adueñó de los espacios a través de caricaturas, además de artículos y discursos que insistían en la Cuba atormentada por su metrópoli. La prensa tuvo entonces un papel muy importante en despertar sentimientos en la población norteña de lástima y de apoyo a la isla desolada. De modo particular, el magnate de la prensa William Randolf Hearst se destaca por la manera en que representaba a esa Cuba con caricaturas y artículos en los periódicos que poseía, aunque no fue el único. Louis A. Pérez Jr. muestra en su libro Cuba en el imaginario de los Estados Unidos, múltiples caricaturas y fragmentos de artículos que ilustran este uso de la prensa en la formación de estados de opinión. Este autor afirma que “la visión del 98 como un empeño realizado en nombre de la Humanidad sirvió para establecer el cálculo moral por el cual los estadounidenses, en lo adelante, imaginaron el propósito de su poder y celebraron la virtud de sus motivos.”

De acuerdo con las imágenes que circulaban, la isla de Cuba -la mujer sufriente y desvalida- necesitaba ayuda y los Estados Unidos se erigieron en la “fuerza moral” ante esa situación. Si fue en 1845 que se formuló la explicación providencial para los Estados Unidos con la aparición del “destino manifiesto” en un artículo de John O´Sullivan donde, a través de la prensa, explicaba el cumplimiento de nuestro destino manifiesto de sobreextender el continente asignado por la providencia para el libre desarrollo de nuestros millones que anualmente se multiplican, a fines del siglo había llegado el momento de asumir ese designio providencial. El Tío Sam aparecía en las caricaturas como el asidero de la pobre mujer maltratada para su salvación. En aquella circunstancia, el propio presidente William McKinley acudió a la inspiración divina para explicar sus decisiones respecto a Cuba.

El New York Times, muy destacado en la faena descrita, reiteraba este discurso con artículos y con imágenes de caricaturas y afirmaba que el único deseo era ver a Cuba en las condiciones de “buena vecindad”. En todas esas representaciones de Cuba y del deber estadounidense, no aparecía la fuerza de los mambises como combatientes por la independencia y, por tanto, hacedores del destino de Cuba libre; es decir, se omitía la existencia de fuerzas propias cubanas capaces de combatir y asegurar el destino de la isla. En 1897, el New York World preguntaba “¿Por cuánto tiempo más debemos consentir la eliminación de nuestros vecinos y amigos?”

 

 

Un hecho que tuvo un gran despliegue en la prensa fue el rescate de la joven cubana Evangelina Cossío en 1897, quien estaba presa en Cuba. Su salida y su traslado a los Estados Unidos fue ampliamente divulgado, de manera que aquello se convirtió en el hecho que concretaba esa proyección de la mujer víctima y el brazo del Tío como el necesario salvador. El New York Journal se adjudicó la organización y ejecución de ese rescate que durante meses ocupó las primeras planas en la prensa. También la explosión del acorazado Maine en la bahía habanera, en febrero de 1898, tuvo una amplia cobertura en la prensa y surgió el lema “Remember the Maine”

Estas imágenes se correspondieron con el documento por el cual el Congreso de los Estados Unidos aprobó la intervención, pues la llamada Resolución Conjunta de abril de 1898 comenzaba afirmando que “el pueblo de Cuba, es y de derecho debe ser, libre e independiente”. A partir de entonces se produjo la intervención en la guerra, lo que daría un giro a la manera de representar a Cuba en la prensa estadounidense y también incorporaba la necesidad de trabajar la opinión cubana con vistas a la forma en que se podría articular la dependencia. El final de la contienda dejó a Cuba con una ocupación militar norteamericana por tiempo indefinido.

Si bien en algunos de los discursos de entonces ya se hablaba de las carencias del cubano para asumir de manera responsable y capaz su deber, después del Tratado de paz firmado entre España y Estados Unidos había que adaptar el discurso a la nueva circunstancia. Como afirmó el presidente McKinley, en su mensaje al Congreso de diciembre de 1899, la nueva Cuba que surgiría de las cenizas de la guerra debía quedar íntimamente vinculada a los Estados Unidos, pero la forma estaría determinada por la maduración de los acontecimientos. Por tanto, había que trabajar en esa dirección, para lo cual fue válido el discurso desde los que ejercían el poder, la proyección de la prensa y también la actuación del gobierno de ocupación militar, por cuanto había que crear estados de opinión favorables a la dependencia de la isla caribeña.

Se trabajó en torno a las escuelas con los maestros -lo que incluyó cursos de verano en la Universidad de Harvard-, en especial con la enseñanza de la Historia, se buscó la atracción de figuras del independentismo y también el acercamiento de hombres conservadores de los grupos de la oligarquía doméstica, en fin que se pusieron en práctica procedimientos para que los cubanos aceptaran esa dependencia, en lo cual el discurso en torno a la gratitud debía jugar un papel importante. Los cubanos no habían sido capaces de alcanzar su independencia, sino que esta se la había dado la nación norteña, por tanto había obligaciones que imponía el agradecimiento.

El aspecto señalado tenía dos usos: la actitud agradecida cubana y la incapacidad del cubano que no había sabido lograr su independencia. Esto se traducía de distintas maneras en las imágenes de las caricaturas. En esa proyección visual aparecía Cuba, mujer atribulada, pidiendo protección al Tío Sam frente a sus compatriotas, generalmente representados por hombres negros de aspecto salvaje, o a Cuba representada en un niño o una niña a quien había que enseñar, que educar pues estaba en etapa infantil, por tanto requería de tutela y el Tío Sam debía ser el tutor.

La prensa publicaba en 1901 palabras del senador Orville Platt que se referían a que Estados Unidos debía entrenar a “este niño” (Cuba) en el camino que debía seguir. La prensa insistía en que Estados Unidos había regalado la libertad a Cuba pues sus hijos no habían sido capaces de conquistarla. Con ese discurso se buscaba crear el complejo de inferioridad que posibilitara la dominación; pero tuvieron que buscar formas alternativas ante la permanencia mayoritaria de la voluntad independentista del pueblo cubano, expresada de muy diversas maneras. Entonces llegó la Enmienda Platt, cuya imposición también encontró maneras de proyectarse en el discurso y en la prensa.

 

 

La Enmienda Platt fue representada como un instrumento para mantener la tutela al niño que tenía que aprender a caminar y a quienes se oponían se les representaba como el negrito indisciplinado, rebelde, ingrato, mientras el Tío aparecía dando esa receta al infante a quien había que enseñar. En esto se mezclaba el tema de la gratitud -o ingratitud- y la infancia que debía superarse con la ayuda de quien había regalado la independencia. Estas formas de utilizar los medios para implementar los nuevos métodos de dominación tendrían adaptaciones en momentos futuros, en correspondencia con la aparición de nuevos medios para trabajar la formación de opiniones, así como con las circunstancias en la relación bilateral, como veremos más adelante.

 

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