Revueltas en Cuba y las vidas del gato

Revueltas en Cuba y las vidas del gato

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Durante 18 años de vivir con VIH en Cuba, los antirretrovirales genéricos de producción nacional que recibo gratuitamente cada mes y me mantienen indetectable al virus nunca faltaron tanto como desde principios de este año.

 

 

Lo más fácil -y lógico- sería que yo me irritara contra mi gobierno por esta situación que podría poner en peligro mi vida. No importa que en abril pasado yo también haya tenido Covid-19 y otra vez me cuidara ese mismo sistema de salud pública que ya me ha dado más vidas que a un gato. Y no soy el único.

Esa es la reacción que busca el bloqueo del gobierno de los Estados Unidos, al impedir al país acceder a mercados y financiamientos hasta para las compras más elementales, arreciado en el último año y medio por las más de 200 medidas del presidente Donald Trump que no han sido rectificadas por la actual administración norteamericana de Joe Biden.

Multiplicar ese efecto individual que he sentido yo, en cientos, miles, millones de personas, sometidas a todas las escaseces de la crisis económica y los rigores de la pandemia de Covid-19, para que nos volvamos salvajes contra nuestros propios semejantes y luchemos por la supervivencia a cualquier precio, es el objetivo final.

Así la propia ciudadanía rechazará al sistema político cubano, a sus dirigentes, a la alternativa socialista que se trata de mantener desde hace más de 60 años, y abriría las puertas al desconocido camino de una vuelta violenta al capitalismo tutelado por el vecino norteño.

Al desgaste económico y social le acompaña toda una estrategia mediática que te repite, día por día, que los culpables de todas las penurias y los errores que ella provoca están en la Isla, y todo lo demás es propaganda del “régimen”.

Lo reiteran no solo ya a través de los medios de prensa, sino del acoso psicológico, persona a persona, a través de las redes sociales y otras vías de comunicación, mediante sofisticados algoritmos e influencias desde la emigración, sometida también a igual campaña de desinformación, donde ya poco importan la verdad ni la objetividad.

Ese es el contexto en el que ocurrieron las manifestaciones de descontento popular de este domingo 11 de julio en Cuba, con el detonante de las dificultades en la generación eléctrica por roturas en termoeléctricas sin el debido mantenimiento, la peor oleada de la pandemia y la acumulación de carencias en alimentos y medicinas.

En varias localidades y barrios del país, la población expresó un descontento que enseguida fue capitalizado por las voces disidentes que reciben financiamiento y apoyo externo, para hacerlo ver como resultado de su inexistente liderazgo, y luego se degradó a lo largo de la tarde en trifulcas callejeras para robar tiendas e intentar crear el caos.

Parecería que la mejor baza de la política hostil de los Estados Unidos es entonces estimular a la delincuencia en Cuba. Conseguir que rebrote no solo el nuevo coronavirus, sino también lo peor de la sociedad como una fuerza que lidere a las personas descontentas en contra del Estado, las instituciones, el orden social.

La apuesta secreta seguramente es a que haya muertes en las calles. No importa la causa, ni quién ponga la víctima, ni la cantidad. Nada tiene que ver la preocupación desde los Estados Unidos por tales acontecimientos con razones humanitarias, sino todo lo contrario.

La rapidez con que desde hace pocos días algunos sectores radicales del autodenominado exilio cubano en Miami salieron a orquestar una petición de intervención humanitaria en el país, ante el aumento de contagios de Covid-19 y la inédita ocurrencia de decenas de fallecimientos diarios, indica por dónde van los tiros.

Como respuesta inmediata antes esos hechos recientes, el presidente cubano Miguel Díaz-Canel exhortó a contrarrestar los desórdenes con la presencia en las calles de la ciudadanía organizada. No fue un llamado a la violencia como tratan de interpretar ciertos medios de la derecha, sino a la mejor defensa que siempre ha tenido la Revolución cubana: la masiva participación popular.

En la confusión, no poca gente sin suficiente información, o con preocupaciones legítimas por sus familiares y amistades, y hasta con sinceras ganas de ayudar, podría caer en la trampa que busca justificar esa posible y tan deseada intervención para deshacerse, al fin, del incómodo ejemplo de Cuba socialista y soberana.

La mayor solidaridad que necesitamos quienes en este país estamos ahora mismo sin medicinas ni alimentos suficientes, con apagones y enfermedades, atribulados y ansiosos, es la exigencia al gobierno de los Estados Unidos para que levante todas las sanciones económicas contra Cuba.

Que nos dejen concluir y aplicar en paz nuestras propias y eficaces vacunas contra la Covid-19; que no nos regalen nada, que nos dejen ganarnos solitos lo que podamos conseguir con nuestro propio trabajo, sin presiones, extorsiones ni invasiones.

Vengan después todas las ayudas, los gestos y hasta las críticas, merecidas o no. Lo demás es sumarse a ese corredor inhumano de venganzas, odios y revanchas políticas, con la malsana intención de que yo me irrite y derroque al gobierno que durante 18 años me garantizó mis antirretrovirales, porque hoy no puede hacerlo, a pesar de que su sistema de salud pública ya me ha dado más vidas que a un gato.

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