Catorce días vestidos de valientes

Catorce días vestidos de valientes

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Estar 14 días, 336 horas con algunos segundos, en riesgo constante; vivir, comer, dormir con un ojo pendiente de que si haces algo mal, puede costarte caro, incluso la vida, no es una opción que muchos elegirían.

 

Doraine, en primer plano, agradece la experiencia de ayudar en medio de esta pandemia, fue una experiencia que la convirtió en mejor ser humano.

 

Pero a Doraine Linares Jiménez los retos no la detienen. Esta estudiante de quinto año de Licenciatura en Derecho siempre ha sido de las que da el pecho a cada situación, le gusta crecer y ser ejemplo; y no solo porque sea la presidenta de la Federación Estudiantil Universitaria de la Universidad de Camagüey Ignacio Agramonte Loynaz, sino porque no sabe vivir de otra forma.

En medio de este caos que ha producido la Covid-19, de esas clases virtuales que revolucionaron las aulas, Doraine supo que su escuela otra vez serviría de centro de aislamiento. Así que no lo dudó y manifestó su interés de estar allí, de servir de apoyo al personal médico y ser guía dentro de la institución educativa. La respuesta fue afirmativa, además podría preparar un grupo de compañeros que irían con ella.

“En menos de 12 horas los llamé y todos me dijeron que sí, no se pusieron a pensar que estaríamos dentro de la zona roja, ni en los riesgos, sino que nuestra ayuda sería esencial”, comenta Doraine.

Y así los profes Osvaldo Nápoles Abreu y Daimara Mustelier Casola, de la facultad de Ciencias Aplicadas y Fernando Manso Alonso, de la de Ciencias Sociales, junto a los alumnos Daynelis Rocamora Núñez, de segundo año de ingeniería mecánica, Yurisdán Paneque Díaz, de quinto año de la facultad de ingeniería química y Doraine se convirtieron en los primeros facilitadores que ayudarían a los ingresados y al personal médico durante 14 días. Mucho más porque si nunca has estado en nuestra Universidad, puede ser complejo moverte allí.

Cuenta Doraine que lo primero que pusieron como meta era ayudarse entre todos, “porque el éxito de esta tarea radicaría en cumplirla, pero sin enfermarnos.

“El primer día éramos simples conocidos que habíamos coincidido  en labores extensionistas de la Universidad anteriormente, pero luego de todo lo que vivimos nos convertimos en familia.

“Una jornada de trabajo en el centro es bastante fuerte. Diseñamos una rotación lo más equitativa posible, pero que de igual manera implicaba mucho esfuerzo. A las seis de la mañana ya estábamos en pie y las telas verdes, nasobucos dobles, caretas faciales y guantes nos cubrían y protegían por aproximadamente 12 horas.

“Distribuíamos el desayuno y luego unos recogían basura, otros limpiaban el área de comedor, las salas de estar, los pasillos, las áreas de los médicos, de los pacientes. Igualmente entregábamos el almuerzo y cuando terminábamos llenábamos los envases de agua y  de hipoclorito para que las personas se desinfestaran las manos.

“También ayudábamos al personal cuando iba a realizar los PCR, cuando llegaban ingresos nuevos. Y así hasta la hora de la comida, que la entregábamos junto con la cena; más tarde se recogía todo y a descansar.

“Pero en cada momento que interactuábamos con los pacientes intentábamos hablar con cada uno, regalarle un buen trato, los escuchábamos, estábamos atentos a sus necesidades y tratábamos de estar informados para comentarles de la conferencia del Doctor Durán, de los casos de la provincia…

 

Pocas eran las horas de descanso y muchas las áreas para limpiar en el centro de aislamiento de la Universidad de Camagüey.

 

“Estar enfermo no es algo que se elige, como tampoco lo era estar allí, así que lo mejor era transmitirle algo de paz y aunque estuviéramos cansados o tristes, no dejábamos que ellos se dieran cuenta. Eso nos permitió compenetrar con muchos de los pacientes e incluso hubo familias que celebraron con nosotros los resultados negativos.

“Sin embargo tratar con los pacientes era gratificante y difícil a la vez. Lamentablemente aún hoy muchos no comprenden la necesidad de estar en un centro de aislamiento, de ponerle fin a la cadena de contagio. Por eso también tuvimos que hacerles entender que no era un capricho, sino algo necesario y por el bien de su familia.

“Cuando detectaron a los cinco primeros positivos al coronavirus en el centro, personas aparentemente sanas, hubo tremendo cambio en la actitud del resto. Creo que eso fue lo más impactante, porque de lejos muchos no comprendían el riesgo, pero cuando le pusieron rostro a ese número, cambiaron.

“Nosotros nos cuidamos y la dirección de la Universidad se preocupó y ocupó siempre porque tuviéramos todos los medios de protección necesarios. Pero el riesgo estaba ahí y ninguno podía enfermar, ese era nuestro lema”.

Hoy ya todos dieron negativos y recuerdan con orgullo haber mostrado la estirpe de la juventud, de ese grupo etario que no está perdido. Lo hicieron con cariño y de corazón.

Fueron 14 días en los que no se les detuvo la vida, aunque sí las clases, las tesis; se hicieron casi médicos, sufrieron con los niños enfermos, vivieron momentos duros, lloraron, rieron. Celebraron cumpleaños, el Día Internacional de la Mujer, y hasta el profe Osvaldo asumió el horario de la madrugada como el momento ideal para no detener la preparación para hacerse Doctor en Ciencias.

Vivieron de prisa, y lo volverían a hacer, porque, como explica Doraine, “es una labor necesaria, que además tributó a nuestra formación como profesionales, nos volvió más humanos, más solidarios”.

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