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Desistir, jamás

“Nadie calibra el diapasón social como lo hace el exgremialista me­talúrgico. Acierta en los agudos cuando ataca y en los graves cuan­do se defiende. Solo él transmuta un ritmo popular en música eru­dita. Hablándole a la platea, Lula es Mozart”. Así describió el perio­dista argentino Edgardo Martolio al líder brasileño, luego de la con­ferencia de prensa que ofreciera el miércoles en la sede del sindicato de metalúrgicos de Sao Bernardo do Campo, en Sao Paulo.

Foto: BBC

Lula reapareció físicamente envejecido, voz más gruesa, pelo ralo y canoso, piel cansada; pero dueño absoluto de la tribuna, verbo y espíritu firmes, ganas y energías renovadas.

Esa primera presentación pública, después de que el minis­tro del Tribunal Supremo Fede­ral Edson Fachin anulara todas las condenas en su contra, tuvo lugar en el mismo salón donde se forjó como dirigente sindical en los años setenta y se atrincheró en abril del 2018 para procla­marse inocente cuando la (in)justicia del juez Sergio Moro de­cidió que merecía ir a la cárcel por supuesta corrupción.

“Sé que he sido víctima de la mayor mentira jurídica con­tada en 500 años de historia”, dijo. “Sé que Marisa, mi mujer, murió por la presión sobre no­sotros. Sé que me prohibieron visitar los restos de mi herma­no, ni una foto me dejaron tener. Por razones como esas podría ser un ciudadano con muchas y profundas marcas, pero no las tengo porque reconozco que mi sufrimiento no es comparable al de mis compatriotas sin em­pleo, al de los que no tienen qué dar de comer a sus hijos, ni al de los 270 mil brasileños que per­dieron a familiares a causa de la pandemia del coronavirus”, afirmó y convenció.

Durante casi dos horas de­mostró que sus capacidades para amar, organizar, persua­dir, movilizar… están intactas. Su discurso transpiró sapien­cia, esa con que los años nutren el talento. “Brasil no merece lo que está viviendo —lamentó—, no tiene un Gobierno que cuide de la salud, de la economía, de las empresas, de los salarios, del medioambiente, de la educación, de los jóvenes, de los niños de la periferia.

“Este país nació para ser grande, llegamos a ser la sexta economía mundial, fuimos respe­tados por las grandes potencias, merecemos un Estado impulsor del desarrollo y un mercado fi­nanciero que apueste por la in­versión productiva”, argumentó.

“Cuando una persona llega a mi edad (75 años) y recibe la opor­tunidad divina como yo, no tiene espacio para odios (…). Lava Jato desapareció de mi vida y espero que las personas que me acusan dejen de hacerlo (…). Quiero dedi­car la vida que me resta, ojalá sea mucha, a andar por mi país para conversar con el pueblo, con los legisladores de todas las posturas e ideologías, con los empresarios (…). Por la construcción de ese sueño es que me siento joven. De­sistir, jamás, esa palabra no exis­te en mi diccionario”.

El legado mayor

La campaña de descrédito contra el expresidente brasileño preten­dió (y logró) impactar también a la más grande fuerza política de la izquierda latinoamericana, el Partido de los Trabajadores (PT), herramienta ideológica creada por el líder y que gobernó Brasil entre el 2003 y el 2016 (Da Silva fue presidente entre el 2003 y el 2011, seguido por Dilma Rousseff, del 2011 al 2016).

Con la certeza de que “el PT no nació para ser un partido de apoyo”, idea sostenida por Lula en la primera reunión ejecutiva partidista tras su salida de pri­sión en noviembre del 2019, acu­dieron a los comicios municipales de noviembre del 2020. Los resul­tados confirmaron la seriedad del daño: por primera vez, desde el fin de la dictadura en 1985, el PT no ganó la gubernatura en ningu­na de las 26 capitales.

“Hoy es un partido del inte­rior del nordeste que ha vuelto al tamaño que tenía en los noven­ta (antes de las presidencias de Lula), aun así, sigue siendo el de izquierda más grande y capila­rizado de la sociedad brasileña”, sostiene Lincoln Secco en el li­bro Historia del PT.

Hoy sabemos que Lula está de vuelta y decidido a revitalizar la máquina electoral mejor acei­tada que un día tuvo. El proyec­to de recorrer Brasil no alimenta nostalgias, es aliento de vida, es la opción de un hombre honesto frente a la urgencia de su obra mayor.

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