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Ni rendición ni cansancio

“No nos entendemos“ es la frase con que los patriotas cubanos de hoy han sintetizado el significado de la actitud viril de Antonio Maceo en la Protesta de Baraguá, al rechazar de plano la pro­puesta del representante del colonialismo español de aceptar una paz sin el logro de los dos objetivos básicos de la Revolución cubana: la independencia y la abolición de la esclavitud, por las cuales habían luchado durante una década.

Ilustración: Malagón

De lo más glorioso de nuestra historia calificó José Martí el digno gesto del Titán de Bronce el 15 de marzo de 1878, y mucho tiempo después Fidel señaló que “con la Protesta de Baraguá llegó a su punto más alto, llegó a su clímax, llegó a su cumbre, el espíritu patriótico y revolucionario de nuestro pueblo, y las banderas de la Patria y de la verdadera Revolución, con indepen­dencia y justicia social, fueron colocadas en su sitial más alto”.

Correspondió a Martí analizar aquella contienda denomi­nada por él la Sagrada Madre Nuestra, de la que nacieron las primeras rebeldías, y lo hizo, según sus propias palabras para “enaltecer a los muertos y enseñar algo a los vivos”.

Y la lección más importante para los que entonces y des­pués aspiraron a conquistar una Cuba soberana, fue que esa lid no pudo alcanzar sus fines por la falta de unidad y las disensio­nes internas en las filas revolucionarias: “Nuestra espada no nos la quitó nadie de la mano, sino que la dejamos caer noso­tros mismos”, señaló el Apóstol.

Fue Maceo quien con su formidable protesta política man­tuvo en alto la decisión de lucha, en medio de las desafortuna­das circunstancias que pusieron fin a la gesta libertaria, y le de­mostró al adversario que en esta tierra regada con la sangre de tantos de sus mejores hijos, había hombres para los cuales los principios no eran negociables y estaban dispuestos a continuar batallando hasta obtener la victoria.

Lo demostraron él, sus contemporáneos y muchos otros luchadores a lo largo de las generaciones, hasta alcanzar el triunfo de enero de 1959. Fue precisamente la unidad por la que clamó el Maestro la que nos llevó al logro de las aspiraciones de los fundadores de la nación cubana y la que ha continuado siendo el cimiento de la resistencia del pueblo ante la agresivi­dad del imperio.

¡Nadie se rendirá! Y cansarse en esta lucha sería para un patriota y revolucionario cubano más bochornoso que rendirse, declararon los patriotas el 19 de febrero del año 2000, en el llama­do Juramento de Baraguá.

Este significaba la continuidad de la acción y el pensamiento de Maceo en un nuevo escenario agresivo, no ya en el campo de las armas, sino fundamentalmente en el de las ideas, sin descar­tar que el enemigo podría intentar destruirnos por la fuerza, lo que le costaría un precio impagable.

Aquel Juramento, realizado en medio de la histórica batalla por el regreso del niño Elián González a la patria, tenía lugar en un entorno similar al que hoy enfrenta Cuba: guerra económica, planes de subversión, diversionismo ideológico, intentos de des­estabilización interna, la persistencia de leyes como la Helms-Burton y la Torricelli, las incesantes vueltas de tuerca al cerco que nos impone Estados Unidos para asfixiarnos…

Y mantiene vigencia la aspiración expresada en ese momen­to, del derecho de los cubanos a la paz, el respeto a la soberanía y a nuestros intereses más sagrados.

Ante la guerra no convencional que actualmente se nos impone contamos con las armas más poderosas: nuestras ideas revolucionarias, que nos han permitido sortear todos los obstáculos y seguir adelante con nuestro proyecto social sin ceder un ápice ante el enemigo.

Nos lo enseñó Maceo con su gesto inolvidable en Baraguá y también con su postura frente a otra amenaza que en su tiempo se cernía sobre Cuba. Eran las intenciones expansionistas de Es­tados Unidos enmascaradas con ayuda humanitaria, pero que le hicieron exclamar al Titán: “Y si hasta hoy las armas cubanas han ido de triunfo en triunfo (…) ¿A qué intervenciones ni injerencias extrañas que no necesitamos ni convendrían? Cuba está con­quistando su independencia con el brazo y el corazón de sus hi­jos; libre será en breve plazo sin que haya menester otra ayuda”.

De ese modo obtuvimos la victoria y la seguiremos defen­diendo sin que más de medio siglo de infamias hayan podido do­blegar nuestra voluntad de lucha. Lo reiteramos: no nos hemos cansado ni nos cansaremos.

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