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Con Filo: Familiaridad desmedida

Uno de los rasgos que como norma rechazamos bastante en Cuba es el exceso de formalidad y envaramiento, las maneras afectadas de solemnidad o protocolo para comunicarnos entre nosotros, incluso en circunstancias donde las personas que interactúan entre sí poseen diferentes responsabilidades que marcan, lógicamente, un límite mayor de respeto.

 

Tomada de: Inclusión y calidad educativa

 

Tratamos de ser desenfadados y lo más democráticos posibles, por llamarle de alguna manera, en una sociedad cada vez más equitativa donde la distinción entre los ciudadanos la debe hacer el mérito y la obra individual de cada quien, y no un cargo o una posición determinada.

Pero eso no tiene que ver con ciertos comportamientos extremos, con algunas familiaridades desmedidas que con frecuencia, más que ayudar, entorpecen la comunicación.

Me refiero a un fenómeno del cual seguramente casi todos podemos dar fe. Se trata de esa mala costumbre de dirigirnos a quienes nos rodean, incluso a individuos desconocidos, con apelativos tan familiares que rozan lo irrespetuoso.

“Mi tío, mi hermano, mi primo, padre o madre, abuelito o abuelita”: ¿quién no ha oído darle este tipo de tratamiento a hombres y mujeres en la calle, ya sea en un simple saludo, o para interpelarlos sobre un hecho o suceso, o preguntar la hora, o en cualquier otra circunstancia común de la comunicación interpersonal?

Este rompimiento extremo de las normas de urbanidad no es bonito, ni siquiera es correcto ni ayuda a que nos entendamos. Quienes barren los límites elementales para dirigirse a otras personas, mayores o menores en edad, no solo se arriesgan a que los interpelados se sientan incómodos y a veces hasta respondan, en consecuencia, de una manera no tan cordial, sino que dañan su imagen ante los demás, al no ubicarse en una posición de respeto recíproco que los enaltezca a ellos también como individuos.

El asunto es incluso más grave cuando se presenta en los marcos laborales o profesionales, específicamente en puestos de trabajo que tienen relación directa con el público, ya sea en una recepción de una entidad gubernamental, o en un servicio telefónico de alguna empresa u organismo que brinde asistencia a la población.

Esta confianza fuera de lugar se nota incluso más en estos tiempos de tantos vínculos virtuales donde, por la obligación que nos dicta el distanciamiento social para protegernos de la COVID-19, debemos establecer relaciones mediadas por las diversas tecnologías de la comunicación.

En tales ámbitos resulta censurable entonces que nos aborden o respondan con ciertas formas nada neutrales como “mi amor”, “mi vida” o hasta “mi corazón”… sencillamente cuando lo que uno espera es una profesionalidad en el trato que nos refleje también, en alguna medida, la calidad de la gestión institucional que estamos procurando obtener.

Esta cuestión del trato apropiado y respetuoso, tanto en ámbitos públicos como laborales y estudiantiles, no solo influye en las relaciones entre los adultos, pues estos tienen también deberes en la formación de patrones en nuestra niñez y juventud, a quienes a veces cuestionamos por hablar inadecuadamente a sus mayores, pero no siempre les damos en la vida cotidiana el mejor ejemplo.

En fin, que afortunadamente, el español tiene una riqueza de giros que permiten la amabilidad sin la pedantería, dirigirnos correctamente al compañero o compañera, señor o señora, sin ser solemnes o aduladores, pero tampoco chabacanos o groseros. Mucho más si, como ahora, ni siquiera estamos frente a frente a la persona, y la contactamos por teléfono u otra variante tecnológica.

Los apelativos de tío, sobrino, primo, padre, madre, abuelito, abuelita, dejémoslos para quienes necesitan de veras ese afecto filial: nuestra familia. Al resto de las personas, de cerca o a distancia, démosles todo el respeto y consideración que se merecen.

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