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En Pinar del Río, una celebración diferente (+ Video)

El programa de reanimación concebido por el Aniversario 150 del otorgamiento del título de Ciudad transformó la imagen de Pinar del Río, especialmente la avenida José Martí. Foto: Pedro Paredes

El martes 10 de septiembre de 1867, hace exactamente 153 años, la reina Isabel II de España firmó el decreto mediante el cual otorgó el título de Ciudad a Pinar del Río.

Para este aniversario no habrá el tradicional desfile desde las inmediaciones del parque José Martí hasta el de la Independencia, tampoco disfrutaremos de espectáculos culturales, ni conciertos u otras tantas propuestas tradicionales que se articulan alrededor de la fecha en los últimos años y es que la situación epidemiológica, asociada a la COVID-19 no lo hace posible.

No obstante, la fecha no ha de pasar por alto y cada habitante de la ciudad está convocado a tributar lo mejor de sí para detener la propagación de la pandemia, porque si algo saben bien los pinareños, es crecerse ante la adversidad.

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Los fundadores

No se sabe quién fue el primero, o los primeros que pasaron una noche junto a la ribera del río, acunados por el viento silbante entre las copas de los pinos; debieron ser aborígenes, y el nombre dado a la corriente: Guamá, perdura como evidencia toponímica de su presencia.

Los Guahanatabeyes eran itinerantes, cazadores, recolectores y pescadores, también cultivaban el tabaco. Arribaron por vía marítima desde otras partes del continente americano. En junio de 1494 Cristóbal Colón contacta con ellos, los describe como salvajes, no logran comunicarse, ni mediante los intérpretes Taínos, traídos desde el oriente. El idioma de este grupo, figura entre los extinguidos antes de documentarlos.

Juan Carlos Rodríguez Díaz, Historiador de la Ciudad de Pinar del Río, asevera que no hay un rincón por donde no pasaran, lo confirman más de 500 sitios arqueológicos que comprenden la llanura sur y la cordillera de Guaniguanico. Los refiere conocedores empíricos del clima, aprovechaban la exuberancia de la naturaleza, frutas de estación, productos del mar como langosta, cobos y cangrejos.

La dominación

Rodríguez Díaz añade que “por indicación de Diego Velázquez a Pánfilo de Narváez, llegó la ocupación hispana en 1514. Desde ese momento y hasta 1450 se esparce el hombre blanco por la zona, creando hatos y corrales, en los cuales emplean la fuerza laboral aborigen”.

Para 1558 el fomento de la agricultura, especialmente la ganadería, tala de madera, procesamiento de pieles y comercio de contrabando, eran las actividades económicas fundamentales.

“La organización del poblado de Pinar del Río no formó parte de un programa de las autoridades coloniales. Hay dos elementos que son claves, la presencia de un río, varios arroyos que surcan el territorio, el camino que atraviesa la región, a la vez que se va creando el hábito de pasar noche en un paradero junto al pinar del río cuando los carreteros, montunos o vegueros se movían; a finales del siglo XVII, de 1688 a 1699 empiezan a levantarse las primeras casas, dispersas, rústicas, de guano, embarrado, yagua y muy frágiles entre el lugar que ocupa el río Guamá y donde está emplazado hoy el parque José Martí.” Así describe Rodríguez Díaz el proceso constitutivo del caserío.

Y destaca el rol desempeñado por el cultivo del tabaco, como elemento dinámico que atrae a pobladores, y con ello cierto proceso de organización. Se levanta la ermita, un cementerio.

No hay magia, albur o grandeza acrisolada en una leyenda fundacional que magnifique la gloria de nuestros ancestros, casi anónimos por demás. Surgió Pinar del Río como una planta silvestre, y recoge la tradición oral que el templo se hizo bajo la advocación de San Rosendo, porque los vecinos en un sorteo realizado en un sombrero, escogieron al azar el patrono y fue la Iglesia Católica en la figura de Diego Evelino de Compostela la que propició el orden en el caótico asentamiento.

Consta en los archivos de la Catedral de Pinar del Río que el 2  de agosto de 1699 Joseph Thomas Ríos fue el primero en recibir bautizo en aquel rústico santuario; hijo de india y negro jamaiquino, aquilata en su cuerpo al criollo. Hay asentado un matrimonio seis años más tarde y en 1715 un entierro.

Las mudanzas

Las crecidas cíclicas del río Guamá y la fragilidad de las viviendas llevaron a los habitantes a tomar una decisión trascendental en 1750: mudar el poblado hacia un otero de sabana, donde está ubicado actualmente el parque de La Independencia, en aquel entonces Plaza de Armas.

En una época marcada por el auge de la producción tabacalera, luego de El Estanco los vegueros se sienten atraídos por la región, lo que propicia que en 1774 sea creada la Tenencia de Gobierno, llamada entonces Nueva Filipinas, enclavada en la zona que ocupa actualmente el municipio de  Guane.

 

El título

Humildes y laboriosos son adjetivos comunes para describir a los cosecheros de la aromática hoja, también son seres orgullosos de su labor, no disimulan la satisfacción y complacencia por el resultado obtenido en las vegas.

En 1863 solicitaron a la reina Isabel II de España el reconocimiento de ciudad para el caserío, el cual fue denegado. Insistieron dos años más tarde con igual resultado.

Fue más convincente el dinero que entraba a las arcas de la soberana por el fruto de estas tierras, y el 10 de septiembre de 1867 firmó el decreto.

El ambiente rural y simple no fue cambiado por el documento oficial. El poblado siguió conservando el aire de campiña, acentuado por la proximidad de las vegas, las edificaciones construidas en la zona urbana respondían a la estructura de casas de campo, de una sola planta, con amplios portales y techos de tejas, que hasta hoy constituyen elemento característico de la arquitectura citadina. Paulatinamente crecieron los comercios en la calle Real, actualmente avenida José Martí, varió el tipo de inmuebles, de mayor solidez y una mezcla de estilos que sustentan el eclecticismo del que presume la urbe.

 

El ostracismo

No obstante  la importancia económica de la región y su aporte al país, era la pobreza un sello distintivo; edificios de gran porte enclavados en sus calles más céntricas no bastaron para eliminar el analfabetismo, incrementar la esperanza de vida o el índice de salubridad.

La desidia y el abandono de las autoridades, junto al azote frecuente de huracanes y una dependencia casi total de la producción tabacalera, dejaron precarias condiciones. Es en tales circunstancias donde se gestó una conciencia crítica hacia las administraciones y el escepticismo por su desempeño. Nada hay de fortuito en la participación de los jóvenes pinareños en acciones como el asalto al Palacio Presidencial, del 26 de Julio de 1953 y la lucha urbana.

Como a toda Cuba, fue en enero de 1959 que llegó la luz, un amplio proceso de transformación. La ciudad creció horizontal y verticalmente, varias comunidades como Raúl Sánchez y Hermanos Cruz, así lo confirman.

 

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