La imborrable huella del Caballero andante

La imborrable huella del Caballero andante

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En el Siglo XIX la célebre novela El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes y Saavedra (Alcalá de Henares,​ 1547-Madrid, 1616), gozaba de cierta popularidad entre los insulares, motivo por el cual, en alusión a este caballero de la triste figura, el 4 de septiembre del año 1864 comienza a publicarse en La Habana un periódico económico, literario y de crítica jocosa que llevó por nombre El Quijote.

 

Foto: Cubasí

Bajo la dirección de José Muñoz García —de quien se conoce muy poco— aquel órgano de prensa surge en medio de una incipiente efervescencia publicitaria a través de la prensa escrita. Ya hacia finales del Siglo XVIII se editaba en la capital el Papel Periódico de La Habana, pionero de la prensa insular, tras el cual germinaron otros muchos durante los primeros años del Siglo XIX, en un hervor que se extendió a las principales ciudades del país, entre ellas Matanzas, Trinidad, Sancti Spíritus y Camagüey.

Siguiendo la tónica cervantina de la descripción caricaturesca del personaje principal de su novela, El Quijote ganó aceptación entre los lectores sobre todo por sus críticas satíricas y burlescas sobre los espectáculos y acontecimientos culturales de la época, sobre los que incluía caricaturas. Sin entroncar en sólidos argumentos, de una manera más bien punzante, en sus textos se aludía a determinadas escenificaciones escénicas o conciertos de música, en un tono que incluso era percibido de forma hiriente por algunos de los protagonistas de aquellas expresiones artísticas.

No obstante, esta publicación devino excepcional cronista de la vida cultural habanera, primera y única con ese estilo en aquellos tiempos de ciertas “aperturas” de la corona española, como consecuencia  de los efectos que décadas atrás habían dejado los preceptos de carácter ideológico aplicados especialmente en Cuba, con la aplicación del llamado Despotismo Ilustrado, un concepto político que favoreció la aplicación de  determinadas medidas “ilustradas”, de corte reformista e incluso progresistas.

Aparte de reflejar algunos “chismes” provenientes del mundillo de las clases pudientes —ricos hacendados y personajes públicos—, El Quijote igualmente arremetía contra los bailes de salón, las sociedades de recreo y la vida social capitalina, en tanto en sus páginas aparecían otras muchas noticias relacionadas con las actividades mercantiles, los negocios, el movimiento en la bahía de la Habana y la trata de esclavos; además de incluir algunos poemas y narraciones muy cortas.

Entre sus colaboradores se destacaron  dos jóvenes escritores: José Socorro de León (1831-1869), quien también redactaba para otros periódicos y revistas de la época —entre sus libros (poemarios) se destaca Flores Silvestres—; y Joaquín Lorenzo Luaces (1826-1867),  con juicios muy diversos y contrapuestos, fue a pesar de su precaria salud un incansable trabajador y propulsor de las letras, y figura entre los cultivadores del siboneyísmo y del criollismo, porque por encima de todo devino un devoto cantor de la tierra que lo vio nacer, donde también escribió varias obras de teatro.

Otros autores de El Quijote firmaron sus trabajos con los  seudónimos de Dalmiro, Maese Pedro, Maese Nicolás y Sancho.

El 23 de abril de 1865 este periódico cambió su formato para un mes después, el 28 de mayo, cerrar definitivamente.

Don Quijote en Cuba

Según el insigne Doctor en Filosofía y Letras, maestro y político cubano, Enrique José Varona,  uno de los intelectuales de la Isla más influyentes en los finales del siglo XIX, en su texto Seis conferencias (Nueva York, enero de 1888), apuntó que  José Martí expresó que “Cervantes es (…) aquel temprano amigo del hombre que vivió en tiempos aciagos para la libertad y el decoro (…) y es a la vez deleite de las letras y uno de los caracteres más bellos de la historia”.

Asimismo, la relevante poetisa y novelista Dulce María Loynaz, en sus palabras con motivo de recibir el Premio Cervantes 1992, enfatizó: “No sé  si la obra cervantina ha sido comentada, absorbida con tanto amor en otros países como lo ha sido en Cuba. (…) Pero de lo que sí estoy cierta es de que en parte hemos puesto tanto amor en sacar a la luz de nuestro siglo, luz ya crepuscular, el talento y la imborrable huella que esta pluma ha dejado en todos los que de ella nos servimos para expresar nuestros sentimientos”.

Ciertamente, poco tiempo después de que en Madrid se publicaron la primera (1605) y segunda (1915) partes de la obra cumbre de la literatura española llegaron a Cuba evadiendo las restricciones que entonces existían para que este tipo de literatura arribara a nuestras costas.

Un siglo después, el texto en castellano más traducido a diferentes idiomas en todo el mundo —solamente comparable con La Biblia—era conocido entre los insulares e incluso de cierta manera se estudiaba o se aludía a él en algunas instituciones escolares de corte progresista de la capital, entre ellas la Universidad de La Habana, hasta que la historia del hidalgo manchego ganó simpatía en esta porción del orbe, entonces bajo el yugo de la metrópolis española.

Como es de suponer, las clases más humildes y pobres de la sociedad habanera, la mayoría de ellas —como los miles de esclavos africanos— sin acceso a la educación y la cultura, no conocían ni de Cervantes, ni de Don Quijote, ni de Sancho Panza y mucho menos de Dulcinea del Toboso, la dama creada por el hombre de triste armadura.

Volviendo al personaje de El Quijote y su resonancia en Cuba, vale apuntar que no es hasta el año 1905 que se realiza la primera tirada de la principal obra del gran novelista, poeta, dramaturgo y soldado español, cuando  en ocasión del aniversario 300 de la publicación de la primera parte del célebre libro, el Diario de la Marina patrocinó su impresión, la cual se realizó mediante cuadernillos de dieciséis páginas, los lunes de cada semana y durante un año —del 3 de abril de 1905 hasta el 2 de abril de 1906).

En abril del propio año 1905, el director de la Biblioteca Nacional anunció el lanzamiento de la novela, en cuatro tomos, por parte del referido periódico, empresa que situó a Cuba en el sexto país de Sudamérica en asumir la edición del colosal texto cervantino que incita a reflexionar sobre la libertad, la aventura, la humanidad, la justicia, el honor, la solidaridad, la espiritualidad y la defensa de los  ideales.….

Tales valores éticos estimularon al incipiente Gobierno Revolucionario liderado por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz a imprimir, más de medio siglo después, Don Quijote de la Mancha, primer título que vio la luz luego de que el 31 de marzo de 1959 se fundara la  Imprenta Nacional de Cuba, mediante la Ley 187, la cual instituía las bases para la publicación masiva de libros, folletos y revistas.

Aquel suceso editorial originó la creación de la colección Biblioteca del Pueblo, destinada a promover entre los cubanos los clásicos de la literatura universal con tiradas sin precedentes que sobrepasaron los cien mil ejemplares, a módicos precios igualmente inigualables con el resto del mundo, iniciándose así una épica cruzada por la educación y la cultura insular, contenida en el programa expuesto por Fidel Castro Ruz en su memorable alocución en el juicio por el asalto al Cuartel Moncada, conocida bajo el nombre de La Historia me absolverá, cuya primera gran contienda se produjo poco tiempo después con la grandiosa Campaña Nacional de Alfabetización.

El personaje del Quijote también ha sido fuente de inspiración para infinidad de creadores cubanos de  todas las expresiones del arte y la literatura. De manera inmediata el público se identifica con él en las numerosas esculturas emplazadas por prestigiosos artífices en distintos lugares de la capital, como la titulada El Quijote de América, de Sergio Martínez Sopeña, ubicada en J y 23 (Vedado), y la estatua de Sancho Panza, de Leo D´Lázaro, en el parque de Obispo y Aguacate en La Habana Vieja, lugares por los que transitan cientos de personas cada día.

 

 

Esa identificación del héroe cervantino con los artistas y escritores, así como especialmente con el pueblo cubano, a lo largo y ancho de toda la geografía nacional, es asimismo producto de la solidez alcanzada por la educación y la cultura después del triunfo revolucionario del Primero de Enero de 1959, cuando El Quijote formó parte del programa de enseñanza, amén de las más de diez ediciones que de esta obra se han hecho desde entonces. Por ello, no es casual que en nuestro país sea conocida y repetida la frase “luchar contra viento y marea”, en alusión directa al discurso del memorable hidalgo manchego, idealista y soñador.

Esta fue la primera novela impresa por la Revolución Cubana, puesto que quijotesco era el proceso que se vivía y quijotesco el proyecto que se construía en la Isla, dijo, con sobradas razones, el destacado escritor, ensayista, investigador, guionista de cine y editor cubano, Ambrosio Fornet.

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