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Con Filo: Coleros y revendedores sin amaneceres apacibles

Coleros y revendedores son noticia desde hace ya varios días en nuestros medios de comunicación. Durante meses actuaron en un casi anonimato bochornoso, delante de los ojos y las necesidades de todos. Y digo casi, porque también todos saben quiénes son, y qué hacen. De hecho, hay en esa plaga hasta experiencias de éxito, en materia de anuncios y publicidad por las diferentes redes sociales, como mostró la semana pasada el programa Hacemos Cuba.

 

Caricatura: Osval / Tomada del Periódico Invasor

 

Ya la información sobre cómo lo hacen está un poco más compartimentada, como se diría en la jerga conspirativa. Todavía no aparecen con igual claridad en nuestros espacios informativos todos los nexos ni los intríngulis de ese comercio de rapiña que en medio de esta pandemia que, sin viajes desde el exterior durante meses, mantiene tiendas clandestinas muy bien surtidas, o negocios rapaces a precios abusivos donde no parece ser un problema la cantidad de la oferta ni la continuidad de sus suministros.

Entonces, también hay que ir mucho más allá en las soluciones para enfrentar a tales revendedores y coleros. O más que soluciones, quizás sería mejor hablar de formas de enfrentar el fenómeno, porque tampoco parece muy realista que vayamos a resolver completamente esa otra pandemia que tiene causas muy objetivas, de un día para el otro, y solo por obra y gracia de nuestra voluntad, por más férrea y eficaz que pueda resultar. Ya sabemos que las campañas, por lo general, suelen ser en nuestro país de muy efímera duración y limitada eficacia, cualquiera que sea su propósito. O sea, no podemos conformarnos con el furor del momento.

Es curioso, sin embargo, que al aparecer ahora coleros y revendedores en el centro del colimador social, también surgen desde quienes tratan de justificar su actuación, hasta los intentos por descalificar las reacciones airadas que con razón generan entre nuestra ciudadanía, víctimas de sus manejos egoístas.

También comienzan a surgir individuos —y algunos medios de comunicación dependientes del exterior— a quienes ahora al parecer les preocupa más la suerte y los “derechos” de tales coleros y revendedores que la de la población más humilde que los padece y rechaza.

Es cierto, no obstante, que las iniciativas para hacer frente a ese flagelo no podrán ser únicas ni generales para cada territorio y lugar. Lo que funciona en una provincia o ciudad de menor población, quizás no es lo que va a surtir efecto en una urbe compleja como La Habana, por solo citar el caso de este epicentro de las reventas donde vivimos.

Hay que revisar además con profundidad los mecanismos de facilitación social y la gestión de las autoridades locales, esas que están al pie de la cola, con tremendo sacrificio y desgaste en el día a día, es cierto, pero también a veces con compromisos y complicidades que enturbian su actuación y ejemplaridad frente a sus conciudadanos.

Desde presidentes de consejos populares, hasta delegados de circunscripción, administraciones y colectivos laborales de las tiendas y hasta las fuerzas de orden público que velan por la disciplina y los propios clientes que compramos, nadie puede sentir que el problema de los coleros y los revendedores no va con ellos.

La lupa de la exigencia hay que aplicarla como va, en todos los casos, y por diferentes vías, para al menos tratar de frenar el estado actual de cosas tanto como sea posible. Tal vez no todo lo que hagamos nos dé el resultado esperado, ni surta un efecto total, pero lo que sí no podríamos perdonarnos es no intentarlo, no hacer nada al respecto. Están ahí, coleros y revendedores, y tenemos que conseguir que sus amaneceres no sean nada apacibles.

 

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