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Cuando un amigo se va…

Que me perdone el lugar común Rolando Aniceto, hermano en la profesión periodística y los empeños culturales, pero no hay expresión mejor que la canción de Alberto Cortez para intentar traducir el desgarrado hondón que en el pecho se nos queda. Él de seguro me criticará el título, pero no por lo recurrente del aserto, sino por la alusión a la partida, él que siempre anda de emprendimientos.

Rolando Aniceto fue reconocido entre los podólogos más experimentados del país durante el evento científico PODOCUBA 2007. Foto: Yordanka Almaguer / Granma

Porque Rolando Aniceto Ramos (La Habana, primero de octubre de 1943-13 de julio del 2020) fue —ha sido y será siempre, es ahora mismo— un hombre-convocatoria: Sin proponérselo, y acaso sin imaginarlo, desde las relaciones interpersonales con quienes estábamos cerca de él —no importa si mayor o menor el grado de cercanía— nos impelía de continuo a un ejercicio permanente de la agudeza en el pensamiento, de la imaginación productiva entendida en términos estéticos, del correcto empleo de la lengua para tales fines. Y todo sin aspavientos, natural y sencillo, y condimentado con la picardía consustancial a nuestra idiosincrasia.

Rara combinación la suya: de reconocido podólogo a destacado hombre de prensa y letras y animación cultural. De lo primero —se graduó en 1962 en la Escuela de Medicina de la Universidad de La Habana y recibió título de quiropedista profesional— han revelado detalles otros colegas, como Alberto Núñez Betancourt, que en su reseña Podólogo, periodista y cuerdo precisó que su bisabuelo, Gabriel José Aniceto, fue el primer quiropedista titular establecido en la capital cubana, y que el propio Rolando fue reconocido entre los podólogos más experimentados del país durante el evento científico PODOCUBA 2007.

En paralelo transcurrió su ejercicio en la prensa: Agencia de Información Nacional, Habana Radio, Radio Progreso, Radio Ciudad de La Habana y el periódico Tribuna de La Habana, con semblanzas de costumbrismo habanero que dan fe de su asimilación de magisterios como los de Eladio Secades, Guillermo Lagarde y Enrique Núñez Rodríguez, por solo mencionar tres de nuestros mejores cronistas. Fue uno de los guionistas del programa televisivo Andar La Habana y miembro de la Sección de Cine, Radio y Televisión de la UNEAC.

La ciudad capital de Cuba fue su pasión temática, que lo llevó a convertirse en “en uno de los más informados y serios estudiosos de la historia habanera”, como lo definiera Fernando Rodríguez Sosa en el comentario que realizó sobre su libro Los primeros en La Habana, acercamiento donde cita además palabras del poeta Luis Lorente al presentar dicho volumen, palabras que no resisto la tentación de recordar:

“Si por causa de azar u otras incógnitas este hombre nombrado Rolando Aniceto no hubiera existido, tendríamos con urgencia que salir a inventarlo, darle imagen y semejanza, convocarlo como por arte de magia, solicitarlo a Dios para que nos recompensara ubicándolo aquí, entre nosotros, en esta ciudad de La Habana, donde recíprocamente ambos se privilegian. La Habana es un privilegio para Rolando, de la misma forma que Rolando, por sus contribuciones, es también un privilegio de La Habana. Uno sabe cómo este hombre siente por la ciudad que habita una exclusiva y refinada pasión que manifiesta a diario con sus descubrimientos, observaciones cautelares y comentarios propios de su labor de historiador, siempre ameno, que sabe moverse sin perder nunca el hilo, la orientación por los caminos que habitualmente lo llevan a un hallazgo, a una nueva revelación; a puntualizar hechos y sitios que han protagonizado la historia”.

Un repaso a algunos títulos de sus libros puede darnos testimonio de esa pasión: Asturianos en Cuba (1994); Mary Carmen y ‘Bigote Gato’, Asturias, España (1996); El Capitolio de La Habana (1998); Primeros en La Habana, México (1999); Ocurrió en La Habana (2000); Galicia en La Habana y Canarios en Cuba.

En mi comentario sobre otro de sus volúmenes, por desdicha todavía inédito, Papelito jabla lengua, aproximación que titulé Los deliciosos rescates de Aniceto, además de significar la labor de vindicación que transita toda su obra escrita, deslicé el atrevimiento de suponer un punto de contacto —quizá demasiado gratuito de mi parte— entre sus vocaciones de galeno y de escriba:

“Pareciera querer decirnos que hay que ir por la vida con pies sanos para apreciar cuánto de salud espiritual puede encontrarse en la cotidianidad si se la recorre con pupilas ávidas de sorpresa (…) el guiño cómplice de que la sanidad de los pies puede tener mucho que ver con nuestras posibilidades de andar y escudriñar las calles, por donde a veces vamos sin percibir lo que sobre ellas palpita”.

Tal vez no resulte demasiado arriesgada mi inferencia, sobre todo si tenemos en cuenta el enfoque que dio a un espacio de cultura comunitaria en plena capital, Veámoslo en la descripción que de esa cita hizo el colega Alberto Núñez Betancourt en la semblanza mencionada párrafos atrás:

“Alivio de los pies, consuelo del alma. Con esa frase tomada de su bisabuelo inicia Aniceto su tertulia Tradiciones habaneras para deleitar a los asistentes con la historia de la Podología en Cuba. Este encuentro habitual el tercer miércoles de cada mes fue creado por el periodista e historiador ya fallecido Eduardo Robreño en La acera del Louvre, en compañía de nuestro entrevistado, quien lo ha continuado y desde hace dos años lo realiza en la Casa Juan Gualberto Gómez, ubicada también en su entrañable Habana Vieja”.

Por otra parte, hombre como era de profundas e integrales inquietudes culturales, desplegó también una eficaz labor en la difusión de nuestras raíces identitarias, específicamente en lo concerniente al legado hispánico, y en la Junta Directiva de la Agrupación Artística Gallega ocupó diversas responsabilidades, entre ellas la de responsable de la Sección de Arte y Cultura e Historiador de esa institución.

Tal faceta de su obra fue merecedora de lauros concedidos por las entidades correspondientes, que recientemente el sitio web España exterior sintetizó de este modo:

“Por sus incuestionables méritos recibió durante su vida numerosos títulos honoríficos, condecoraciones, distinciones y reconocimientos. Las sociedades españolas lo premiaron en 2007 con el Reconocimiento Melchor Gaspar de Jovellanos otorgado por la Federación de Asociaciones Asturianas de Cuba (FAAC) y en 2012 la Federación de Sociedades Españolas de Cuba (FSEC) el Reconocimiento Miguel de Cervantes y Saavedra “por su obra, dedicada al rescate y divulgación de las raíces españolas en la formación y desarrollo de la nacionalidad cubana”.

 

En el 2012 la Federación de Sociedades Españolas de Cuba, por acuerdo de su Junta Directiva, refrendado por su Junta General de Asociados, concedió a Aniceto el Reconocimiento Miguel de Cervantes y Saavedra. Foto: España exterior.

 

Y en este punto me detengo, porque está ahora mismo mi hermano Aniceto delante de mí, diciéndome que pare ya, y espetándome una de las suyas, cargadas de sutileza idiomática y de ingenio, con que nos convocaba —como he dicho, acaso sin saberlo— al ejercicio de la agilidad de pensamiento:

 

—Ahora que hablas de España… Mira tú, Madrid, lo que es Madrid, yo nunca estuve allí.

—Ahhh… ¿y qué otras ciudades de España visitaste?

—¡No, ninguna! ¡Yo nunca he estado en España!

 

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