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Con Filo: ¡A quién engañan!

Siempre en la época de estudiantes uno escucha repetir una y otra vez sobre lo nocivo que es el fraude, bajo un razonamiento muy contundente:a quien hace trampas en un examen, luego la vida lo suspende.

 

 

Pues esta misma filosofía es la que deberíamos aplicarnos hoy en las condiciones tan excepcionales que atraviesa el país, en medio del enfrentamiento a la pandemia del nuevo coronavirus.

Aunque la limitación de los traslados más lejanos de la mayoría de las personas ya es un hecho, persiste el problema de la movilidad en barrios y comunidades,e incluso entre municipios cuando se trata de la capital cubana.

Basta salir a realizar alguna compra esencial, para hallarnos todavía con mucha gente en la calle. En ese contexto valdría la pena analizar esa presión que existe sobre los comercios, lo cual constituye todo un fenómeno psicológico y hasta sociológico en estas circunstancias.

Es cierto que con la mayoría de los integrantes de las familias en casa, la cuestión de los aprovisionamientos es un asunto de primer orden. Pero también resulta fácil percibir que muchas personas que apuestan por hacer día por día cualquier tipo de colas, frente a cualquier clase de tienda, muy difícilmente lo hacen por una necesidad tan imperiosa.

Y no hablo ahora ni siquiera de ciertos individuos que lucran con los turnos en las colas, porque ese es otro fenómeno que roza lo delictivo,y sobre el cual, como sabemos hay un grupo de medidas para contrarrestarlo por parte de las autoridades.

Simple y llanamente, me refiero a esas otras personas que al parecer no quieren permanecer en sus casas, y utilizan cualquier pretexto para salir de ella, incluyendo compras que quizás ni siquiera les son indispensables en todos los casos. Pero, ¿a quién creen que engañan y perjudican con esa actitud? ¿A la policía que custodia la cola, a los dependientes de las tiendas? ¿O a ellas mismas y sus familias?

 

Igual sucede con quien oculta algún síntoma respiratorio ante la pesquisa médica diaria, o falsea sus respuestas en la aplicación para móviles que tiene igual propósito, o no habla claro sobre sus contactos cuando hay sospechas o confirmación de un contagio de la Covid-19.

Son acciones tan estériles, y diríamos que hasta tontas, como quien copia en un examen y nunca llega a aprender de verdad un contenido.

Tal vez incluso hasta haya alguien que pueda pretender ver tales actuaciones como una conducta habilidosa o avispada, algo falsamente meritorio, al estilo inmaduro de cualquier adolescente que obtiene una buena nota mediante una prueba falseada. “Soy un bárbaro —o una bárbara—, me pasé el día haciendo colas”, razonan. “Compré cuatro veces en la misma tienda”, “Tengo de todo, más de lo que voy a necesitar en meses”.

A lo cual habría que responderles: ¿Y qué resuelves con eso? ¿Arriesgarte a enfermar o a llevar el fatídico virus a tu hogar? ¿Complicar tu vida y la de mucha gente que ahora mismo trabaja muy duro, con riesgo incluso para su salud, en función del bienestar colectivo?

Decididamente, esta clase de astucia es como aquellos fraudes escolares, un autoengaño. Mucho más peligroso todavía frente a un enemigo invisible y mortífero como es el SARS-Cov-2.

De modo que es inevitable enfatizar, una y otra vez, que quien pretenda hacer trampas frente al nuevo coronavirus, esta difícil prueba o examen que todos en el mundo quisiéramos pasar sanos y salvos, tiene muchas más probabilidades de que la vida lo suspenda, para siempre, y sin derecho a revalorizar.

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