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Me niego a morir aquí (+ Fotos)

Por: Pastor Batista Valdés

Después de varios intentos, fallidos todos, por apoderarse de la localidad de Cuito Cuanavale, defendida estoicamente por angolanos y cubanos, el 23 de marzo de 1988 los invasores sudafricanos lanzan el último zarpazo de una batalla cuyo desenlace propiciará un giro en los destinos  del continente, al conducir a la expulsión de Petroria por el flanco sudoccidental y la firma de acuerdos para la paz en la región, a la implementación, por fin, de la Resolución 435 de la ONU para la independencia de Namibia y al fin del régimen de segregación racial conocido como apartheid, en la propia Sudáfrica.

Vladimir Cruz, Me niego a morir aquí. Foto: Pastor Batista

Los muchachos del PTS. Polvorín a tus pies, bajo fuego, de un lado al otro del río. Sin un brazo y una pierna. Me niego a morir aquí. No llore teniente coronel. Bisturí contra la muerte en dos grandes operaciones a la vez. Cinco puntos de hemoglobina y Cien para quienes me salvan.

A juzgar por la engañosa calma, Cuito Cuanavale no aparenta seguir siendo el punto, política y militarmente, más codiciado por la pupila imperial en todo el continente africano. De no ser por las toneladas de proyectiles de artillería que Sudáfrica ha lanzado sobre la zona, a esta hora quizás cientos de aves estuvieran surcando el aire, retornando a sus nidos o sencillamente emitiendo sus más peculiares trinos y cantos… Pero ni fauna parece haber dejado con vida el poder de fuego puesto a prueba por una maquinaria diseñada, al dedillo, para matar.

Contar la sucesión de explosiones se ha convertido, durante tres meses, en una suerte de entretenimiento para no pocos combatientes, desde el seguro vientre de sus refugios, sobre todo en los momentos de mayor actividad (desespero) por parte del enemigo. Este atardecer, en cambio, parece dibujado por la crayola de un niño. Solo que el agresor no porta pinceles, ni cartulinas o lápices de colores, sino armas, mientras más mortíferas mejor, al estilo de los obuses G-5 y G-6, cuya sinfonía ha pasado a formar parte de la cotidianidad.

Acostumbrados a actuar bajo un peligro que a fuerza de reiteración termina siendo desdeñado, los muchachos del transportador anfibio conocido como PTS acuden al llamado que les ha hecho el mando militar para felicitarlos por el arrojo y la efectividad con que han cumplido cientos de misiones, trasegando, de un lado al otro del río, suministros, pertrechos, armamento, mercancías, heridos y todo lo que Sudáfrica pensó impedir, al destruir el puente, con sus potentes medios, incluido un avión teledirigido.

Con apenas 19 años de edad, el Sargento Vladimir Cruz Naranjo, jefe de la dotación, pudiera sentir que el pecho se le inflama de orgullo, pero la modestia que lleva dentro lo mantiene ecuánime, pensando, tal vez, en lo que dirían sus padres si lo estuvieran viendo en ese instante.

Posiblemente, quienes se han habituado a desgranar en conteo la cantidad de proyectiles que caen, estén ahora bostezando de aburrimiento. Solo uno ha pasado silbando su discordante melodía de muerte. El segundo viene sordo de cañón, viene mudo, rojo de ira. Ojalá jamás caiga. Pero lo hace. Son poco más de las 17:00 horas: justo el momento en que los muchachos comen o juegan a las cartas. La tierra se estremece y no de miedo. Con ella, Vladimir y los demás. «¿Pero qué coño está pasando? Creo que este sí me cogió, porque… ¿Qué le ha pasado a mi brazo izquierdo? ¿Y mi pierna derecha dónde está?»

—¡Corran, carajo, que Vladimir está herido!

No, no puede ser. Más de 250 misiones combativas, a pura convicción y a genital limpio, sobre el PTS, de una a otra ribera del río, bajo hostigamiento enemigo, muchas veces con el transportador cargado de explosivos a punta de estaca; 26 largos meses en geografía angolana, días y noches con la muerte soplando tus segundos, royendo tus pasos… y venir este maldito proyectil de G-5 a explotar ahí mismo, para matar al soldado José Vázquez y destrozar al Vladi.

«Pero no me da la gana de morirme, coño, ni de perder el conocimiento. Aquí hay un hombre, aquí está el hijo de Sixto. Y a mi madre no le pusieron por gusto Victoria. Vengan esos divinos primeros auxilios, vengan los brazos que me cargan, el puesto médico, los torniquetes para que no me desangre; vengan ese suero y el plasma que, por vía directa, me empiezan a bombear estos hermanos de combate que también parió mi madre, y venga todo el tiempo que haga falta… ¡qué yo aguanto! Aguanto con la mano de Mireisis, mi novia, acariciando la mía, porque también ella está aquí, transfundiéndome energía, junto a mis hermanos de útero Misleydis, Julio, Yoleisis, e incluso junto al hijo que voy a tener un día, porque lo voy a tener, y se va a llamar como yo: Vladimir…».

Ese muchacho no es persona, es un roble plantado en medio del monte. Con el bajón a cinco puntos de hemoglobina (que luego precisarán los médicos), sin un brazo, sin una pierna y sin saber si uno está reventado por dentro, cualquiera «se va del aire» o se desmaya y ahí está él, más sereno que el mar sin un soplo de brisa; no habla, tampoco delira, solo piensa, coopera y se sobrepone al insoportable dolor concentrado en uno de los testículos.

En pocos minutos debe haber envejecido años el Teniente Coronel ingeniero Víctor García Ferrer: ese oficial a quien los zapadores no saben si querer más como jefe o como padre.

—¡No puede ser Vladi! ¿Qué te han hecho mi´jo?

Y el sufrimiento, vestido de ira, detona en puñetazo sobre algo. Y las lágrimas de un hombre macho de verdad bracean entre inevitables sollozos. Y Vladimir se empina como un toro salvaje para invertir los roles y amarrarle tremendo nudo de yarey en la garganta a los presentes, mientras anima a su jefe diciéndole:

—¡No llore Teniente Coronel; no llore… que todavía me queda este otro brazo para seguir defendiendo a la Revolución cuando llegue a Cuba!

Pero cada segundo es vital. Urge trasladar al herido, para intervenirlo ya, hacia un contenedor soterrado donde se comprime, para expandir vida, la unidad quirúrgica que sudafricanos y fantoches internos jamás podrán volar en pedazos, como sucedió con una casa de campaña, camuflada, en el área donde los angolanos habían asentado una especie de hospitalito, que terminó siendo asumido por personal médico cubano, para servicio de todos.

—¡Rápido, muchachos… vamos!

La ambulancia ruge. Desesperado, el conductor no logra controlar ni sus nervios, ni al vehículo, en cuyo interior el cuerpo del joven Sargento salta de un lado a otro, hasta que cae.

—¡Dame acá el timón! —grita Sergio Quirino Rodríguez Luaces, el sanitario que también ha tomado parte en la asistencia al herido. Y se reanuda la marcha.

Todas las manos, todas

 Los doctores Nilo Rodríguez y José Miguel Hernández se miran. Están frente al caso más complicado que han recibido en Cuito Cuanavale. El miembro superior izquierdo de Vladimir está prácticamente amputado, del mismo modo que el inferior derecho. Tiene, además, fragmentos de proyectil en el abdomen, lesiones en esa zona, posible afectación en órganos internos como la vejiga e intestinos, y daños en un testículo.

Hay que operar en dos direcciones a la vez. Con ayuda de Eliades Camejo, el doctor Nilo se encargará de toda la parte ortopédica, mientras Hernández y Arturo Ávila tendrán a su cargo el proceder explorador y quirúrgico interno, con la asistencia común de un pequeño equipo dignificado por la calidad profesional y humana de tres mujeres a quienes todo el mundo llama sencilla y cariñosamente Odalys, Celia y Adelaida.

Poco más de dos horas después, la sutura se encarga de sellar toda huella abierta por trozos o partículas del proyectil y bisturíes.

Lo que a esta hora de la noche más perla la frente de cirujanos internos, ortopédicos, anestesistas y enfermeros, no es el sudor. Cada poro destila algo que ningún pañuelo puede recoger en estado líquido: la tranquilidad de haber actuado como un solo equipo y de haber hecho todo lo posible para que la muerte no le arrancara un nombre más a los registros de la vida.

Ahora el Vladi sí no sabe ni de él mismo. Bajo los efectos de la anestesia, duerme como el niño que aún sigue siendo para Sixto y Victoria. Atentos, incluso al más leve suspiro, habrá ojos que no plieguen pestañas en toda la noche, hasta que venga, procedente de Menongue, el helicóptero donde Vladimir será evacuado, para iniciar su retorno heroico y triunfal a la vida… que es Cuba.

Como una verde libélula, el aparato despega y desaparece, para rebobinar los 200 kilómetros por donde un día ese muchacho vino a Cuito Cuanavale, dispuesto a todo… menos a morir.

Un verdadero roble puede perder la más potente ramificación, pero su tronco no se raja. Y Vladi es eso: un roble. El G-5 le arrancó, casi de cuajo, el mismo brazo donde seguramente el sujeto que disparó aquel proyectil seguirá luciendo un reloj pulsera. Pero, como le dijo a Víctor, le queda el otro, multiplicado. Y, sobre todo, le queda, intacto, ese pecho inmenso, donde ningún racista sudafricano podría exhibir medallas avaladas por el decoro de las que llevará Vladimir, Por la Defensa de Cuito Cuanavale, Al valor Calixto García, Internacionalista de Primera Clase y Por la Victoria Cuba-RPA.

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