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Barbudos en La Habana (+Fotos)

Los acontecimientos se sucedieron vertiginosamente y las emociones fueron tan fuertes que apenas se tenía tiempo para pensar. La victoria, aunque esperada, sorprendió a todos: en la madrugada del 1 de enero de 1959, la huida del tirano Fulgencio Batista ante el empuje rebelde, puso término a su sangriento régimen. En la noche de ese primer día de la libertad conquistada, la oriental ciudad de Santiago de Cuba recibió en su seno al Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz con su Ejército Rebelde, en franco desagravio a los bravos mambises, a quienes una fuerza extranjera les impidió la entrada a esa urbe, en el ya lejano julio de 1898.

Concluido el primer encuentro de Fidel con el pueblo santiaguero frente al ayuntamiento, se imponía la inmediata marcha hacia la capital del país, la cual se inició en la madrugada del día 2. Entre los integrantes de la Caravana de la Libertad, organizada con esa finalidad, se encontraban los actuales generales de brigada Rafael Moracén Limonta, Héroe de la República de Cuba, y Gustavo Chuy Beltrán, de las tropas de los comandantes Vitalio Acuña, Vilo, el primero, y de Guillermo García, el segundo, ambas del Tercer Frente Mario Muñoz. Hace algunos años, ellos contaron a Trabajadores sus vivencias relacionadas con el inolvidable desplazamiento, las cuales en esta ocasión rescatamos para nuestros lectores.

Por primera vez en la capital

Moracén Limonta supo de la huida del tirano en el poblado de El Cristo, adonde ese día llegó el comandante Juan Almeida Bosque, jefe del Tercer Frente, y ante la algarabía y disparos realizados por la tropa, les señaló que «había que continuar combatiendo, pues no se sabía cómo reaccionaría el ejército del derrocado régimen.

«Se organizó una gran columna, con combatientes del Primer, Segundo y Tercer frentes, y nos dirigimos a El Escandel, en Santiago de Cuba, donde vimos a Fidel, quien conversó allí con algunos oficiales de Batista, entre ellos el coronel Rego Rubido, a cargo del Regimiento No 1 Maceo, cuya sede, el cuartel Moncada, había sido tomada en horas de la mañana por efectivos de la Columna  No 10 René Ramos Latour, del Tercer Frente Mario Muñoz, bajo el mando del comandante René de los Santos Ponce».

«Más tarde partimos hacia el centro de la ciudad y nos dividimos. Yo llegué hasta el parque  Céspedes, donde Fidel habló a los santiagueros. Desde allí partió la caravana.

 

 

«Fui con ella hasta Palma Soriano, sitio en el cual me encontré a un grupito de mi tropa y decidimos ir al frente, explorando la ruta; pero en Holguín nos separamos y llegamos a La Habana el día 5. Nos manteníamos al tanto del recorrido y cuando la caravana se hallaba en las proximidades de la ciudad, nos reincorporamos y continuamos con ella hasta el  Campamento  Militar  de Columbia —actual Ciudad Libertad—, al que arribamos el día 8 y Fidel habló al pueblo de la capital.

 

 

«Al reencontrarme con la caravana me llamó mucho la atención que en ella fueran camiones cargados con guardias del ejército batistiano. No lograba comprender aquello, y me molestaba. Confieso que evitaba cualquier proximidad con ellos. Después me di cuenta de que todo obedecía a una estrategia empleada por Fidel para mantenerlos neutralizados.

 

 

«Todo el tiempo transcurrido desde que recibimos la noticia de la huida de Batista, fue de muchas emociones. A algunas no les daba importancia, porque era muy joven; otras las he recordado siempre.

Realmente fue una gran sorpresa, porque eran cambios muy fuertes, pues, por ejemplo, fuera de Santiago de Cuba, Palma Soriano, El Cobre y San Luis, solo había llegado hasta Veguitas. Por eso me llamaba la atención cada pueblo o ciudad por donde pasaba, y el arribo a La Habana resultó tremendamente emocionante.

«Siempre digo que en mi vida como revolucionario hay dos hechos que me han impactado: uno, el alegre, cariñoso y multitudinario recibimiento que nos ofrecido por la población habanera; el otro, muy triste, la llegada de los restos del presidente Agostinho Neto a Luanda, donde también se congregó una gran multitud».

La palomas como símbolo

Cuenta Chuy Beltrán que la rendición del cuartel Moncada contrarió a muchos, porque ansiaban combatir en Santiago de Cuba; pero que fue lo mejor «porque el derramamiento de sangre hubiera sido muy grande». Una vez en la ciudad, a su pelotón le correspondió custodiar el parque Céspedes, donde el Comandante en Jefe hablaría a los santiagueros.

«Terminada la intervención de Fidel, en la madrugada del día 2 la caravana comenzó a moverse por el camino viejo de El Cobre. Conmovía la alegría con que el pueblo nos saludaba a todo lo largo de la Carretera Central.

«Para mí, lo más impactante fue la llegada a Bayamo, sede del Puesto de Mando de Operaciones del ejército batistiano. Fidel entró en él, recibió la visita del comandante Camilo Cienfuegos, procedente de Columbia, y habló con los militares, a quienes incorporó a la caravana. Yo me preguntaba cómo era posible si contra ellos habíamos combatido; pero el jefe de la Revolución sabía muy bien lo que hacía. No obstante, todos los mirábamos con ojeriza.

«Nunca me aparté de la caravana. En el trayecto nos deteníamos en espera de la visita de Fidel a algún pueblo o ciudad. Al llegar al Cotorro, un compañero conocedor de La Habana se ofreció a guiarnos por Cuatro Caminos, Managua; pero al darnos cuenta de que por allí no iba Fidel, regresamos y nos reincorporamos.

«Entramos el día 8 a Columbia, el cual custodiamos durante el acto en que habló Fidel, y en la madrugada del siguiente día pasamos a Managua.

 

«Lo que más me impresionó fue la alegría del pueblo al sentirse libre de la tiranía, y su atención para con nosotros. Eso me emocionaba porque, con tanto tiempo en las montañas, no sabíamos que contábamos con ese tremendo apoyo popular. Confieso que a veces hasta se me salían las lágrimas.

«Yo había vivido algún tiempo en La Habana; pero nunca la había visto tan efervescente, con tanta alegría y embullo, como aquel 8 de enero. Se avanzaba muy poco, porque la caravana era muy larga y teníamos mucho contacto con el pueblo, que nos abrazaba, besaba, brindaba café y comida, y nos obsequiaba bufandas, collares, medallas…

«Uno de los hechos más importantes de mi vida es haber formado parte de la Caravana de la Libertad y llegar a La Habana con Fidel. Es de esas cosas que, por su trascendencia y valor, siempre retiene vivas la memoria, sobre todo aquellas palomas blancas que, desde el público, volaron hacia Fidel y una se le posó en un hombro como presagio de los nuevos y estimulantes horizontes que se vislumbraban para la nación».

 

 

Durante su discurso ante el pueblo concentrado aquel día en Columbia, tan recordado por ambos combatientes, Fidel profetizó: “(…) No nos engañemos creyendo que en lo adelante todo será fácil; quizás en lo adelante todo sea más difícil”. El tiempo no tardó en darle la razón, porque la Revolución cubana siempre ha sido una espina atravesada en la garganta del imperialismo yanqui.

 

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