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¡Te botamos Roselló!

La frase del título, jubilosa y enardecida, exclamada al unísono por cerca de un millón de puertorriqueños volcados en las calles de San Juan, la capital, y en las de toda la isla, resultó lapidaria en la obligada renuncia del Gobernador Ricardo Roselló.

En las más airadas manifestaciones de protesta en la toda la historia de Puerto Rico, el pueblo boricua no solo ha defendido su dignidad ultrajada y difamada por la profusión de comentarios xenofóbicos, homofóbicos e insultantes proferidos por el dimitente funcionario, sino que además denunció la corrupción oficial imperante.

El factor más importante en estos acontecimientos ha sido la unidad de todos los sectores, por lo que analistas y observadores políticos, consideran que también se ha inaugurado una nueva y revitalizada etapa en la lucha del pueblo por su independencia y contra el status colonial de Estado Libre Asociado impuesto por el Gobierno de Estado Unidos.

El ridículo stress personal, alegado por Roselló, está muy lejos de ser la verdadera raíz de la crisis sistemática, económica, política, social y moral, signada por la corrupción, que padece la patria de los próceres independentistas Ramón Emeterio Betances y Pedro Albizu Campos.

El mal se encuentra en la condición de colonia en que Estados Unidos ha sumido a Puerto Rico desde que invadió la isla el 25 de julio de 1998 durante la Guerra Hispano-Cubana-Americana.

La discreta actitud mantenida por la Washington ante la rebelión popular que depuso a Roselló es signo de que busca formas conciliatorias para neutralizar la situación y evitar que ella rompa el status en el que mantiene a la isla caribeña desde hace 120 años.

No obstante, el portal Noticias Puerto Rico TV (PRTV) publicó una nota en la que afirma que el presidente Donald Trump había dicho a un grupo de inversores que apoya su precandidatura a la reelección,  que quitaría la ciudadanía estadounidense a los puertorriqueños porque «no son parte de la raza americana”.

En su prepotencia, el mandatario yanqui no toma en cuenta que infinitamente superior a la devastación causada por el huracán María —más de 4 mil muertos y decenas de miles de damnificados—  es la situación económica en la que se encuentra el país, de la cual se ha desatendido la Casa Blanca.

La pobreza impera, el desempleo agobia a más del 9,3 % de la fuerza laboral activa, a lo que se suma la carencia de agua potable y electricidad, una espiral inflacionaria que eleva el costo de vida y el éxodo de puertorriqueños que huyen de tan compleja situación.

La deuda interna pública se calcula en unos 56 mil 823 millones de dólares, equivalentes a 3 mil 843 millones de dólares del producto interno bruto (PIB), mientras los presupuestos de educación, salud y vivienda son exiguos y diezmados por la corrupción y el desfalco.

Muchas son ahora las expectativas sobre el rumbo que tomarán los recientes sucesos en Puerto Rico, donde la población, más allá de filiaciones políticas hizo valer su pujante fuerza. Esperemos que sintonicen con las ansias, seculares, de quebrar el yugo colonial y emerger como una nación libre, soberana e independiente.

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