Céspedes, la independencia y los Estados Unidos

Céspedes, la independencia y los Estados Unidos

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El 10 de octubre de 1868 se inició la primera guerra por la independencia de Cuba frente al colonialismo español, cuando la América Latina había logrado sacudir el dominio hispano desde el primer cuarto del siglo XIX y, en la cercanía de la Isla, estaban los Estados Unidos que se habían independizado de Inglaterra desde fines del siglo anterior. Era de esperar que ese entorno fuera favorable para obtener apoyo en la contienda cubana. En algunos países de Latinoamérica había situaciones internas conflictivas; sin embargo, el vecino norteño parecía más estable, sobre todo después de haber terminado su Guerra de Secesión que había dejado el importante saldo de la abolición de la esclavitud, y mostraba una imagen de progreso, libertad y democracia que lo proyectaba como modelo a los ojos de muchos en el mundo. Esto tendría repercusión en los cubanos de la época que luchaban por eliminar el yugo colonial.

El iniciador, Carlos Manuel de Céspedes, envió una nota el 24 de octubre al secretario de Estado norteño, W. H. Seward, en la cual le hacía saber el comienzo de la lucha por la independencia en la Isla y las condiciones en que se libraba en esos momentos. Céspedes planteaba que faltaba que “las naciones civilizadas y libres” interpusieran su influencia, dieran el reconocimiento de beligerantes a los cubanos y, por ello, hicieran respetar su derecho como tales. A partir de ese presupuesto, el patriota afirmaba que había en América “una nación grande y generosa, a la cual nos ligan importantísimas relaciones de comercio y grandes simpatías” por sus instituciones republicanas que servirían de norma, a la cual se solicitaba auxilio y ayuda para conquistar la libertad. A continuación, declaraba la posibilidad de que en el futuro formaríamos parte de esos estados, porque “los pueblos de América están llamados a formar una sola nación”. De manera que mostraba admiración por el país vecino y exponía el pensamiento de la unidad continental sin distingos entre zonas o países.[1] No hubo respuesta.

 

 

 

El 20 de noviembre de 1868, Céspedes envió otra nota donde recordaba la anterior y mostraba su ignorancia acerca de si la había recibido, se refería a la “decencia y generosidad” de aquel gobierno y pedía que recomendara a su Congreso “que se nos reconozca como beligerantes y nos faciliten las armas y recursos necesarios, que serán debidamente retribuidos, para quitar de América el último eslabón de la horrorosa cadena de España, dando un paso más en pro del republicanismo en este continente, donde no debe quedar un solo resto de la oligarquía despótica de los gobiernos de Europa.”[2]

Céspedes nombró un representante ante el gobierno de los Estados Unidos (José Valiente), según documento del 3 de diciembre de 1868, a quien encargaba que hiciera todo lo posible para conseguir el reconocimiento y la protección de aquel para la causa cubana y afirmaba que esperaba del secretario de Estado, Seward, esa cooperación. Valiente también debía establecer comunicación con las demás naciones extranjeras de manera que, si no nos ayudaban, al menos fueran neutrales. Posteriormente, ante la diversidad de grupos que se habían constituido allí, se decidió unirlos en una sola representación, encabezada por José Morales Lemus.

El 15 de enero de 1869, Céspedes envió una comunicación al Agente de la República en los Estados Unidos donde explicaba la situación tan complicada de la guerra, con los avances del enemigo bajo la jefatura del Conde de Valmaseda, la decisión patriótica del incendio de Bayamo, el hecho de la abolición de la esclavitud, pero también el estado de la situación bélica, todo lo cual le llevaba a pedir la anexión a los Estados Unidos, lo que debía comunicar al Gobierno de aquella República. Pensaba que si era aceptada la petición, se prestarían auxilios “·a fin de evitar la guerra exterminadora que los españoles nos están haciendo y que nos obliga a tomar determinaciones violentas (…).”[3] Céspedes asumía una solución desesperada ante la situación que parecía insuperable por medios propios.

Como resultado de las elecciones presidenciales, Ulises Gran resultó electo en noviembre de 1868, por lo que Céspedes le envió una felicitación un mes antes de su toma de posesión, al tiempo que le mencionaba la misión del representante cubano allí para obtener sus simpatías para la causa cubana.

El 1ro de marzo de 1869, Céspedes volvió a dirigirse al gobierno estadounidense, esta vez a Ulises Grant. En la comunicación explicaba la lucha cubana, decía que los Estados Unidos era la nación civilizada más cercana a Cuba, mencionaba la simpatía de los cubanos por sus instituciones, los intereses comerciales y financieros comunes, a partir de lo cual “Cuba ardientemente apela a su incuestionable derecho para ser reconocida.”[4] No hablaba de anexión, sino insistía en el reconocimiento que no llegaba.

El 19 de marzo volvía a dirigirse a Grant para presentarle al Encargado Extraordinario y Plenipotenciario de la naciente República de Cuba ante él y le informaba sobre la terrible guerra que España estaba haciendo en Cuba, ante lo cual consideraba que aquel gobierno no sería indiferente y podía interponer su mediación.

A partir de abril de 1869, como resultado de la Asamblea de Guáimaro, la Cámara de Representantes allí constituida, asumió este asunto. En varias oportunidades discutió la solicitud a los Estados Unidos de apoyo para la guerra, sin obtener respuesta; también se valoraron planteamientos de anexión que algunos habían presentado. Ninguna de estas gestiones, ni siquiera las manifestaciones anexionistas, obtuvieron contestación.

El Gobierno presidido por Ulises Grant había despertado esperanzas de solidaridad, por su cercanía con Abraham Lincoln durante la Guerra de Secesión, pero jamás reconoció oficialmente al Ministro Plenipotenciario cubano. Ciertamente hubo algunos contactos, aunque con marcado interés en que no fueran de carácter oficial. El Presidente y el secretario de Estado, Hamilton Fish, recibieron a Morales Lemus de manera privada, de modo que no implicaba ningún compromiso. Por ello su estancia no pudo tener carácter oficial.

Morales Lemus murió en 1870 por lo que Céspedes debió nombrar un sustituto. En esa circunstancia propuso esa responsabilidad a José Manuel Mestre. La carta en que le hizo dicha propuesta, no fechada, pero que se supone corresponde a fines de julio o principios de agosto de 1870, es de suma importancia. Después de los intentos realizados entre 1868 y 1869, el Padre de la Patria había llegado a conclusiones acerca de la actitud del gobierno vecino:

“(…) Por lo que respecta a los Estados Unidos tal vez estaré equivocado; pero en mi concepto su gobierno a lo que aspira es a apoderarse de Cuba sin complicaciones peligrosas para su nación y entretanto que no salga del dominio de España, siquiera sea para constituirse en poder independiente; éste es el secreto de su política y mucho me temo que cuanto haga o proponga, sea para entretenernos y que no acudamos en busca de otros amigos más eficaces o desinteresados.”[5]

Teniendo en cuenta la posición estadounidense, Céspedes decidió retirar la representación diplomática ante ese país, lo que comunicó a Ramón Céspedes Barreiro, quien estaba a cargo de la representación, en carta del 30 de noviembre de 1872. Al explicar las razones, le decía:

 No era posible que por más tiempo soportásemos el desprecio con que nos trata el gobierno de los Es[tados] U[nidos], desprecio que iba en aumento mientras más sufridos nos mostrábamos nosotros. Bastante tiempo hemos hecho el papel del pordiosero a quien se niega repetidamente la limosna y en cuyos hocicos por último se cierra con insolencia la puerta. (…).[6]

Después de un corto período de intentos por lograr reconocimiento, apoyo y hasta la posibilidad de anexión, Céspedes había visto el fondo de la política de aquel país hacia Cuba y decidía desde la dignidad del pueblo cubano la posición que correspondía.

[1] Carlos Manuel de Céspedes. Escritos. (Fernando Portuondo del Prado y Hortensia Pichardo Viñals, comp.) Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1974, T II, 10-12.

[2] Ibíd., pp. 15-16.

[3] Ibíd., T I, pp. 150-151.

[4] Ibíd., T II, pp. 29-30.

[5] Ibíd., T II, p. 63.

[6] Ibíd., T II, pp. 425.

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