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Estrenos de danza: De la fabulación al rito

Música, danza, cantos, dramatización… Alafin de Oyó es un espectáculo múltiple y ambicioso, quizás una de las piezas más exigentes del repertorio histórico del Conjunto Folclórico Nacional.

Alafin de Oyó integró un programa con obras de Alberto Méndez y Manolo Micler en el teatro Mella. Fotos: Del autor

Manolo Micler ha rescatado la obra a partir de la original de Roberto Espinosa, con libreto del inolvidable (e imprescindible) Lázaro Ros. Han pasado más de cuatro décadas del estreno de esta hermosa fabulación, y el montaje actual (nos cuentan los que vieron aquellas primeras representaciones) conserva las esencias primigenias.

No se trata aquí de reproducir un mito, sino de recrearlo con imaginación y marcado sentido poético, tan afín a la cosmovisión yorubá.

Esta es, primero que todo, una historia de amor. Por más que sus protagonistas sean seres de leyenda (Oyá, dueña del viento y la centella, y Shangó, dios del fuego y la virilidad), las peripecias parecen terrenales: la fuerza de la seducción que domina al puro ímpetu, triunfo (sin sometimiento) de la femineidad.

El cuento es ancestral, pero sus implicaciones son atemporales.

La puesta deleita por su plasticidad decidida (vestuario, diseño de luces, escenografía), aunque se resiente por cierta dilatación de las acciones, que la belleza y el dinamismo de la danza no alcanzan a resolver del todo.

Los bailarines asumen la obra con entusiasmo y dominio de la escena, particularmente el cuerpo de baile masculino, la pareja protagonista y el gozoso Elegguá de Leyvan García, pletórico de gracia. Eso sí: faltó algo de naturalidad y buena dicción en parte de los bocadillos. Nada que no pueda resolverse en los salones de ensayo.

Consagración tuvo su estreno mundial en el Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso.

Una “partitura” corporal

No emplearemos muchas líneas para evocar el gran revuelo que causó el estreno de La consagración de la primavera por los Ballets Rusos de Serguéi Diáguilev en el París de principios del siglo pasado. Baste con decir que la música de Stravinsky y la coreografía de Nijinsky marcaron un hito en la historia de la danza y el arte en general, hasta el punto de que han devenido referencia y casi obsesión de muchísimos grandes creadores.

Danza Contemporánea de Cuba ha asumido el estreno mundial de la Consagración de los franceses Christophe Beránger y Jonathan Pranlas- Descours, en un montaje grandilocuente y enérgico, excelentemente defendido (esto ya parece una obviedad) por los bailarines del elenco.

La “caligrafía” es rica, las dinámicas no dejan puntos muertos, el diseño espacial establece un orden sugerente a partir del aparente caos, las líneas neoclásicas se funden armónicamente con aires más modernos y también (y este es una de las mayores virtudes de la obra) con el legado de las danzas afrocubanas.

Parece siempre difícil “llenar” esta música y los coreógrafos lo consiguen. Crean sobre el escenario una “partitura” corporal que está a la altura de las exigencias de la composición. Y también se respeta el espíritu de Nijinsky: el imperio avasallador del rito.

Independientemente de algunas cacofonías en la estructura (notables en la alternancia entre solistas y cuerpos de baile), las imágenes convencen por su oportunidad y carga metafórica. El vestuario (esos singulares velos) no es adjetivo: redondea el movimiento. El diseño de iluminación, la paleta de colores de todo el entramado, la atmósfera que se instaura recrean el misterio de lo ancestral. Y lo raigal siempre es misterioso.

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