Icono del sitio Trabajadores

No derrumbarse y seguir “pa’lante”, dice Marisley

Marisley agradece el ingenio de los constructores que edifican las viviendas o facilidades temporales, las cuales quedan muy buenas y confortables. Fotos: De la autora

“Esta vez no estaba en casa, me había ido a cuidar a una hermana y pasé el ciclón con ella en Camagüey. Pero cuando llegué… ¡ay periodista, qué duro fue ver cómo había quedado mi casita! El colchón lo tuve que botar porque no servía ni para guata, y del refrigerador no quiero ni acordarme, de lo destrozado que quedó. Por suerte, los vecinos me pudieron recoger algunas tejas, y con ellas levantamos un ranchito para al menos tener donde meternos”.

A Marisley Díaz Duanes dos veces un ciclón le ha tumbado una casa; dos veces ha tenido que “hacer de tripas corazón” para no derrumbarse y seguir “pa’lante”. Ella vive en la comunidad Moscú, uno de los asentamientos que se ubican a las afueras del pueblo de Jaronú, en el municipio camagüeyano de Esmeralda. Es una de los 130 trabajadores azucareros a los que allí el huracán Irma intentó torcerles el rumbo.

“Mi función en el central es cuidar, yo soy custodio, por eso cuando vi como quedaron sus instalaciones, me dolió en el alma. Ahora me divido en dos para ayudar a mis compañeros a levantarme una facilidad temporal, y a la vez, contribuir en lo que sea para la recuperación del central Brasil”, explica.

En Jaronú casi todas las viviendas sufrieron daños, pero un tercio concentró sobre sí la mayor devastación, con numerosos derrumbes que afectaron también a los trabajadores del ingenio. En ese, el principal centro de trabajo de la localidad, se perdieron en pocas horas más de 6 mil 600 tejas de zinc, y se afectaron de forma significativa varias secciones de la estructura, sobre todo en la planta eléctrica.

Por eso, las labores de reconstrucción se iniciaron allí tan pronto lo permitieron las condiciones climáticas, con el concurso de todos sus obreros y directivos. Entre ellos, también se contó a Marisley.

Más mujeres

Mientras aún llovía, Irma se alejaba y los hombres del central Brasil comenzaban a trabajar, mujeres como Yadira, Dignora y Bertha no se quedaron en casa a llorar por lo perdido. Se pusieron a disposición del que lo necesitara y se “pegaron” al fogón.

A veces no se movían de allí por más de 10 horas. No pensaban en el calor, ni en el dolor de las piernas y la columna que provocaban tantas horas de pie. “Lo importante era darle comida a la gente. No había electricidad, por eso teníamos que elaborar alimentos como para 500 personas”, cuenta Dignora Ceniz Alfonso, una de las cocineras del central.

En su casa ella perdió parte del caballete y algunas tejas, “cosas que se recuperan”, asegura. “Ahora lo que hay es que seguir trabajando para que el Brasil vuelva a moler”.

Yadira Labañino Díaz, elaboradora, vivió el ciclón evacuada; no tuvo tanta suerte y perdió su casa. “Me desesperé, claro. Tengo una niña y ahora solo pienso en ella, pero estoy segura de que no nos quedaremos desamparadas porque mucha gente ha venido, incluso de municipios lejanos, a levantarnos una casa. Mi forma de contribuir es aquí en la cocina”.

“Yo vivo a seis kilómetros del central y vengo y voy las veces que haga falta”, apunta a su vez Bertha O’Farril Petí, para quien lo más importante es que no “se apaguen los fogones mientras haga falta comida”. Confiesa que el suyo es un trabajo agotador, pero zanja cualquier vacilación con una premisa, “aquí hay que ayudar de alguna forma. Cada cual, como pueda y si tienes la barriga llena, tienes más fuerza para trabajar”.

Compartir...
Salir de la versión móvil