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Las lecciones del Protocolo de Montreal

Tres decenios atrás, la comunidad internacional emprendió una acción concertada para frenar y revertir el entonces creciente deterioro de la capa de ozono: bajo los auspicios de la ONU, el 16 de septiembre de 1987 fue suscrito el Protocolo de Montreal, que dispuso la prohibición progresiva de la producción y empleo de un grupo de gases causantes del daño a la bien llamada Escudo de la Vida.

Las lecciones del Protocolo de Montreal

En las capas altas de la atmósfera (estratósfera), el ozono es la protección natural más importante contra la penetración de la radiación ultrav ioleta de la luz solar, que causa innumerables perjuicios a las diversas formas de vida en el planeta; su pérdida afecta a todas las latitudes, pero es más grave en los polos, y especialmente en la Antártida, lugar donde se mide la magnitud del agujero en la capa del gas protector.

De acuerdo con el último informe cuatrienal de la Organización Meteorológica Mundial y el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), publicado en el 2015, la concentración en la atmósfera de las sustancias químicas que destruyen el ozono ha disminuido de 10 % a 15 % con respecto al máximo registrado a finales de la década de los 90. Por otra parte, un estudio científico publicado en la revista estadounidense Science el pasado año reveló que el agujero en la capa de ozono sobre la Antártida se redujo en más de 4 millones de km2 respecto al año 2000, cuando alcanzó su mayor extensión (25 millones de km2). El Escudo de la Vida se está recuperando, y se estima que se recuperará completamente para mediados del siglo.

El continuado cumplimiento del Protocolo de Montreal reportará numerosos beneficios. Sirva de muestra que, según estimaciones del PNUMA, hacia el 2030 permitirá salvar del cáncer de piel a 2 millones de personas cada año, así como evitar incontables casos de daños oculares e inmunológicos en seres humanos, y favorecer la protección de la fauna, la agricultura y el entorno natural. La exitosa marcha del Protocolo de Montreal demuestra que los científicos identificaron acertadamente acciones humanas altamente nocivas a la vida en el planeta, y con igual acierto indicaron las medidas para contrarrestarlas; también evidencia que solo la acción concertada de la comunidad internacional es capaz de enfrentar con éxito peligros que no son aislados, sino que gravitan sobre toda la geografía planetaria.

Pero el problema de la capa de ozono solamente es uno de los graves trastornos medioambientales que padece nuestra casa común, cuya máxima expresión es el cambio climático global en curso, un fenómeno que representa una mortífera amenaza a la existencia misma de la vida en la Tierra, únicamente equiparable al empleo de las armas nucleares. El positivo ejemplo del Protocolo de Montreal encierra una lección para aquellos que, por ignorancia o por irresponsable y criminal egoísmo, cuestionan al concierto científico mundial cuando afirma que la especie humana es la principal responsable del cambio del clima, advierte sobre su agravamiento y sugiere medidas para afrontar sus efectos.

Quienes residimos en el hemisferio occidental somos por estos días testigos, cuando no víctimas, de que es ya una realidad el vaticinio formulado por la ciencia desde años atrás, acerca de que la antinatural modificación climática provocará que los huracanes alcancen una mayor capacidad destructiva.

Así lo confirman el Harvey, que a finales del pasado mes abatió nuestra área, y el Irma, que aún la abate, y que han causado —y todavía ocasionan— enormes estragos entre la población y a los recursos materiales de varios países. Tragedia de tal magnitud debiera servir para que el presidente estadounidense, Donald Trump, se retractara de la decisión tomada el pasado mes de junio, de retirar a su país del Acuerdo de París, tratado suscrito en el 2015 y que constituye la más relevante concertación mundial para enfrentar el cambio climático.

Ello sería un acto de justicia hacia la humanidad toda, por la responsabilidad de Estados Unidos como mayor emisor histórico de los gases de efecto invernadero, causantes de esa peligrosa perturbación del medio ambiente; y además un gesto de consideración hacia el pueblo de su propio país, víctima también de la furia de los huracanes Irma y Harvey.

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