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Otro retablo hereje o mi dios qué bellos éramos

Cuando se hable de las innumerables páginas en que la poesía del mundo ha retratado al ser humano ante la tremenda disyuntiva vida/muerte, habrá que dejar asiento reservado para el sencillo y hondo poema Los amigos, de Juan Gelman:

jiri wolker attila jószef yo / seríamos tres amigos perfectos (…) los tres nos íbamos por ahí a recorrer países y mujeres (…) jiri cayó en un hospital / jószef se tiró bajo un tren / mi dios qué bellos éramos / silbando finalmente

En su tiempo, fue un encontronazo lo que se dieron mis ojos de lector juvenil y aprendiz de casi todo. Me estremeció el hallazgo, la certidumbre de la belleza oculta en el terrible gesto de quien opta por no seguir en el mundo de sus semejantes. Quizá ese sobresalto, agazapado por años, me llevó a escribir un día: Hermosos los suicidas / que se quitan el alma. (Tribulaciones del arca, Ediciones Luminaria, Sancti Spíritus, 2002).

Acartonadas como hemos sido las personas durante demasiado tiempo, la asunción del reconocimiento de una rara hermosura en la tragedia individualizada ha sido punto menos que riesgosa de ser considerada tributaria a manicomio, o proclive a alguno de los ademanes fatales a los cuales esa asunción concede valor existencial, y por ende, respeto. Tal es el caso de la ojeriza a temas “poco bonitos” como el de los seres que se privan de la existencia, y de otros (los locos, los desterrados, los cobardes), que la poesía en décimas, incluida una zona de la reconocida contemporáneamente con el Premio Cucalambé, ha venido a escudriñar, para beneficio de una posible mejor convivencia, a partir de un mejor entendimiento humano.

En esa línea de empeños socioestéticos se inscribe Extraños ritos del alma (Antología de voces en la niebla), que mereció en el 2015 el referido lauro, el más alto en la décima escrita cubana e iberoamericana.

La poesía, ya se sabe, no explica, sino indaga. Explican las ciencias, y ya han venido ellas, y vendrán, a examinar a la luz de las razones lo concerniente a estas decisiones de un ser que se autorreconoce en situación límite, y de la cual no encuentra otra salida que la escapada.

De lo que se trata aquí, en cambio, es de hurgar, desde el universo de la palabra artística (ya se sabe también que la poesía es una/otra realidad, más allá de la que conoce el mundo del raciocinio), en los resortes más recónditos de estos procederes que destellan y estremecen a un tiempo por la tremebunda actitud de renuncia a lo más preciado del ser humano, ante la (su) imposibilidad de hallar otro rumbo hacia la posible salvación.

De la frecuente preindisposición afectiva hacia los injustamente desmerecidos, que antes referí, Junior Fernández Guerra trata de curar en salud su poemario, con una advertencia desde los primeros versos del volumen: (en este punto el lector / debe ignorar el valor / de emitir una sentencia).

Lo que sigue es un retablo de exploraciones dentro de las circunstancias existenciales de 21 creadores que se autoinfligieron la desaparición del mundo físico en que vivían, los cuales han sido agrupados por el autor en tres secciones epocales bien diferenciadas, lo que habla de una apuesta estético-organizativa que opera en favor de la arquitectura de ese recinto espiritual que ha de ser todo libro de poemas.

Otro asunto es la capacidad “metamorfoseadora” de Junior: La asunción de cada una de estas figuras como sujeto lírico, a más de revelar una paciente y sensible búsqueda en los entresijos tortuosos de sus respectivas vidas, delata la habilidad de quien escribe para desenvolverse en lo que ha dado en llamarse juego de máscaras.

Junior entra a ese juego, asume sus no pocos riesgos, y sale de ellos decorosamente, con un conjunto armónico dentro de sus aplaudibles variaciones, una densidad trópica que evade las a veces tentadoras estridencias —a saber, lo turbio de la materia prima poética que modela con sus manos es sumamente contaminante—, y un empleo profuso de paratextos que posibilita dos lecturas en paralelo: Por una parte encima de la superficie vital de cada ser que se nos presenta; por otra, en franca inmersión hacia lo más subterráneo de esas vidas.

El saldo puede ser —muchas cosas “pueden ser”, ya se sabe también, tras la lectura de un libro de poesía— una subsecuente actitud, a favor de quien lee, más flexible, y por tanto más humana, hacia “el otro”, que antes se enfocaba con descolocada preterición.

Habrá ganado Junior, y la poesía, y en particular la poesía en décimas, y el ser humano en general, si al voltear estas páginas alguien ha percibido o aceptado, con otra calma al menos, y mejor si con acatamiento e indulgencia, qué pudiera en un alma suceder —para decirlo con la incógnita que el autor asume como Alfonsina Storni— si Dios viene en camino y se demora.

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