Sus siembras darán muchas cosechas

Sus siembras darán muchas cosechas

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Foto: Agustín Borrego Torres.
Foto: Agustín Borrego Torres.

Hay una anécdota que define la esencia de un científico que lo apostó todo por la agricultura. Su padre, el viejo Adolfo, me contó que un día, siendo niño aún, Adolfito sembró unos granos de frijoles y todos los días iba al campo a ver si germinaban; siguió el proceso hasta que crecieron las plantas.

Ese actuar, dijo su padre, definiría la vocación del hijo, a la cual se consagró durante su existencia. Adolfo Arnaldo Rodríguez Nodals creció junto un científico nato, bebiendo de su sabia, haciendo ciencia, y a ella deja notables aportes, no solo con el logro de variedades sino con experiencias productivas, y ajustes metodológicos y tecnológicos que son válidos para cualquier tipo de agricultura.

Dos cosas eran esenciales para Adolfito: lograr la sostenibilidad de la producción de alimentos a escala local, y llevarle al productor las mejores tecnologías agroecológicas, explicándoselas de forma sencilla para que pudiera aplicarlas con eficiencia.

En los últimos casi 20 años se había convertido, además de un teórico, en algo así como un inspector de campo. Conocía cada municipio, cada comunidad cubana como la palma de su mano, y sabía de memoria dónde habían encontrado una nueva especie o qué productor sacaría adelante algún experimento.

Fue promotor del cultivo de vegetales en las ciudades, primero en los organopónicos y huertos intensivos y luego, agrandando esa idea, hasta constituir el Programa de Agricultura Urbana, Suburbana y Familiar, el cual lo llevaría una y otra vez de recorrido por toda la isla, evaluando rigurosamente y calificando los resultados.

Las listas de las misiones científicas que cumplió, sus títulos y condecoraciones, de los cargos políticos y de los aportes que dejó son extremadamente largas para citarlas en tan poco espacio; en este momento del recuento bastarán su título de Héroe del Trabajo de la República de Cuba (1992), y el de Doctor Honoris Causa que le confirió la Universidad Central de Las Villas , que lo definen en su intenso quehacer.

Adolfito sembró un ejemplo de sencillez, modestia y disciplina. Jamás habló alto para hacerse entender, ni porque creía tener la razón, pedía las cosas de favor, como si no las mereciera, aunque fuera un grandioso resultado científico o productivo.

Su gran pasión, o mejor dicho, su otra gran pasión fue la familia, a la cual se consagró en vida y alma; amó a María desde su temprana juventud, y estuvo muy orgulloso de que sus dos hijos: Arlene y Adolfo se graduaran también de ingenieros agrónomos. Con extrema humildad me contaba cada éxito de sus hijos, me hablaba casi al oído (como para no ser escuchado por los demás) cuando me daba las buenas noticias y otras que no lo eran tanto. Respetaba y confiaba en Sila, la secretaria que lo acompañó durante sus años como director del INIFAT.

Ahora miro su foto. Lo veo ir y venir por su oficina, por el campo, por el patio de su casa, donde cultivaba cada especie nueva: inquieto, detallista, pertinaz. Adolfito dejó la vida, mas sus siembras darán muchas cosechas.

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