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Las razones de “la fruta madura”

John Quincy Adams

John Quincy Adams

John Quincy Adams
John Quincy Adams

Entre los interesados en la historia de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos es bastante conocida la que se conoce como política de la fruta madura; pero quizás no se conoce igual el contexto que motivó esa definición y los términos exactos de aquel documento, escrito por el entonces secretario de Estado John Quincy Adams, quien sería el presidente del período siguiente (1825-1829) en aquel país. Resulta válido, por tanto, exponer algunos detalles en este sentido.

Lo primero a señalar es que no se trata de un documento público, sino de las instrucciones que Adams envió al nuevo ministro norteño en Madrid, Hugh Nelson; por tanto, los contemporáneos no conocieron su contenido, habría que esperar a su desclasificación para ello. El año de su formulación resulta también muy importante: 1823. En aquel momento el proceso independentista de las antiguas colonias españolas continentales estaba culminando, mientras las islas antillanas de Cuba y Puerto Rico quedaban pendientes, aunque no eran territorios tranquilos, al margen de la convulsión continental.

Hacia 1823 había conspiraciones independentistas en Cuba vinculadas a México y Colombia, como las muy conocidas del Águila Negra y Soles y Rayos de Bolívar. Fueron los años en que Félix Varela destacó por su alineación con la independencia de Cuba y comenzó la fundamentación de esa opción. Fue el año en que se dictó orden de prisión contra el poeta José María Heredia, quien salió clandestinamente de la Isla hacia Estados Unidos donde escribió su famosa oda al Niágara en la cual evocó la palma como símbolo de su patria. Si bien no se trató de un movimiento generalizado, había expresiones claras de la voluntad de independencia en grupos importantes de cubanos.

En esos momentos también se produjeron intentos anexionistas por parte de algunos cubanos vinculados a estadounidenses que abrigaban esos propósitos; sin embargo, las contradicciones con Inglaterra marcaban de manera importante la actuación de Washington en ese aspecto. En 1822 la entrevista de un tal señor Sánchez, al parecer cubano, con autoridades norteñas había dado lugar a la discusión del asunto en el Gabinete, donde se manifestó el interés por la Isla, el temor a que esta cayera en manos de Inglaterra, el peligro de que ante un conflicto se produjera una revolución de negros; pero también la creencia de no estar preparados todavía para enfrentar una guerra con España o con Inglaterra por la posesión de Cuba.

Por otra parte, no puede obviarse la conflictividad interna en España, donde se debatían el constitucionalismo y la monarquía absoluta. Justo en 1822, en medio del período liberal de 1820-1823, el padre Varela había abogado en las Cortes por el reconocimiento de la independencia de Hispanoamérica y se proyectó por la abolición de la esclavitud. La situación española había derivado en 1823 hacia la restauración del absolutismo, lo que se organizó con la presencia de fuerzas militares francesas a nombre de la Santa Alianza para eliminar el liberalismo hispano, esto daba a Francia un lugar importante en las decisiones de España.

Como puede verse, el contexto hacia 1823 resultaba complejo para los intereses estadounidenses en la zona antillana, tanto por la situación europea como por la regional, por lo que el diseño de política debía asumir esa complejidad, cuando además la América Latina que surgía independiente se proyectaba hacia la posibilidad de concertar esfuerzos.

En tales circunstancias, John Quincy Adams redactó las instrucciones a Nelson del 28 de abril de 1823.

En el texto mencionado, Adams se refiere a la situación continental al decir que podía darse por sentado “que el dominio de España” había terminado “irrevocablemente” en el continente; pero añadía el caso particular de Cuba y Puerto Rico: “aún permanecen nominalmente, y hasta tal punto realmente, bajo su dependencia [de España] que todavía goza aquella del poder de transferir a otros su dominio sobre ellas y, con éste, la posesión de las mismas”.[1] Obsérvese el asunto que destaca: la posibilidad de que esas islas pasaran a otras manos, por ello subraya a continuación la importancia estratégica de su posición geográfica.:

Estas islas por su posición local son apéndices naturales del continente norteamericano, y una de ellas [la isla de Cuba], casi a la vista de nuestras costas, ha venido a ser, por una multitud de razones, de trascendental importancia para los intereses políticos y comerciales de nuestra Unión. La dominante posición que posee en el Golfo de México y en el Mar de las Antillas, el carácter de su población, el lugar que ocupa en la mitad del camino entre nuestra costa meridional y la isla de Santo Domingo, su vasto y abrigado puerto de La Habana que hace frente a una larga línea de nuestras costas privadas de la misma ventaja, (…).

Adams ponderaba otras características como las que llevaban a un comercio provechoso y, desde tales condiciones, afirmaba que en Cuba “todo se combina para darle tal importancia en la suma de nuestros intereses nacionales, que no hay ningún otro territorio extranjero que pueda comparársele” y, además, planteaba que las relaciones con Cuba eran “casi idénticas a las que ligan unos con otros los diferentes Estados de nuestra Unión.”

A partir de esas consideraciones acerca de los intereses que vinculaban a Estados Unidos con la situación cubana, Adams consideraba que los “vínculos geográficos, comerciales y políticos” hacían que al mirar el probable curso que tomarían los acontecimientos futuros, en un plazo de cincuenta años, “casi es imposible resistir a la convicción de que la anexión de Cuba a nuestra República federal será indispensable para la continuación de la Unión y el mantenimiento de su integridad (…)” Las explicaciones del secretario de Estado resultan, por tanto, muy claras para entender el contexto y los intereses estadounidenses que se movían alrededor de Cuba en el año 1823, factores fundamentales para su diseño de política.

La posición anexionista quedó explícita en el documento que se comenta aquí, pero en una perspectiva de cincuenta años, lo cual tenía también su fundamentación. Según Adams, para ese acontecimiento “no estamos todavía preparados”, pues se presentaban muchas “y formidables objeciones contra la extensión de nuestros dominios dejando el mar por medio.” Es decir, que se veían las contradicciones y complejidades de aquel momento, los intereses norteamericanos que llevaban a proponerse la anexión de Cuba para un futuro mediato, entonces, ¿cómo plantearse la actuación para el momento propicio para la anexión? Adams lo diseñó:

(…) hay leyes de gravitación política como las hay da gravitación física, y así como una fruta separada  de su árbol por la fuerza del viento no puede, aunque quiera, dejar de caer en el suelo, así Cuba una vez separada de España y rota la conexión artificial que la liga con ella, es incapaz de sostenerse por sí sola, tiene que gravitar necesariamente hacia la Unión Norteamericana, y hacia ella exclusivamente, mientras que a la Unión misma, en virtud de la propia ley, le será imposible dejar de admitirla en su seno.

El secretario de Estado había formulado lo que se conoció después como la política de la fruta madura al plantear el futuro de la Isla en relación con Estados Unidos, pero ¿qué hacer mientras llegaba ese momento?  Había que plantear el modo de actuar ante los desafíos que la época presentaba, de ahí la indicación a su ministro de que expresara en Madrid el deseo de su gobierno de que Cuba y Puerto Rico se mantuvieran unidas a España y que no apoyaría ningún plan de separación que se intentase en la Isla, y al mismo tiempo que solicitara la admisión de cónsules en ambos territorios.

Desde el contenido de las instrucciones de John Quincy Adams de abril de 1823, se puede analizar cómo la política norteamericana hacia Cuba estuvo marcada por el interés de apoderarse de la Isla, pero tomó en cuenta las características del contexto, por lo que diseñó una estrategia de mediano plazo cuyo final sería la apropiación del territorio cubano. Mientras ese momento llegaba, la isla vecina debía quedar en manos de una potencia debilitada como la española. Se había definido la política que marcaría la actuación en los años siguientes.

[1] Todas las referencias a las Instrucciones de Adams están tomadas de Philip S. Foner: Historia de Cuba y sus relaciones con Estados Unidos. T I, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1973, pp. 156-157.

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