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Josué, Floro y Salvador “Prefirieron morir peleando”

De izquierda a derecha: Josué, Floro y Salvador.

 

Por Betty Beatón Ruiz y Felipa Suárez Ramos

“¡Salgan ahora de sus cuevas, cobardes…!”, vociferó el 30 de junio de 1957 uno de los oradores en el mitin politiquero organizado por Anselmo Alliegro Milán, presidente del Senado, y Rolando Masferrer Rojas, jefe de los sangrientos “tigres”, con el propósito de hacer ver que en Santiago de Cuba reinaba la calma.

Para desmentirlos, la dirección del Movimiento Revolucionario 26 de Julio en esa ciudad, encabezada por su jefe nacional de acción y sabotaje, Frank País García, decidió colocar una bomba debajo de la tribuna levantada en el parque Céspedes, la cual debía estallar durante el repudiable acto. Mas el artefacto casero quedó desactivado el día anterior, cuando los bomberos lanzaron agua para limpiar el lugar, detalle que no llegaron a conocer los revolucionarios.

Walfrido Álvarez Alemán, quien era segundo jefe de un grupo de acción y sabotaje dirigido por su hermano José, Nene, explicó a Trabajadores que “los responsabilizados con la acción eran

“Aunque callado, ante una situación determinada, Josué era muy impulsivo, temerario”, afirma
Walfrido Álvarez. Foto: Eddy Martin

Josué País García, Floro Bistel Somodevilla y Salvador Pascual Salcedo; los restantes grupos fueron informados de lo que sucedería, pero solo saldrían a apoyar si surgía alguna situación especial”.

Desde la casa número 313 de la calle General Banderas, Josué, Floro y Salvador seguían a través de la radio cuanto acontecía en el mitin, preocupados porque no estallaba la bomba. Ante el reto de uno de los oradores, decidieron demostrar que en Santiago predominaba un efervescente clima revolucionario. Floro y Pascual ocuparon un auto de alquiler, cuyo chofer lo circuló de inmediato; cuando avanzaban por la avenida Martí tuvieron un primer encuentro con un carro patrullero; al llegar a Crombet, otro vehículo similar les cerró el paso. No rehuyeron el encuentro, a pesar de que se enfrentaban a fuerzas superiores y mejor armadas, que finalmente los mataron. El único que salió con vida fue Josué, quien fue ultimado en el vehículo policial que lo llevaba detenido.

Valentía a toda prueba

Las acciones del 26 de julio de 1953 despertaron las ansias de libertad de no pocos cubanos, en especial de muchos jóvenes que a partir de entonces se dispusieron a luchar por conseguirla. Entre ellos se encontraban Floro y Salvador, de 23 años de edad, y Josué, de 19.

Sobre Salvador, su hermano Manuel cuenta que después del ataque al Moncada no hubo quien lo contuviera, e indica que por esos días el joven estaba ingresado en La Colonia Española por un proceso de neumonía, pero “en cuanto salió se le veía en un ir y venir constante”.

“Un día entro apurada a la parte de atrás de la casa y veo que un muchacho, que había llegado un rato antes, le pasa un arma a mi hermano y este la esconde. Me quedé tranquilita, no dije nada, definitivamente comprobé que con él la cosa iba en grande”, explica Miriam, su hermana, y añade que antes de noviembre de 1956 Salvador le pidió a la madre que ayudara en la confección de uniformes verde olivo.

Sobre el fatídico 30 de junio de 1957, ella rememora: “Habíamos almorzado y conversábamos en la sala cuando Salvador dice que cruzaría a La Placita, la abuela no quería, el ambiente estaba muy malo, ya se sabía del mitin organizado por los masferreristas en el parque Céspedes, pero él aseguró, que se sentaría en el banco de frente a la casa, donde lo podíamos ver; lugar en el que estuvo como hasta las tres de la tarde; poco después de pasada esa hora, cuando lo buscamos con la vista había desaparecido”.

“Floro se incorporó a la lucha el 30 de noviembre de 1956, en Cayo y 3ra., en el reparto Santa Bárbara, donde vivíamos. Allí, desde un camión que estaba cargando gente para el alzamiento de ese día, alguien le dijo: ‘Floro, mira, contra los guardias de Batista’; él se montó y fue para el Instituto, donde se unió al grupo de Léster Rodríguez y Josué”, recuerda su hermano José Manuel.

José Manuel, hermano de Floro, aclaró que su apellido se escribe con B y no con V, como aparece comúnmente. Foto: José R. Rodríguez Robleda

Precisa que dos días más tarde lo detuvieron y estuvo preso hasta la celebración del juicio por los sucesos de ese día y del desembarco del Granma, en el cual todos fueron absueltos.

“Pasado algún tiempo papá se enteró de la muerte de un esbirro, para que no implicaran a Floro se lo llevó y nos fuimos los tres a construir unos bebederos para reses en la finca Santa Úrsula, a 10 kilómetros de Jiguaní. Dormíamos en un barracón, en hamacas. Papá junto a la puerta, yo a su lado, y Floro al final. Una noche me comentó: ‘Me hace falta cambiar de hamaca’. Así lo hicimos. Fue la última vez que vi vivo a mi hermano. Por la mañana alguien contó que en La Palma, cerca de Jiguaní, había visto amarrado un caballo de la finca. Floro se había escapado”.

Josué era un aventajado estudiante que, a su natural inteligencia unía un carácter fuerte, alegre, combativo, complementado con una gran intransigencia y cimentado espíritu patriótico. Tal era su proyección que, a pesar de solo contar con 16 años de edad, su hermano Frank no dudó en aceptarlo al crear la organización Acción Revolucionaria Oriental (Aro) para enfrentar a la tiranía de Fulgencio Batista.

Walfrido señala que no estuvo muy relacionado con Josué, sin embargo por lo regular, cuando Frank asistía a reuniones de los jefes de grupos que se daban en su casa, Josué iba con él.

“Aunque callado, ante una situación determinada Josué era muy impulsivo, temerario. Conocíamos sus características por nuestras conversaciones con Frank, su antítesis, porque no obstante su gran responsabilidad, siempre se mantenía ecuánime, reposado.

“Era, además, muy valiente. Recuerdo una ocasión en que se hizo una acción fuerte en Santiago, en la cual Frank participó, y con las armas utilizadas dijo: ‘Vamos para mi casa’. Le indiqué que lo irían a buscar y me respondió: ‘No te preocupes’. Cuando llegamos Josué estaba esperando en la puerta. Frank guardó las armas y los dos se metieron en un tanque de agua, en el techo. Enseguida los esbirros fueron a registrar y, por supuesto, no encontraron nada. Cuando se marcharon, ellos bajaron y tranquilamente se acostaron”.

En franco desafío a las fuerzas represivas, miles de santiagueros acompañaron el entierro de los tres valerosos jóvenes. Una vez más, el pueblo de Santiago rendía honores a sus héroes.

La muerte de Floro, Salvador y Josué constituyó un duro golpe para Frank, quien días más tarde, el 5 de julio, en carta a Fidel, le comentó:

“Supongo que ya te habrás enterado de las últimas noticias, hasta la pluma me tiembla cuando tengo que recordar esa semana terrible… Aquí perdimos tres compañeros más, sorprendidos cuando iban a realizar un trabajo delicado y que prefirieron morir peleando antes que dejarse detener, entre ellos el más pequeño que me ha dejado un vacío en el pecho y un dolor muy mío en el alma (…)”.

Tales vacío y dolor se revelan en el poema que dedicara a su hermano menor a raíz del suceso, en el cual expresó:

Y yo, que le quise tanto,/ con el dolor de su ausencia,/ siento en mi alma el quebranto…/ siento mi vida deshecha.

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