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Un mensaje presidencial de declaración de guerra: Mc Kinley en 1898

William McKinley

 

La guerra de independencia iniciada en Cuba hace 120 años, el 24 de febrero de 1895, se desarrollaba con gran ímpetu en toda la Isla. La invasión, llevada a cabo exitosamente bajo la dirección de Máximo Gómez y Antonio Maceo, había puesto a todo el país en pie de lucha, por lo que España adoptó una política sumamente cruel e inhumana, especialmente con la población civil, como fue la Reconcentración decretada por Valeriano Weyler. A pesar de ello, se mantenía una guerra de desgaste para la metrópoli que esta no podía sostener de manera prolongada. En Estados Unidos la nueva contienda y su desarrollo puso el tema cubano en una primera prioridad de su política exterior.

La prensa norteña dio importante espacio a la situación cubana, mostró la política española frente a los cubanos, comentó noticias de los combates, describió las consecuencias de la Reconcentración, todo lo cual potenció simpatías en la población con la causa cubana en sentido general, más allá de los intereses de quienes proyectaban la política ante esas circunstancias. Esto se producía cuando se celebraban elecciones, en las cuales el Partido Republicano llevaba de candidato a la presidencia a William Mc Kinley cuyo programa electoral incluía el tema Cuba:

(…) Observamos con profundo interés la lucha de los patriotas cubanos contra la crueldad y la opresión y son nuestros mejores deseos por el completo éxito de su lucha por la libertad. El Gobierno de España, habiendo perdido el control de Cuba, y siendo incapaz de proteger la propiedad y las vidas de los ciudadanos americanos residentes, o de cumplir las obligaciones contraídas, creemos que el Gobierno de los Estados Unidos activamente hará uso de su influencia y buenos oficios para restablecer la paz y dar la independencia a la Isla.[1]

La toma de posesión de Mc Kinley en marzo de 1897 significó el comienzo de fuertes presiones a España en relación con la guerra de Cuba: el 17 de mayo el nuevo Presidente solicitó al Congreso la aprobación de ayuda a los ciudadanos norteamericanos residentes en Cuba por $50,000; el 26 de junio el Gobierno protestó por la crueldad de los métodos que España utilizaba en la guerra colonial, la destrucción que sufrían las inversiones de capital estadounidense en Cuba y el cierre que se había producido en las vías normales de comercio; el 16 de junio se instruyó al ministro norteño en Madrid, el general Woodford, para que estuviera preparado ante la situación extraordinaria que pudiera surgir en aquella coyuntura y que ofreciera buenos oficios para restablecer la paz, para lo cual daría un plazo de cuarenta días a la península para responder si aceptaba esa mediación o daba garantías convincentes de una paz rápida y estable.

En el mensaje anual de su primer año de mandato, en diciembre, el Presidente se refirió a Cuba, momento en el cual recordó cómo su país había seguido las complicaciones de la situación cubana entre 1823 y 1860, cuando se habían realizado varias declaraciones enfáticas de Estados Unidos de no permitir disturbios en la conexión de Cuba con España a menos que fuera para la independencia o la adquisición de la Isla por ellos por medio de la compra, recordó la Guerra de los Diez Años y el Pacto del Zanjón, y aludió al reinicio de la guerra en febrero de 1895. En esta contienda, según Mc Kinley, ambas partes violaban los códigos civilizados de la guerra, se había rechazado el ofrecimiento de oficios amistosos por su predecesor, no se había aceptado mediación y España solo admitía poner fin a la guerra bajo la sumisión de los rebeldes a la madre patria. Mc Kinley habló de la reconcentración, lo que hacía que fuera una guerra de exterminio y señaló su instrucción a su ministro en la metrópoli de ofrecer su ayuda para una paz honorable para España y el pueblo cubano, pero “como nación vecina con grandes intereses en Cuba, podríamos esperar solo un tiempo razonable para que la madre patria restablezca su autoridad y restaure la paz y el orden dentro de la Isla.” Ante esto, España ofreció entonces algunas reformas. Con respecto a Cuba, el Presidente dijo:

Un reconocimiento de la independencia de Cuba es, en mi opinión, impracticable e indefendible y el asunto que se presenta es el reconocimiento de los derechos de beligerancia por ambas partes.

En un mensaje anterior tuve ocasión de considerar esta cuestión y llegué a la conclusión de que el conflicto en Cuba, (…) no alcanzaba la tímida dignidad de guerra.

Después de sus consideraciones sobre este conflicto planteó que tal reconocimiento sería imprudente y que, además, no estaban preparados para una intervención.[2]

No obstante, cuando comenzó 1898 las presiones aumentaron a pesar de que España decretó la autonomía para Cuba y hasta llegó a declarar un armisticio, medidas no aceptadas por los mambises por cuanto no reconocían la independencia de Cuba. La información de las decisiones hispanas llegaban al presidente Mc Kinley por vía diplomática y por otras fuentes que ponían en su conocimiento la gestión del Papa para evitar un conflicto mayor  También hubo una nota colectiva Alemania, Austria-Hungría, Francia, Italia, Inglaterra y Rusia, a quienes España solicitó mediar en el conflicto con Estados Unidos para resolver las diferencias bilaterales.  Esto demoró unos días la presentación ante el Congreso del mensaje anunciado desde el día 5 de abril.

El 11 de abril de 1898, finalmente, el presidente Mc Kinley envió su mensaje al Congreso solicitando la aprobación para declarar la guerra a España con el propósito de poner fin al conflicto en Cuba. Previamente había trascendido que el mensaje no reconocería la independencia de Cuba, lo cual había concitado protestas por parte de la representación cubana en Estados Unidos y también de algunos sectores y congresistas estadounidenses. La prensa norteña publicó la opinión de Gonzalo de Quesada que planteaba: “Nos opondremos a cualquier armisticio o intervención que no tenga como su objetivo expreso y declarado la independencia de Cuba.” También se conoció la declaración de Tomás Estrada Palma de que los cubanos combatirían contra las tropas americanas si ese país trataba de obligar a aceptar la autonomía y Horatio Rubens, el abogado norteamericano vinculado a los independentistas, expresó que el Ejército Libertador trataría como enemiga a una fuerza que desembarcara en Cuba sin reconocimiento de la independencia.[3]

En estas circunstancias, se presentó el mensaje de Mc Kinley que hacía un repaso de la situación y pasaba a tratar el asunto del reconocimiento de la beligerancia o de la independencia de los cubanos:

No sería juicioso ni prudente para este gobierno reconocer en estos momentos la independencia de la llamada República de Cuba. Semejante reconocimiento no es necesario para que Estados Unidos pueda intervenir y pacificar la isla. Comprometer este país ahora a reconocer un gobierno cualquiera en Cuba puede sujetarnos a obligaciones internacionales embarazosas hacia la organización reconocida. En caso de intervención, nuestros actos estarían sujetos a la aprobación de dicho gobierno. Estaríamos obligados a someternos a su dirección y a mantenernos en la mera relación de un amistoso aliado.[4]

El Presidente dejaba bien clara la posición sobre la representación del pueblo cubano independentista ante el Congreso, para después hacer la solicitud de autorización para declarar la guerra:

(…) pido al Congreso que autorice y conceda poder al Presidente para tomar medidas a fin de asegurar una completa y final terminación de las hostilidades entre el Gobierno de España y el pueblo de Cuba; para asegurar en la Isla el establecimiento de un Gobierno estable, capaz de mantener el orden, observar sus obligaciones internacionales, asegurar la paz y la tranquilidad y garantizar la seguridad de sus ciudadanos y los nuestros. [Solicitaba poder] para usar las fuerzas militares y navales de los Estados Unidos en la medida que sea necesaria para cumplir dichos propósitos.

El Presidente aclaraba algo importante:

La intervención  de los Estados Unidos por la fuerza de las armas, como poder neutral para detener la guerra, de acuerdo con los dictados de la humanidad y con los precedentes históricos de Estados que han intervenido para evitar inútiles sacrificios de vidas en conflictos internos desarrollados fuera de sus fronteras, se justifica en el campo de la razón. Envuelve, desde luego, presión hostil sobre ambas partes en lucha, tanto para obligarlos a una tregua, como para llevarlas a un eventual arreglo.[5]

El contenido de este mensaje presidencial provocó múltiples muestras de rechazo, críticas, oposición por parte de la representación cubana. El delegado plenipotenciario cubano en el exterior, Tomás Estrada Palma, declaró que no se admitiría ninguna negociación ni tampoco armisticio que no tuviera por base la independencia, pero no fueron solo los cubanos los que se mostraron contrarios a los términos del mensaje.

En Estados Unidos hubo expresiones de asombro, de contrariedad y hasta de irritación. La prensa mostró algunas de estas reacciones en titulares que referían un sentimiento de defraudación por el mensaje y la oposición a una intervención que no reconociera la independencia;  también esto se manifestó en algunos congresistas que escucharon en aquel mensaje un recuento de la política seguida por la administración republicana frente al conflicto cubano y pudieron saber que nunca ese Gobierno había pedido la independencia de Cuba en sus tratos con España, cuestión que se había manejado anteriormente como realizada, lo que sorprendió a no pocos legisladores.

Se argumentó que el Gobierno actuaba de acuerdo con el “interés nacional”, pero esto creó una situación polémica que habría de ponerse en evidencia en el Senado y la Cámara de Representantes a discutir este mensaje y situarse ante la disyuntiva que el mismo presentaba. En este ambiente tan complejo, se debatieron las posiciones y se llegó, el 19 de abril, a la aprobación de la Resolución Conjunta del Congreso, que planteaba en su primer artículo “Que el pueblo de la isla de Cuba es y de derecho debe ser libre e independiente”.[6] Se había revertido en parte la proyección del Presidente y se dio la autorización pedida con un texto diferente; sin embargo no se reconocía a la República en Armas. La Resolución congresional solo establecía una afirmación genérica, pero sería un punto diferente

[1] Citado por Emilio Roig de Leuchsenring: Cuba y los Estados Unidos 1805-1898. Publicaciones de la Sociedad de estudios históricos e internacionales, La Habana, 1949,  p. 203.

[2] www.american-presidents.com/william-mckinley/william-mckinley-speech (consultado el 2 de septiembre de 2011).

[3] Philip S. Foner:  La guerra hispano-cubano-norteamericana y el surgimiento del imperialismo yanqui. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1978, T I, p. 296.

[4] Citado por Ramiro Guerra: La expansión territorial de los Estados Unidos. Editorial de Ciencias Sociales, La  Habana, 1973, 3ra edición, p. 381.

[5] Ibíd., p. 382.

[6] Texto en Hortensia Pichardo: Documentos para la Historia de Cuba. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1971,  T I, p. 510.

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