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Una y otra Carmen

Susel Álvarez y Sarah de Miranda en una escena trepidante. Foto: Del autor

 

La Carmen que conocemos, la que nos fascina, tiene mucho más que ver con la visión del músico francés Georges Bizet que con la del creador original del personaje: el escritor Prosper Mérimée. La ópera y el ballet han marcado más al público y a los creadores que la novela en la que se inspiraron.

Ahí está el mayor atractivo de la versión de Carmen que el Ballet de Camagüey ha presentado en su reciente gira nacional: una historia muy apegada al original, en pauta coreográfica que transita desde las puntas académicas hasta perspectivas más modernas de la danza.

El alemán Peter Breuer no ha escatimado tiempo para recrear una trama compleja, aunque el planteamiento es bastante diáfano (sobre todo si uno conoce el referente). Sin embargo, el espectáculo se resiente por algunas cacofonías en la dramaturgia y en la línea del movimiento.

No parece muy variado el vocabulario, a pesar de la amplitud del espectro. Demasiadas cosas se resuelven con los mismos pasos. El bosquejo dramático no siempre encuentra dinámicas coreográficas contundentes.

No obstante, estamos ante una propuesta sólida, que ofrece posibilidades al elenco. Y esa es la mejor noticia: el buen nivel del cuerpo de baile, que asumió la puesta con suficiencia y entusiasmo. Se nota que se ha trabajado mucho y bien en los salones de ensayo: los bailarines lucieron comprometidos.

Hay que reconocer la madurez histriónica del primer bailarín Yanni García; el buen gusto, la hermosa línea y la capacidad técnica de la bailarina principal Sarah de Miranda; y muy especialmente el desempeño de dos jovencísimos intérpretes: Susel Álvarez y Jonathan Pérez. Están comenzando y ya muestran un impresionante dominio de la escena.

Después de estas presentaciones en La Habana, Santa Clara y Cienfuegos, la compañía camagüeyana seguirá celebrando su medio siglo de existencia con otras temporadas en su sede habitual. Retos hay muchos, pero también concreciones.

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