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El internacionalismo también nos salva

Quizás pocos eventos importantes en la vida de la doctora Vanessa Viamonte Piña, como la graduación, el casamiento y tener una hija, han dejado una perdurable huella al igual que su estancia en Sierra Leona, donde formó parte de la misión médica cubana allí.

Pese a que las condiciones en el hospital de Kenema no eran del todo adecuadas, Vanessa asegura que la brigada médica cubana puso el mejor empeño para mejorar la calidad de los servicios.Fotos: cortesía de la entrevistada

 

La enfermedad del ébola, para entonces, asolaba a gran parte del continente africano.

“Estuve 15 meses en ese país, del 2013 al 2014. En la brigada era una de las más inexpertas con solo 28 años, a pesar de que anteriormente había estado en Mali. Nuestro trabajo en Kenema era atender a los pacientes, como se hace normalmente, y fue, luego de un tiempo, que empezó la epidemia, la cual, al principio, no se sabía lo que era”, relata.

Luego del diagnóstico del mortal padecimiento Vanessa y sus compañeros continuaron en medio de aquella dura realidad brindando la estimada ayuda. Esto puso en alerta a la comunidad internacional, pero, sobre todo, a quienes en Cuba

“Se tomaron con nosotros todas las medidas de protección a fin de preservar nuestra salud. Pero no fueron pocos los médicos de los diferentes países que se retiraron del lugar por temor al contagio. Fueron momentos difíciles, además, porque los hospitales no tienen una estructura organizada como aquí. De forma particular atendía a las mujeres con embarazo y después del parto.

La joven doctora Vanessa Viamonte Piña es una bayamesa que cumplió misión internacionalista en Sierra Leona durante el 2013, cuando la enfermedad del ébola azotaba al continente africano. Su experiencia, afirma, también salvó una parte de sí misma.

 

“Directamente con los pacientes infectados trabajaban los grupos de la Cruz Roja y de Médicos Sin Fronteras porque eran los que mejores recursos tenían. Ellos instalaron en un área del hospital de la localidad unos bloques para a hacer los análisis de diagnóstico, donde único se hacían en todo el país, pues en ese lugar existe una enfermedad endémica que se llama fiebre de laza, también hemorrágica, y, por tanto, muy parecida al ébola. Uno de estos cooperantes, por un descuido, murió dos meses después de que se descubriera el brote: para nosotros fue chocante”.

La joven doctora asegura que la atención por parte de las autoridades africanas y cubana fue muy buena. La preocupación y agradecimiento fueron constantes.

“Pero la realidad allí era muy dura. Se trata de un país capitalista y extremadamente pobre. Las personas tienen que pagar todos los servicios de asistencia y los medicamentos, para nosotros algo muy ajeno, y causa por la cual pueden llegar a morir, incluso por enfermedades curables, como el paludismo.

“Por su parte, el ébola, puede decirse que arrasó en aquel lugar. Cientos de hombres, mujeres y niños morían diariamente sin que pudiéramos hacer nada para salvarles la vida. Familias enteras se perdían por lo que se tuvieron que hacer fosas comunes”.

La doctora Vanessa no duda en expresar, por tanto, que su vivencia en Sierra Leona fue única. Al igual que sus compañeros mantuvo la disposición de permanecer en el país africano, que por entonces vestía de incertidumbre, penas y luto.

“Creo que parte de lo peor era también saber que nuestras familias en Cuba estaban muy preocupadas, como era lógico. Lo cierto es que estábamos en una situación difícil, pues la vida dependía de cometer un mínimo error o descuido.”

Llegar a Cuba fue incomparable. Las muestras de admiración y respeto las encontraron a flor de piel.

“Nos recibieron en el aeropuerto internacional José Martí, de La Habana, al llegar a Bayamo, en la cuadra y en el centro de trabajo. Me sentía orgullosa de lo que había estado haciendo. Sin embargo, es innegable que ver otras realidades te hace apreciar lo que tienes en casa, en tu país, y por eso, en ocasiones, nos salva el alma. Sierra Leona fue toda esa verdad”.

 

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