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Frente a la invasión mercenaria: “Sabía que el Comandante en Jefe no nos abandonaría”

“Joven al fin, yo quería estar en el borde delantero, pero iniciada la acción los milicianos me dijeron que no podía estar allí y me sacaron para el balneario en construcción”, recuerda el entonces alfabetizador Ezequiel González Díaz. Foto: René Pérez Massola

 

Desde hacía 10 días cinco milicianos se mantenían vigilantes, protegidos en una trinchera abierta en el diente de perro. En las primeras horas del 17 abril de 1961 junto a ellos se hallaba Ezequiel, un alfabetizador radicado en Santo Tomás, a quien le habían ordenado mantenerse en Playa Larga, ante la posibilidad de que se materializara la invasión mercenaria organizada por Estados Unidos.

En una oportunidad, Ramón González Suco, jefe del grupo a cargo de la microondas de Playa Larga, el cual ocupaba la referida trinchera, contó a Trabajadores que a las dos de la mañana sintieron un ruido de motores; se trataba de un lanchón desde el cual lanzaron una lluvia de balas trazadoras cuando le dieron el alto. Así comenzó el primer combate de una batalla de la que el pueblo cubano emergió victorioso.

Ezequiel González Díaz, maestro normalista y miembro de las Brigadas de Alfabetización Conrado Benítez, cuenta que:

“Joven al fin, yo quería estar en el borde delantero, pero iniciada la acción los milicianos me dijeron que no podía estar allí y me sacaron para el balneario en construcción, hacia donde llevaron a todos los desarmados para protegernos.

“Cuando los invasores se percataron de que eran una fuerza superior a la que los resistía, tomaron la playa y nos hicieron prisioneros. Nos ubicaron en el balneario, con un gran grupo, del cual separaron a quienes teníamos un nivel de instrucción más elevado y comenzaron a interrogarnos.

“Uno me preguntó: ‘¿Y tú piensas que un negro puede ser comunista? Fidel no quiere negros comunistas’. Le dije que nosotros íbamos a vencer y me aseguró que en aquella batalla desaparecería Fidel, a lo cual respondí que eso era imposible, que el Comandante en Jefe no nos abandonaría y seríamos rescatados.

“También me indicó que ya habían tomado La Habana, donde debían reunirse con la dirección de su estado mayor, y le afirmé: ‘Ustedes no pueden salir de aquí, no pueden haber avanzado’, lo cual era cierto porque de Playa Larga a Pálpite hay no menos de seis o siete kilómetros, y ellos nunca llegaron a Pálpite; se atrincheraron a la salida de Playa Larga, en la curva, en dirección a Pálpite, y de ahí no avanzaron más.

“Llegó un momento en que el oficial que me entrevistaba me mandó a callar, porque ya ellos sabían que lo que les estaba diciendo era la realidad: que no iban a salir de Playa Larga ni llegar a Jagüey, y mucho menos a La Habana, pues yo sabía que de Playa Larga no podían pasar porque las fuerzas nuestras estaban a la entrada”.

Al preguntarle acerca de qué experimentó en aquellos momentos, señaló:

“Al comenzar el ataque no me sentía bien; tiraban desde diferentes posiciones sobre Playa Larga, y no es fácil…, porque a veces, hasta en las prácticas, al escuchar los disparos continuos uno se atemoriza. Pero recobramos el valor cuando nos retuvieron y empezaron a interrogarnos. Hablaban de mil cosas, se comunicaban, caminaban de un lugar a otro en espera de que alguna de sus fuerzas acudiera a apoyarlos, tanto en Playa Larga como en Buenaventura, lo cual nunca ocurrió”.

Ezequiel explica que de Girón solo podían salir por el mar, porque de lo contrario avanzarían hacia Aguada de Pasajeros, y hacerlo era ubicarse en el interior del país. Por eso, afirma que los mercenarios nunca tuvieron el mapa real de la Ciénaga de Zapata.

“En mi opinión, comprendieron que no podían salir de Playa Larga; solo ir para el monte como hicieron algunos, y se perdieron hasta ser capturados. El avance de nuestras tropas les obligó a dirigirse a Playa Girón, donde fueron finalmente derrotados”.

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