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Cuba en la temprana geopolítica de los Estados Unidos

Estados Unidos, desde su existencia como nación, ha mirado hacia Cuba con afán de poseerla. Esta afirmación descansa en documentos que muestran tal interés desde los padres fundadores de la Unión, especialmente explícito y reiterado en el caso de Thomas Jefferson.

En fecha tan temprana como 1801, al iniciar su mandato presidencial, Jefferson mostró su concepción del futuro de su país desde la expansión dentro de su entorno, cuando dijo a James Monroe: “Como quiera que nuestros presentes intereses pueden restringirnos dentro de nuestros propios límites, es imposible no prever los tiempos distantes, cuando nuestra rápida multiplicación se expandirá más allá de esos límites y cubrirá todo el norte si no el sur del continente.”[1] Si bien entonces no se refirió concretamente a Cuba, en 1805 el ministro inglés en Washington reportó que el Presidente le había notificado que, en caso de hostilidades, “consideraba que la Florida Oriental y Occidental y sucesivamente la Isla de Cuba, cuya posición era necesaria para la defensa de la Luisiana y la Florida … sería una conquista fácil…”[2] Ya había aparecido la referencia directa a la isla cercana.

En el inicio de este interés tuvo una especial importancia la posición geográfica, puesto que se veía tan cercana, cerrando la entrada al Golfo de México entre las penínsulas de la Florida y Yucatán, lo que le daba un lugar privilegiado para controlar la salida al mar del río Mississippi, principal vía fluvial para el comercio estadounidense, así como para la defensa de su costa sur.

Esta idea se reiteraría a lo largo del tiempo. En 1807 Jefferson afirmó en carta a su Secretario de Estado:

Yo prefiero tener guerra contra España que no, si vamos a una guerra contra Inglaterra. Nuestra fuerza defensiva del sur puede tomar las Floridas, voluntarios para un ejército mexicano se unirán a nuestro estandarte, y un rico pasto será ofrecido a nuestros corsarios en el saqueo de su comercio y costas. Probablemente Cuba se añadirá por sí misma a nuestra confederación…[3]

El presidente que sucedió a Jefferson, James Madison, sería más directo aún en el tema de Cuba, cuando en 1810 explicó el valor de la Isla para su país: “(…) la posición [geográfica] de Cuba le da a los Estados Unidos un interés profundo en el destino … de esa Isla que … no podrían estar satisfechos con su caída bajo cualquier gobierno europeo, el cual podría hacer de esa posesión un apoyo contra el comercio y la seguridad de Estados Unidos.”[4] Aquí queda claro que se trata de una concepción geopolítica a partir de intereses comerciales y defensivos.

En 1823, cuando el secretario de Estado, John Quincy Adams, enunció lo que se conoce como política de la fruta madura, volvió sobre el tema de la posición geográfica como aspecto significante para Estados Unidos. En el inicio del documento de las instrucciones a su ministro en Madrid, se refería a Cuba y Puerto Rico, últimas posesiones españolas en el continente americano, al decir: “Estas islas por su posición local son apéndices naturales del continente (norte) americano, y una de ellas [la isla de Cuba], casi a la vista de nuestras costas, ha venido a ser, por una multitud de razones, de trascendental importancia para los intereses políticos y comerciales de nuestra Unión.”[5]

Desde esa óptica de la cercanía y su valor, argumentaba: “Son tales, en verdad, entre los intereses de aquella isla y los de este país, los vínculos geográficos, comerciales y políticos formados por la naturaleza, fomentados y fortalecidos gradualmente con el transcurso del tiempo que, cuando se echa una mirada hacia el curso que tomarán probablemente los acontecimientos en los próximos cincuenta años, casi es imposible resistir a la convicción de que la anexión de Cuba a nuestra República federal será indispensable para la continuación de la Unión y el mantenimiento de su integridad.” Adams sabía que no era posible de inmediato proceder a la anexión o conquista de su vecina, pero proyectaba esa acción para unos cincuenta años en el futuro.

El tema cubano, su posición estratégica y el interés por adquirirla de alguna manera se mantuvo por parte de estos políticos fundadores de la nación. El propio año 1823, en ocasión de la propuesta del británico Lord Canning de una declaración conjunta, a tenor de la casi culminación del proceso independentista de la América Latina continental, volvió a emerger cuando Jefferson fue consultado acerca de la posible respuesta y otra vez miró a Cuba: “(…) Primero tenemos que preguntarnos nosotros mismos una cuestión. ¿Deseamos adquirir para nuestra confederación alguna o más de las provincias españolas? Yo cándidamente confieso que siempre he mirado a Cuba como la más interesante adición que pudiera ser jamás hecha a nuestro sistema de estados. El control que, junto con el punto de la Florida, esta isla nos daría sobre el Golfo de México y los países y el istmo que lo bordean, al igual que todas las aguas que fluyen hacia él, colmarían la medida de nuestro bienestar político (…).[6]

Otros norteamericanos que entraron en escena en esos primeros años del siglo XIX retomaron el interés, como expresó Robert Joel Poinsett, quien anduvo en la década del veinte por Centroamérica en la búsqueda de posibles acciones en esa zona y en 1822 pasó por Cuba: “El tamaño, la riqueza y más que nada, la situación de esta isla le hacen de gran importancia política”, con lo que insistía en la óptica de la cercanía geográfica, para después expresar:

Lo que me atemoriza aún más es lo que, a mi juicio sería mucho más perjudicial para nuestros intereses, sería que esta isla fuese ocupada por alguna gran potencia marítima. Tal suceso no sólo nos privaría de esta extensa y lucrativa rama del comercio, sino también, en caso de guerra con esa nación (acontecimiento que en toda probabilidad se vería acelerado por nuestra proximidad) le brindaría una posición militar desde donde podría aniquilar todo nuestro comercio en nuestros mares –podría invadir nuestra indefensa frontera marítima del sur, cuando así le pareciera conveniente–, bloquear efectivamente todos los puertos, y cerrar todas las salidas, en nuestras extensas aguas occidentales. Cuba no es solamente la llave del Golfo de México, sino también la de toda nuestra frontera marítima al sur de Savannah, en su suerte están involucrados algunos de nuestros más altos intereses, tanto políticos como comerciales. (…).[7]

Como puede comprobarse por esta breve muestra de documentos emanados de figuras de la alta política norteña, la posición geográfica fue fundamental para que los Estados Unidos vieran a Cuba con ojos codiciosos desde su constitución como Estado independiente. Resulta evidente que el interés por la adquisición de su vecina cercana nació muy temprano, lo que colocó a Cuba en la mirada de Estados Unidos de manera muy precoz, condicionando así una actitud histórica.

[1] Citado por Manuel Medina Castro: Estados Unidos y América Latina, siglo XIX. Premio Ensayo. Casa de las Américas, La Habana, 1968, p. 532.

[2] Citado por Herminio Portell Vilá: Historia de Cuba en sus relaciones copn Estados Unidos y España. Jesús Montero editor, La Habana, 1938, T I, p. 142.

[3] Ibíd., p. 146.

[4] Citado por Emilio Roig de Leuchsenring: Los Estados Unidos contra Cuba Libre. Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, 1959, T I, p. 30.

[5] Philip S. Foner: Historia de Cuba y sus relaciones con Estados Unidos. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1973, T I, pp. 156-157.

[6] Ibíd., p. 234.

[7] Robert Joel Poinsett: Notas sobre México.  Tr. Pablo Martínez. Prólogo y notas de Eduardo Enrique Ríos. Editorial Jus, México, 1950, pp. 291-293.

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