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Grande, enormemente grande

Hasta siempre. Foto de Roberto Chile. Dela serie Fidel es Fidel.
Hasta siempre. Foto de Roberto Chile. Dela serie Fidel es Fidel.

 

Vencedor de duras batallas contra la muerte; entre ellas, los cerca de 640 intentos de asesinatos mediante los más diversos e inconcebibles métodos ideados por la Agencia Central de Inteligencia, la presencia física del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz formaba parte de nuestra cotidianidad. Al amanecer cada día, en algún lugar cerca de nosotros imaginábamos al gallardo Quijote de La Habana —como lo calificó Hugo Chávez—, pendiente de todo y de todos, con la sorprendente lucidez con la que arribó a sus 90 años de vida, longevidad que alcanzó con ese imponente magnetismo que siempre le caracterizó. Amigable, sencillo y grande, enormemente grande…

Particularmente, pensaba que Fidel nos acompañaría, por lo menos,  durante tres décadas más, como auténtico  exponente del Club de los 120 años, un noble programa impulsado  por él con gran entusiasmo y que fue creado en Cuba por médicos y especialistas que ven en los seres humanos la potencialidad de arribar a esa edad. Estaba convencido de ello, sobre todo por ese vigor que sostuvo hasta hace muy pocos días. Nos sorprendía con sus notas, Reflexiones, el ameno y coloquial recibimiento de importantes figuras de la política, la cultura y la sociedad de todo el mundo. A eso nos acostumbramos.

Con el ímpetu que le imprimió a cada una de sus acciones, también se marchó de este mundo, hacia la eternidad, justo el 25 de noviembre, cuando se cumplía el aniversario 60 de aquella madrugada lluviosa en que el yate Granma partió desde las costas de México con 82 guerrilleros expedicionarios liderados por el Héroe, decididos a poner fin a la injusticia, la opresión, la desigualdad, la pobreza, la insalubridad, la corrupción y el crimen que agobiaban al pueblo de este archipiélago del Caribe que hoy llora su inesperada partida.

Inflexible y consecuente seguidor del pensamiento martiano, el mayor legado que nos deja el Comandante Invicto es el de haber pertrechado a este pueblo de firmes convicciones revolucionarias, de dignidad, patriotismo, solidaridad, fe y justicia…

Por su sólido ideal progresista, antiimperialista y humanístico, consuelo de los desposeídos en cualquier parte del mundo, de los obreros y los campesinos, de las mujeres y los ancianos,  de los niños y los incapacitados, muchos lo consideraban un Dios viviente. Su vida y su obra así lo sugieren. “Hay 10 mil veces más coincidencias entre el cristianismo y el comunismo que entre el cristianismo y el capitalismo”, le dijo al teólogo brasileño, uno de los máximos exponentes de la Teología de la Liberación,  Frei Betto, durante la extensa entrevista que originó el célebre libro Fidel y la religión (Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, Cuba, 1985).

No queremos —ni podemos— recordarle muerto. Tampoco —aunque en estos días a veces las lágrimas brotan desde lo más profundo del alma— llorar la ausencia física del padre, del amigo, del hombre venerado en todos los confines del planeta. Su presencia late en cada obra de la Revolución cubana, en la emancipación de este pueblo al que hizo libre y culto, o mejor culto y libre, porque a pesar de las adversidades, del criminal bloqueo que ha perdurado por casi 60 años, impulsó la revolución económico-social que transformó definitivamente la imagen de Cuba e hizo realidad el sueño de millones de cubanos de tener acceso a la salud, la educación, la ciencia, el deporte, la tierra, la vivienda…  e igualmente les propició satisfacer todas sus necesidades culturales. El ballet, la música de concierto, las artes plásticas, la literatura…, antes en manos de una élite, pero; desde el año 1959, derechos del pueblo.

No son suficientes las cuartillas para describir la herencia que nos deja Fidel, ese gigante amado y respetado por los niños que lo llaman “su amigo”; el hombre valiente de la lucha clandestina y de la Sierra Maestra;  el líder de esta inmortal y enorme obra que se llama Revolución Cubana; el impulsor de la unidad de los cubanos, latinoamericanos y caribeños, faro de la liberación de los pueblos más sojuzgados del África;  el hermano, el patriarca que nos dio fuerzas, armas, decoro y seguridad para enfrentar al odio y las amenazas tan cerca de nosotros, a solo 90 millas.

Eso, precisamente, es lo que a Fidel no le perdonaron nunca los enemigos de este pueblo, los que en estas jornadas de luto y dolor tienen que admitir, que el eterno Comandante en Jefe se ha multiplicado en millones de cubanos.

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