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Elián y la más intensa emoción de Fidel

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¿Cuál es la emoción más grande que ha sentido Fidel? Nos sorprendió a todos mi mamá aquella noche del 10 de agosto de 2001, en la que sus siete hijos nos reunimos para festejar el cumpleaños 70 de mi papá.

Reacio hasta hoy a fiestas y a murmullos, los cumpleaños del viejo, amante de la historia y la geografía, terminaban siempre convertidos en una suerte de concurso sobre poblaciones, capitales mundiales, sobre quién conocía más pasajes de la Guerra de Independencia, de Maceo,  de  Gómez, del Che  o de Camilo.

De todo se hablaba ese día antes de picar el cake, cuando Beba, mi madre, soltó la pregunta con una sonrisa que sugería “ los atrapé movidos”. ¿A que nadie sabe cuál es la emoción más grande que ha sentido Fidel? Y, casi a coro, contestamos: “La victoria del Primero de Enero de 1959”.

La vieja, que guardó hasta su muerte todo lo que sobre Fidel llegó  a sus manos,  dejó por unos minutos que disfrutáramos pensando que habíamos acertado. Fue al cuarto y regresó con un periódico. Era una página del Granma con el discurso que el 5 de julio de 2000 pronunciara  el Comandante, al condecorar  a  Juan Miguel González con la Orden Carlos Manuel de Céspedes.

Mami desdobló la página y nos leyó: Dejando de mencionar otros muchos acontecimientos inolvidables, en ninguna de las ocasiones mencionadas de nuestras luchas experimenté tan intensa emoción como cuando al abrirse la puerta del pequeño avión que los trajo de Estados Unidos, después de tantos meses de batallar sin tregua, vi emerger a las 7:53 de la tarde del 28 de junio las figuras de Juan Miguel y Elián. Un pequeño niño y un humilde padre cubano a quienes muy pocas personas conocían hace apenas unos meses, volvían convertidos en gigantes símbolos morales de nuestra patria.

“En ese minuto pensé: ¡cuán grande es nuestro pueblo, cuán invencible es una idea justa, cuán importante es creer en el hombre, cuán hermoso es luchar por grandes ideales, cuánta luz y felicidad puede emanar de un pequeño niño inocente para obsequiar al pueblo que estuvo dispuesto a morir por uno de sus más tiernos hijos!

En medio de la emoción, Beba nos advirtió: “Nunca lo olviden, la grandeza humana de Fidel nos salvará siempre”.

Después de 15 años la anécdota  ha vuelto a mí y no tengo que explicar el por qué. Revivo aquella noche  con el dolor indescriptible de una madre que ya no está,   y de un Fidel a quien ni la muerte podrá matar.

Dejó aquí, fragmentos de aquellas palabras donde el Comandante reveló los instantes que más lo habían emocionado, hasta julio del año 2000:

He vivido momentos emocionantes a lo largo de mi vida revolucionaria.  Puedo recordar el día inolvidable cuando me encontré con Raúl en Cinco Palmas, el 18 de diciembre de 1956, y reunimos siete armas para reanudar la lucha.

Cuando el 5 de enero de 1957, ya con un pequeño destacamento y 17 armas, al coronar una altura contemplé por primera vez, a pocos kilómetros de distancia, una elevada e inexpugnable montaña boscosa donde se iniciaba el corazón de la Sierra Maestra, que sería nuestro teatro de operaciones, y tuve la seguridad absoluta de que la victoria sería nuestra. Cuando el primer combate victorioso de nuestras armas en la madrugada del 17 de enero.

Cuando derrotamos totalmente con una pequeña pero aguerrida fuerza la ofensiva de 10 mil soldados de la tiranía, que concluyó el 5 de agosto de 1958 después de 70 días ininterrumpidos de combate.

Cuando supe a finales de septiembre que el Che y Camilo habían llegado a Las Villas, después de recorrer más de 350 kilómetros por terreno llano, hostil e inhóspito.

Cuando el Primero de Enero de 1959 entramos en Santiago de Cuba, donde en el Moncada se iniciara nuestra primera acción armada revolucionaria.

Cuando llegamos a Girón al anochecer del 19 de abril de 1961.

Dejando de mencionar otros muchos acontecimientos inolvidables, en ninguna de las ocasiones mencionadas de nuestras luchas experimenté tan intensa emoción como cuando al abrirse la puerta del pequeño avión que los trajo de Estados Unidos, después de tantos meses de batallar sin tregua, vi emerger a las 7:53 de la tarde del 28 de junio las figuras de Juan Miguel y Elián. Un pequeño niño y un humilde padre cubano a quienes muy pocas personas conocían hace apenas unos meses, volvían convertidos en gigantes símbolos morales de nuestra patria.

“En ese minuto pensé: ¡cuán grande es nuestro pueblo, cuán invencible es una idea justa, cuán importante es creer en el hombre, cuán hermoso es luchar por grandes ideales, cuánta luz y felicidad puede emanar de un pequeño niño inocente para obsequiar al pueblo que estuvo dispuesto a morir por uno de sus más tiernos hijos!

Juan Miguel, ¡la Patria te agradece la firmeza y el coraje con que defendiste su honor y su justa victoria! Tú demostraste que, en momentos decisivos de la historia de un pueblo, la conducta de un hombre puede compensar la deshonra que le hayan ocasionado todos los traidores juntos, como aquellos que quisieron arrebatarnos a tu hijo.

Nuestro deber revolucionario más sagrado es luchar para que nada semejante ocurra en el futuro, y por otros derechos que hemos jurado defender.

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