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Todo cuidado es poco

Los niños deben recibir una preparación especial sobre su correcto comportamiento como peatones. Foto: Agustín Borrego
Los niños deben recibir una preparación especial sobre su correcto comportamiento como peatones. Foto: Agustín Borrego

 

La casa, la calle, la playa, las piscinas, los ríos… ¿se trata de lugares peligrosos, o de cuán rápido actúen los familiares ante los niños en peligro? Es posible que el hogar sea esa zona más segura pero, “si no se tienen en cuenta una serie de medidas o precauciones, en ese mismo sitio pueden ocurrir situaciones desagradables que afecten la salud y la tranquilidad familiar”, precisó la doctora Milagros Santacruz Domínguez, especialista de Primer Grado en Pediatría, Máster en Urgencias Médicas y funcionaria del Departamento Materno-Infantil del Ministerio de Salud Pública, al referirse a la accidentalidad durante la infancia y la adolescencia.

“En las primeras edades los menores carecen de preparación y experiencia para hacer frente a los peligros. Por lo tanto, los padres, maestros y familiares, son quienes deben protegerles y aplicar de una forma especial las medidas de seguridad.

“Ellos son los encargados de cerciorarse de que las instalaciones y todos los elementos materiales de la casa (mobiliario, electrodomésticos, juguetes, etc.) y los espacios donde los infantes conviven, cumplan las leyes y normas de seguridad necesarias”, apuntó la galena.

Hoy en día las lesiones no intencionadas —término que prefieren los especialistas por encima de accidentes— pueden considerarse una emergencia en salud pública y una emergencia social, debido a la elevada mortalidad, morbilidad y discapacidades que ocasionan.

Según los reportes internacionales sobre salud, en las personas menores de 20 años estos sucesos son la principal amenaza para su supervivencia. De hecho, la Organización Mundial de la Salud (OMS) se ha referido a estos acontecimientos como solo la parte visible de un iceberg, pues por cada hecho fatídico deben contabilizarse aproximadamente 40 personas ingresadas y mil que requirieron atención médica.

“Dado que la mayoría de los accidentes se producen por comportamientos humanos incorrectos, uno de los objetivos de la prevención es educar a los ciudadanos para que actúen de forma segura en todo momento. La previsión familiar debe estar orientada a conseguir conductas positivas”, subrayó la entrevistada.

Una colaboración mutua

Para lograr que el niño coopere con la prevención de negligencias —señaló la doctora Santacruz Domínguez— es importante que los tutores desarrollen una disciplina inteligente y al mismo tiempo afectuosa.

“Si los padres le permiten hacer de todo, el menor se convierte en un desobediente, por lo que estará predispuesto a sufrir algún accidente. Y si está excesivamente protegido pues de igual manera será vulnerable a lesionarse. Cuando el pequeño es obsesivamente vigilado y, mediante prohibiciones, se le aparta constantemente de cualquier tipo de actividad cotidiana por temor a que le sea de peligro, con frecuencia evoluciona hacia la rebeldía y va en busca del riesgo”.

Generalmente en el infante de cinco años que se lastima de manera no intencional ocurre una “falla de conductas preventivas, prohibitivas o formativas” de los adultos que lo custodian, según la especialista.

Las acciones preventivas intentan evitar cualquier riesgo de accidente, ya sea retirando del alcance de los hijos todo aquello que pueda suponer un riesgo, o bien impidiendo que el menor incurra en situaciones de peligro. La pediatra aclaró que dichas órdenes funcionan cuando los hijos se encuentran en la primera etapa de vida.

“Los recién nacidos no se valen por sí mismos; por lo tanto, hay que estar atentos, cuando se les amamante, en sacarles el aire ingerido para evitar buchaditas que pueden causarles una broncoaspiración. Además, está prohibido que el bebé duerma junto con los padres o hermanos mayores para evitar la muerte por aplastamiento”.

Las conductas prohibitivas forman parte de la imposición de límites. Estas aparecen a partir del momento en que el infante comprende órdenes y expresa sus primeros deseos, en rivalidad con los de los padres.

La especialista aclaró que las conductas más desafiantes provienen de los adolescentes; de ahí que el mayor número de accidentes sea en edades entre los 12 y 18 años. Foto: Renée Pérez Massola

 

Santacruz Domínguez señaló además que desde el primer año de vida el niño amplía cada vez más su radio de acción y camina por la casa y sus alrededores. “Hay que tener en cuenta que tanto en los prescolares, como en los escolares y los adolescentes, las dos principales causas de muerte por accidentes son el tránsito y el ahogamiento por sumersión, por lo que deben recibir una preparación especial sobre el correcto comportamiento como peatones, conductores de ciclos y otros vehículos, aprendiendo a respetar el Código de Seguridad Vial, así como percatándose del peligro de morir ahogado en una presa, una laguna, un río, o en la playa, desconociendo el lugar”.

Es por ello que las conductas formativas hablan del entrenamiento que siguen los padres con los hijos en el recorrido de su educación, para que se vayan responsabilizando de sus propias acciones y de los riesgos que implican.

Los sucesos más recurrentes

Según la bibliografía médica, el ahogamiento es el hecho más traumático y temido por los adultos mientras tienen bajo tutela a un menor de edad, pero también el más recurrente.

La Organización Panamericana de la Salud (OPS) lo define como el proceso de sufrir  dificultades respiratorias por sumersión o inmersión en un líquido, con resultados que se clasifican en muerte, morbilidad o discapacidad. Por su parte, la OMS evalúa que las muertes por ahogamiento a nivel internacional representan alrededor del 7 % de las defunciones relacionadas con traumatismos no intencionales.

Comentó la doctora que en ocasiones un evento de inmersión suele ocurrir dentro del hogar. “No es un evento propio de playas, ríos, lagunas, ni mucho menos de la etapa veraniega. Puede producirse ante cualquier descuido.

“En Cuba la inmersión en cubos o baldes es una posibilidad real en niños menores de un año, los cuales al introducir la cabeza no se pueden enderezar por sí mismos, pues tienen el centro de gravedad relativamente cefálico y una masa muscular insuficiente para voltear el recipiente. La mayoría de los casos se reportan en cubos o barriles utilizados para recolectar agua de lluvia en cisternas, fosas y pozos no cubiertos o desprotegidos”.

Después de los 5 años la forma en que se producen las lesiones por sumersión varía. “Generalmente son consecuencia de baños imprudentes en piscinas, ríos, playas, lagunas, presas y estanques, cuando el niño no sabe nadar o se baña en zonas o momentos de peligro, por la ausencia de familiares que los observen y cuiden”, puntualizó. Algunas de las medidas para evitar este tipo de riesgo son: no llevar al niño a nadar en lugares donde no dé pie, existan hoyos, corrientes de agua u objetos sumergidos.

En casa suelen ocurrir la mayoría de los accidentes en menores de un año; redoblar las medidas preventivas debe ser una de las acciones más presentes en la familia. Foto: Tomada de programacasasegura.org

Es esencial que los adultos comprendan que nunca debe dejarse solo al menor “pues el exceso de confianza en que el niño ya sabe nadar nos hace despreocuparnos y puede ocurrir un accidente.

“No permita tampoco que viaje en una canoa, balsa o lancha de vela, sin que lleve puesto el salvavidas. En el caso de que lo use o monte una balsa en el mar, se debe vigilar constantemente la dirección del viento por la posibilidad de que lo arrastre hacia altamar.

“En toda actividad en la que esté presente un niño o adolescente debe haber una estricta vigilancia por parte de los adultos, además que debemos recordar que las lesiones no intencionales ocurren en cualquier lugar”, concluyó la doctora.

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