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La nave espacial delante de los bueyes

Uno de los aspectos más significativos de la realidad cubana es el contraste, que a veces llega a ser una enorme brecha, entre el discreto nivel de su desarrollo económico y los sorprendentes avances con que contamos en no pocas áreas del conocimiento científico.

Cualquier persona que se acerca al mundo de la ciencia, la tecnología y la innovación en Cuba puede descubrir aquí y allá, prácticamente a todo lo largo del archipiélago, centros de investigación, especialistas de alta calificación y resultados teóricos y prácticos de gran relevancia en incontables ramas del saber.

En particular sobresalen, aunque no siempre sean las más visibles, entidades como las universidades, los institutos específicos de cada sector productivo, y todo el entramado alrededor de los llamados polos científicos, una concepción de trabajo que sobre el principio del ciclo cerrado desde la investigación hasta la producción y comercialización, logró el mayor impacto en las últimas décadas, tanto a nivel de ingresos como por la novedad y relevancia de su labor para el mejoramiento del nivel de vida de la población cubana.

No obstante, todavía no hay satisfacción con el peso que tiene la ciencia en el desenvolvimiento cotidiano de nuestro sector empresarial y en la gestión de todos los organismos.

En ocasiones incluso hay resultados relevantes de la ciencia cubana —sucede mucho con las investigaciones en la agricultura, por ejemplo— cuya exportación y aplicación en otros países es un éxito, y sin embargo no consiguen igual efectividad al introducirlas en nuestro propio patio.

Otros importantes hallazgos e innovaciones tecnológicas no siempre imbrican de forma eficaz en la dinámica productiva de plantas industriales con frecuencia descapitalizadas, con maquinarias obsoletas y lo que es peor, sin una estrategia clara de incorporación de los últimos adelantos mediante alternativas de asociación con nuestros centros científicos, de tal modo que aprovechemos las capacidades nacionales, y no hagamos depender cualquier modernización solo de la importación acrítica y no pocas veces coyuntural por la relación con uno u otro país, del último grito de la tecnología foránea.

El financiamiento de la investigación científica corre a manos de programas y proyectos que el Estado identifica como prioridades para la economía y la sociedad, y en un porcentaje ya relevante procede de sus propios resultados. Pero habría que estimular todavía más que sea la propia empresa socialista la que prevea, planifique e identifique sus necesidades en materia de desarrollo científico, y les ponga el dinero que lleva, no para asumir ella su concreción práctica, sino para dotar a los centros de investigación afines a su actividad de los recursos imprescindibles que les permita brindarle ese inestimable servicio.

Tampoco tendría que existir una contradicción insalvable entre la defensa de los saberes empíricos y el aprovechamiento de las técnicas tradicionales que distinguen a algunas de las producciones cubanas más típicas, con la aplicación cada vez más profunda de enfoques científicos que expliquen, amplíen y optimicen su empleo en la práctica cotidiana.

Porque resulta posible lograr una combinación eficiente de formas de organizar y producir que conocemos desde los tiempos ancestrales, las cuales muchas veces todavía utilizamos, y hasta suelen ser “redescubiertas” a la luz de los nuevos conocimientos por ser más ecológicas y eficaces que tecnologías posteriores, solo a partir de incorporarles la dosis exacta de ciencia contemporánea.

En fin, que todavía nos queda mucho por articular para que el desarrollo científico se traduzca en un verdadero empuje para toda nuestra economía, y no solo para una parte de ella, donde sin complejo ninguno, tenemos que poner la nave espacial delante de los bueyes.

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