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Eso no se olvida jamás

13090-fotografia-gJusto el 13 de abril de 1961 Fe del Valle Ramos, trabajadora de la tienda habanera El Encanto, engrosaba la lista de mártires cubanos por el terrorismo que los enemigos de la Revolución imponían a la isla victoriosa.

Ese día se produjo el incendio que le costaría la vida, pues al intentar rescatar los fondos recaudados para la creación de círculos infantiles, murió entre las llamas del intencionado y voraz incendio en la tienda, que sumaría además 18 lesionados y significativas  pérdidas económicas.

El autor material del hecho fue Carlos González, quien laboraba en ese entonces  en el departamento de discos de la tienda y pertenecía al grupo terrorista Movimiento de Recuperación del Pueblo (MRP), en el que figuraba su pariente Reynold González como cabecilla.

Una semana antes del sabotaje, estalló un petardo en una de las puertas del establecimiento y se recibieron llamadas anónimas que amenazaron con colocar otros artefactos explosivos, por lo cual Fe, dirigente sindical, y un grupo de trabajadores, se dieron a la tarea de revisar cada lugar de la espaciosa y lujosa tienda para evitar que ello pudiera llevarse a cabo.

El infausto día a Fe del Valle le correspondía realizar la guardia de milicias, primero en el quinto piso de la tienda y después en el exterior. Aproximadamente a las siete de la noche se detectó el incendio, y Lula ─como cariñosamente le llamaban─ se entregó junto a otros compañeros a salvar los bienes del pueblo.

Transcurrieron los minutos, quizás horas, y al percatarse sus compañeros de que ella no aparecía, la buscaron con denuedo hasta que sus restos calcinados aparecieron en las ruinas. Así, en el cumplimiento del deber, perdió la vida esta abnegada trabajadora, miliciana, madre.

Hoy, en horas de la mañana, en el cementerio habanero de Colón, la organización sindical de los trabajadores del comercio, la gastronomía y los servicios le rindió homenaje con la colocación de una ofrenda floral ante la tumba que guarda sus restos mortales.

Con absoluta solemnidad, su hijo Robin colocó las flores. Y de seguro recordó la sonrisa arrulladora de su madre, los 55 años que lo separan del infausto día. De sus labios solo una frase: “Por mucho que algunos quieran, eso no se olvida jamás ¿cómo olvidar lo que sucedió?”

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