Icono del sitio Trabajadores

Una gira: ¿dos Obama?

Hassan Pérez Casabona

Cualquier persona que haya ejercido la docencia en una etapa de su vida sabe que, cuando se tiene delante un auditorio de jóvenes, casi siempre alguno que no se preparó adecuadamente en las temáticas orientadas, ante la pregunta formulada por el profesor,  responde -con el más sugerente de los tonos de voz y una mirada que intenta provocar condescendencia-, “Yo no había nacido cuando eso ocurrió”.

Aunque la expresión del estudiante, de alguna manera, te estremece un poco (me esfuerzo a lo largo de la clase por no fruncir el ceño, ni realizar movimientos faciales que denoten contrariedad por el incumplimiento de lo indicado) uno comprende, sin embargo, que posee cierta lógica la defensa empleada (especialmente en una etapa marcadamente audiovisual, donde ha disminuido el hábito de lectura) la que, también invariablemente, me hace replantearme la lógica expositiva, con la finalidad de no dejar lagunas en el contenido que no se domina y que, una vez concluido ese turno, salgan al menos con las ideas esenciales claras. [1]

Lo que no resulta comprensible es que el presidente de la mayor potencia económica y militar del planeta acuda con tanta frecuencia  a la expresión mencionada, al punto que la misma se ha convertido en una frase manida, con la que trata de justificar (y pedir clemencia) cuando es interrogado, en las múltiples conferencias de prensa en las que participa dentro y fuera de su país.

Hace unas horas, en Argentina, no fue la excepción y Barack Obama (tiempo atrás alumno brillante en Columbia y en Harvard, pero que ahora ya no cuenta con el beneficio de la duda de los periodistas/profesores) apeló a una de sus respuestas de marras, ligeramente transformada, para atemperarla a la

El presidente de Argentina, Mauricio Macri, junto al mandatario de Estados Unidos, Barack Obama.

. Fue, aludiendo a la preferencia del mandatario estadounidense por el béisbol, como si lanzara un envío “avisado”, o dicho de otra manera, volvió a utilizar la “curva” y los bateadores (reporteros, analistas y público en general) le conectaron su pitcheo con tal fuerza, que la bola se llevó las cercas por el center field.

“Yo tenía apenas 15 años cuando esos hechos ocurrieron” señaló, evadiendo la médula del asunto planteado por un valiente periodista de La Nación de Buenos Aires, el mismo diario en que José Martí escribió en 1887: “Todo es símbolo y síntesis, y hay que ir a buscar la raíz de todo”. [2]

“Ha pasado mucho tiempo. (…) He estudiado la historia de la política exterior. La de cualquier país tiene momentos de éxitos y otros contraproducentes. No quiero ir a través de la lista de los acontecimientos de EE.UU. con América Latina en los últimos cien años”, prosiguió su comentario de “rompimiento”, beisboleramente hablando.

Lo cierto es que Obama dejó pasar la oportunidad (le cantaron el tercer strike o abanicó la brisa con el madero, da lo mismo) para brindar la única respuesta coherente con la justicia histórica y su pregonada nueva mirada hacia la región: pedir disculpas por el sustento integral que su país le proporcionó a la terrible Operación Cóndor, que se enseñoreó en el Cono Sur durante las décadas de 1970 y 80 de la centuria pasada.

“En la CIA se hacen cosas que es mejor no intentar explicar”. Dwight D. Eisenhower, presidente de los Estados Unidos.

A lo largo de esos años diversos regímenes dictatoriales asesinaron, torturaron, reprimieron y acabaron con las libertades civiles en Chile, Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y Bolivia, fundamentalmente, aunque las garras de la siniestra componenda se hicieron sentir igualmente en Venezuela, Perú, Colombia, y Ecuador. [3]

En todos los casos, lo sabíamos antes y no puede ocultarlo nadie a estas alturas, el apoyo de Washington resultó vital, no solo en el aliento y adiestramiento a las fuerzas militares que lo ejecutaron, sino en la coordinación entre cada una de los servicios especiales que veían en la CIA al mentor, y el eje sobre el que se articulaban sus andanzas. [4]

La visita del Jefe de la Casa Blanca coincidió con el 40 aniversario del Golpe de Estado a la nación sudamericana.

Desafortunadamente la implementación de esos dispositivos macabros no finalizó con las incursiones en Suramérica, sino que se ramificaron a otras zonas confirmando que, con independencia de pronunciamientos públicos, la práctica revelaba que pervivían dichas políticas, en las cuales Estados Unidos nunca fue actor de reparto. [5]

Solamente se limitó a declarar ahora, como si una expresión cantinflesca restañara las profundas heridas existentes, “Si se compara esa época a como hemos tenido conversaciones en el día de hoy, se puede afirmar que hemos cambiado. Nosotros aceptamos la autocrítica. No hay un recorte de autocríticas en EE.UU.”

La visita del Jefe de la Casa Blanca tuvo como agravante para las numerosas organizaciones defensoras de los derechos humanos en la nación austral, el hecho de que coincidió con el 40 aniversario del Golpe de Estado que instauró una Junta Militar, al mando de Jorge Rafael Videla, que dispuso a su antojo de los destinos del país hasta 1983. [6]

Aquella dictadura feroz es la responsable de 30 000 desaparecidos, en el afán demencial de barrer con toda una generación de jóvenes, que anhelaban un sociedad con mayor equidad, inspirados en la gran esperanza que se abrió en el hemisferio con el triunfo de la Revolución Cubana.

Desde entonces una buena parte de los argentinos, con las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo a la vanguardia, no han permitido que el legado de aquellos muchachos, arrancados de las aulas y fábricas, se esfume ni renuncian a llevar a los responsables ante los tribunales.

Por eso era imposible que Estela de Carlotto y el resto de las prestigiosas dirigentes que han hecho de la lucha contra la desmemoria y la movilización ideológica -para que jamás vuelvan a cometerse crímenes de lesa humanidad como los que le privaron de la vida a sus seres queridos- estuvieran en el Parque de la Memoria, donde Obama, otra vez  desde un ángulo tangencial, apenas invitó a “no olvidar el pasado”.

“No reneguemos de las ideologías; aprendamos de la Historia, defendamos nuestras ideas y entendamos que estamos en un mundo diferente, que exige un marco teórico diferente”. Cristina Fernández, Panamá 11 de abril del 2015, VII Cumbre de las Américas

En estas jornadas, previo a cualquier otro razonamiento, muchos en la cuna del tango y otras latitudes se preguntan ¿por qué Obama no tocó suelo argentino durante la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner, quien dándole continuidad a la labor emprendida por su esposo Néstor, enarboló como nunca antes la bandera de rescate y defensa de los derechos humanos?

Fue precisamente con los gobiernos del Frente para La Victoria iniciados en el 2003 (a los que las autoridades estadounidenses sistemáticamente descalificaron) que en Argentina se llamaron las cosas por su nombre, echando abajo las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, aprobadas por los entreguistas que adoraban el “Consenso de Washington”, que le otorgaban impunidad inaudita a los represores, impidiendo así que muchas familias tuvieran siquiera información de lo que sucedió con los suyos.

Mediante el incesante desempeño de los Kirchner,  119 nietos recuperaron su identidad (se calcula que hay otros 380 casos donde también los menores fueron robados, y que permanecen pendientes) y cientos de criminales fueron sentados en el banquillo de los acusados. A lo que hay que añadir una colosal obra por superar las desigualdades instauradas a lo largo de décadas, teniendo como centro una mirada de profunda inclusión social.

Tras la visita de Obama, el gobierno de Macri cerró la presencia de la cadena Telesur en ese país.

El presidente norteamericano escogió como anfitrión, sin embargo, al gobierno de Mauricio Macri, que apenas llegó a la Casa Rosada el 10 de diciembre pasado y que ya atesora un largo rosario de despidos, prohibiciones y leyes antipopulares  que develan su esencia neoliberal, como defensor de las políticas de ajuste del Fondo Monetario Internacional, recortando presupuestos sociales en beneficio de las transnacionales.

El empresario Macri se entrometió desde la campaña electoral, en la que contendía con Daniel Sciolli, en asuntos internos de Venezuela, arremetiendo contra la Revolución Bolivariana y el presidente Nicolás Maduro, en franca confirmación del papel que tendría reservado en el concierto regional, si se convertía en Jefe de Estado. No olvidemos tampoco la afrenta que le profesó a la todavía presidenta Cristina, en relación  a imponer, violando lo establecido, el sitio donde se produjera la ceremonia de cambio de mando.

Era otra señal inequívoca de que el antiguo dueño del mítico Boca Juniors (no olvidemos la preferencia del Departamento de Estado por los Silvio Berlusconi -propietario en su momento del Milan A.C-, Roberto Martinelli  y Sebastián Piñera, acreedores todos de exorbitantes fortunas) contaría con el respaldo del poderío norteño. Con esos avales no sorprendió que declarara frente a las cámara, sonrisa mediante que no logró ocultar su nerviosismo por acoger a la máxima figura del imperio que ve como referente, “Esta visita supera todas las expectativas”.

En buena lid las autoridades norteamericanas, en alianza con los numerosos think tanks que a ellas tributan estudios y análisis, saben que Macri, los integrantes de la Mesa de la Unidad Democrática que ocupa la mayoría de las curules en la Asamblea Nacional de Venezuela, los que hicieron campaña para que Evo Morales no pudiera acceder a un nuevo mandato en Bolivia, los que azuzaron a la cúpula militar en contra de Rafael Corea en Ecuador y los que ahora la emprenden contra Dilma Rouseff y la figura emblemática del Partido de los Trabajadores: Luiz Inacio Lula da Silva, forman parte de una derecha rabiosa regional que se siente envalentonada, por el proceso de reconfiguración en el que están inmersos, después de que mordieran el polvo de la derrota desde que ese gigante inmortal que es el Comandante Hugo Chávez Frías llegó al Palacio de Miraflores, el 2 de febrero de 1999.

Por supuesto que esos que tienen como aspiración las relaciones carnales con el “Norte revuelto y brutal” (pese a sus esfuerzos y entreguismos, al final, como demuestran los cables divulgados por Wikileaks, el amo los desprecia) no comenzaron a sacar las uñas hace unas semanas.

Recordemos, solamente, el golpe contra Manuel Zelaya el 28 de junio del 2009, poco después que en San Pedro Sula se pidiera disculpas a Cuba por su expulsión de la Oea y que Honduras decidiera ser miembro del Alba. Están también ahí, en época del Obama Premio Noble de la Paz, la asonada parlamentaria contra Fernando Lugo en Paraguay,  el intento de golpe duro ejecutado contra Correa por un sector de la policía de Quito frustrado, a diferencia de lo sucedido en Tegucigalpa, porque los mandos militares defendieron el orden constitucional; los bombardeos en Libia y el estímulo y avituallamiento a la oposición en Siria, dando pie a un sangriento conflicto extendido por un quinquenio.

A tan nefasto historial habría que sumar la participación yanqui en varias “primaveras” que en realidad han sumido a esos pueblos en el más gélido de los inviernos. Aparece nuevamente el canciller de la dignidad Raúl Roa, alertándonos de que “El único lugar donde no se da un golpe de estado es Washington, porque allí no hay embajada de Estados Unidos”.

Claro que, pese a poses, sonrisas, programas humorísticos  y discursos cuidadosamente preparados, no hay dos Obama, ni existe división, ni fractura alguna entre la espina dorsal ideológica del Barack Hussein que anduvo por La Habana y el Obama que viajó a Argentina.

Como enseña el fabuloso grupo teatral La Colmenita en su impactante obra “Adacadabra”, lo importante es atrapar, captar, explorar, distinguir y reconocer una esencia y esa, en lo que al imperio se refiere, permaneció inalterable en la reciente gira aunque algunos pretendan presentar su punto de partida caribeño, como un rostro lozano desprovisto de los lunares del pasado, o un producto empaquetado con tal esmero que impida desentrañar el núcleo que le da vida.

Notas, citas y referencias bibliográficas.

[1] Cuando me veo inmerso en una escena de esa naturaleza, invariablemente riposto con comentarios que están en la misma línea (se repiten tanto en la actualidad estas situaciones, desafortunadamente, que hay que apelar a innumerables pasajes de la historia antillana y universal) pero con sentido contrapuesto. “Ni yo cuando Pepe Antonio se batió frente a los ingleses, o cuando los soldados soviéticos obligaron a los nazis a capitular, en mayo de 1945, luego de la toma de Berlín”.

[2] El artículo de Martí para el periódico bonaerense donde se incluye esta idea se titula “El arte en Nueva York” y fue publicado el 22 de junio de 1887. El mismos aparece en el t. 19 de sus obras completas. Ver en: Ramiro Valdés Galarraga: Diccionario del pensamiento martiano, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2007, p. 593.

[3] En el que muchos consideran el recuento más abarcador acerca de la historia de la CIA y de las intervenciones militares de Estados Unidos, William Blum, quien renunció a su puesto en el Departamento de Estado en 1967 por oponerse a la guerra de Vietnam, aborda, entre muchos tópicos, parte de lo sucedido en aquella etapa en Uruguay. “`El dolor preciso, en el lugar preciso, en la cantidad precisa, para el efecto deseado´” Son las palabras de un instructor en el arte de de la tortura. Las palabras de Dan Mitrione, el jefe de la misión de la Oficina de Seguridad Pública (OPS) en Montevideo. (…) Entre 1969 y 1973, al menos dieciséis oficiales de la policía uruguaya pasaron un curso de ocho semanas en escuelas de la CIA-OPS en Washington y Los Fresnos (Texas) sobre diseño, manufactura y empleo de bombas y dispositivos incendiarios”. William Blum: Asesinando la esperanza, Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 2005, pp. 243-245.

[4] Uno de los investigadores norteamericanos que más ha estudiado este tema, escribió hace unos años: “Los nuevos documentos, junto con entrevistas a varios de los agentes directamente involucrados, demuestran que el Departamento de Estado y los organismos de inteligencia tenían detalles de una precisión sorprendente acerca del funcionamiento y la planificación del Cóndor. (…) Ahora existen pruebas de que la CIA sabía de la existencia del Cóndor a poco más de uno o dos meses de su creación. Hacía tiempo que la CIA alentaba la idea de una mayor coordinación entre las fuerzas militares de la región, especialmente en el área de inteligencia y comunicaciones”. John Dinges: Operación Cóndor. Una década de terrorismo internacional en el Cono Sur, Ediciones B, Santiago de Chile, 2004, p. 25.

[5] La prestigiosa periodista y escritora argentina Stella Calloni, Premio Latinoamericano de Periodismo José Martí (1986), apunta: “¿Cuántas operaciones criminales como Diablo (así llamó la CIA a la que preparó la invasión y el derrocamiento del coronel Jacobo Arbenz en Guatemala, bajo el control de Allen Dulles, director de la CIA y hermano del entonces canciller estadounidense, John Foster Dulles), Colombo, Calipso, Zeta y Cóndor se reprodujeron en la región? Los Estados Unidos podrían dar cuenta de todo esto si existiera la voluntad de acabar con un entramado mafioso que permeó a las agencias de Inteligencia y que hoy sobrevive en ciertas empresas que se expanden por el mundo gracias a la globalización. Lo cierto es que los mecanismos de la Operación Cóndor se extendieron hacia otras regiones, se fundieron con otros operativos. Hubo cónclaves de criminales y en Centroamérica se volvieron a encontrar en los años ochentas chilenos, argentinos, uruguayos y otros, como `asesores´. La CIA y las instituciones estadounidenses no necesitaban ninguna clandestinidad especial para actuar, porque el gobierno de Washington estaba allí, armando y protegiendo a los represores y operando en `guerras sucias´ que se discutían en el Congreso estadounidense”. Stella Calloni: Operación Cóndor. Pacto criminal, Editorial de Ciencias Sociales, segunda edición, La Habana, 2005, p. 238.

[6] “En marzo de 1976, la conspiración golpista era casi un secreto a voces. El 16 de marzo el almirante Emilio Massera, jefe de la Armada, se reunió con el embajador estadounidense Robert Hill para preparar el terreno para lo inevitable. Empleando términos condicionales, Massera comunicó al embajador que el golpe estaba por llegar. (…) La reunión se llevó a cabo un martes. Exactamente una semana después, el coronel del ejército estadounidense Lloyd Gracey, instructor en inteligencia militar, estaba por salir de su oficina en el Cuartel General del Ejército en Campo de Mayo cuando un oficial argentino a quien consideraba una de sus fuentes fidedignas entró en su oficina, cerró la puerta y le dijo: “Lloyd, esta noche habrá un golpe contra Isabelita”. Según Gracey, se le trasmitió esta información anticipada para que Estados Unidos pudiera expresar sus objeciones, en caso de tenerlas. El equipo del país –embajador, consejero político, jefes de la CIA y DIA- se reunió e informó a Washington. No hubo reservas. En doce horas, el golpe era una realidad. Estados Unidos reconoció al gobierno militar en forma inmediata”.   John Dinges: Operación Cóndor… Ob. Cit., pp. 190-191.

 

 

 

Compartir...
Salir de la versión móvil