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Sagaz líder del proletariado

Líder sindical Lázaro Peña. Foto: archivo
Líder sindical Lázaro Peña. Foto: archivo

Hay hombres cuya obra los inmortaliza. Tal es el caso de Lázaro Peña González, quien nacido en La Habana, el 29 de mayo de 1911, a los 10 años de edad se vio obligado a interrumpir sus estudios en la enseñanza elemental para ayudar a la madre en la búsqueda del sustento diario. Formado como operario en la fábrica de tabacos El Crédito, ocasionalmente se desempeñó como lector de galera. Esta actividad, unida a la constante lectura de libros y materiales del Partido Comunista, le permitió superarse de forma autodidacta. De aquel centro lo expulsaron por su intenso quehacer en la organización de protestas contra los bajos salarios.

A los 19 años ingresó en el Partido Comunista y dos años más tarde, en 1932, tuvo una destacada participación en la huelga de los trabajadores de ese sector contra el traslado de las fábricas. El enfrentamiento a la dirigencia reformista de los torcedores le proporcionó una sólida madurez política y el reforzamiento de su formación como dirigente sindical, destacándose como tal en los preparativos de la huelga general que en 1933 derrocó al tirano Gerardo Machado Morales, en momentos muy tensos debido a que algunos de los más importantes sindicatos eran dominados por elementos reformistas, trotskistas y anarcosindicalistas.

Dirigente excepcional

En una oportunidad Ramón Nicoláu González, reconocido dirigente comunista que pudo seguir su desarrollo y lo vio  convertirse en  indiscutible líder del proletariado cubano, señaló que su gran poder persuasivo era muy temido por algunos líderes reformistas porque, a diferencia de estos, además de hablar, encabezaba las manifestaciones y codo a codo con los obreros enfrentaba a la policía.

En 1934 participó activamente en el IV Congreso Nacional de Unidad Sindical, en las huelgas de marzo y octubre, y en la combativa manifestación del Primero de Mayo;  resultó electo miembro del Comité Central del Partido Comunista.  Esta organización política le encomendó la reconstrucción del movimiento obrero, cuando tras el fracaso de la huelga general de marzo de 1935, los sindicatos fueron destruidos e ilegalizados; aprehendidos o perseguidos muchos de sus dirigentes —entre ellos él— y clausurados sus medios de prensa. Además, dirigió hábilmente la aplicación del criterio de combinar la lucha legal con la ilegal en el trabajo con las masas, defendido por el Partido Comunista en esa etapa.

 

«No descansaba en las discusiones con grupos de otras tendencias —precisó Nicolás—; desenmascaraba a los principales enemigos de la unidad y a los anticomunistas infiltrados en la Comisión Obrera del Partido Revolucionario Cubano (PRC)».

En el enfrentamiento a los trotskistas, los comunistas lograron  convencer a los obreros de que la lucha económica solo los emanciparía si la acompañaba la lucha política dirigida por el Partido.

La aplicación de esos principios y de las experiencias emanadas del VII Congreso de la Internacional Comunista y del VI Pleno del Comité Central de la organización comunista cubana, propiciaron el surgimiento de las condiciones requeridas para lograr una amplia unidad sindical, materializada en la firma del Pacto de México, en 1938, y la celebración del Congreso Constituyente de la Confederación de Trabajadores de Cuba (CTC), en 1939,  del cual Lázaro emergió como secretario general.

La aparición de algunas mejorías propiciaron la división del movimiento obrero, entronizada por Eusebio Mujal y sus seguidores. La lucha política se tornó entonces muy difícil, al presentarse un período caracterizado por el asalto a los locales de los sindicatos, la imposición de directivas por decreto, el saqueo de los fondos sindicales y de los retiros obreros; atropellos y asesinatos de dirigentes de los trabajadores, así como de atentados personales a los comunistas, y de asaltos a sus locales y medios de comunicación.

«Lázaro —expresó Nicolás— llamó a los trabajadores a la lucha contra tantos desafueros; se mantuvo siempre al frente, respondiendo pública y personalmente a cada agresión e inculcó en ellos el criterio de que se trataba de una crisis temporal que la clase obrera y el pueblo, unidos, podrían superar porque el mujalismo solo se mantendría mientras contara con el apoyo del ejército y la policía».

Al producirse el golpe de Estado de 1952, se encontraba en el exterior en tareas propias de su condición de vicepresidente de la Federación Sindical Mundial (FSM). El régimen dictatorial impuesto por Fulgencio Batista Zaldívar le negó el regreso a la patria, y Lázaro recabó la solidaridad de los pueblos latinoamericanos para con quienes en Cuba combatían en la Sierra y el llano, y para con los trabajadores que enfrentaban al mujalismo.

De regreso en Cuba tras el triunfo de la Revolución, y hasta su muerte, el 11 de marzo de 1974, dedicó todas sus energías y prestigio a sumar a las masas trabajadoras a las tareas de la Revolución.  Fue, sin lugar a dudas, un hombre inteligente y sagaz que supo conducir a los trabajadores en los momentos más difíciles de la lucha y en los de las sublimes conquistas.

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