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Un médico cubano en la guerra de Secesión norteamericana

Antonio Lorrenzo Luaces IraolaLa posición acomodada de su familia le permitió viajar a Estados Unidos a hacerse médico y cirujano, aunque el temperamento rebelde y amante de la justicia de aquel joven camagüeyano lo llevaron a incorporarse a la Guerra de Secesión en las filas del ejército norteño, y a estrenarse en el ejercicio de su profesión como parte del cuerpo de Sanidad, con  los grados de Coronel. Su nombre:  Antonio Lorenzo̶  Luaces Iraola.

Por eso era de esperar que al estallar la primera contienda independentista en su Cuba natal no demorara en enrolarse en una expedición para incorporarse a la lucha contra el colonialismo español, y curiosamente la expedición del vapor Perrit, que lo trajo a tierras orientales en mayo de 1869, estaba integrada por cubanos y estadounidenses y la comandaba el general norteamericano  Thomas Jordan.

Le cupo el privilegio a Antonio  de pasar a las órdenes del Mayor General Ignacio Agramonte y fue designado médico de la División de Camaguey, el suelo que lo  vio nacer. Posteriormente fue nombrado Jefe de Sanidad de Oriente, aunque sirvió también con las armas en las manos.  El Mayor elogió su valor a toda prueba, lo que demostró en el rescate del entonces General de Brigada Julio Sanguily, audaz hecho militar en el que solo 35 jinetes cubanos lograron arrebatárselo a 120 soldados españoles que lo conducían baldado y prisionero.  En esta acción  participó también el hermano de Lorenzo̶ Luaces, Emilio.

Tras la muerte de Agramonte,  Antonio pasó a las órdenes del Mayor General Máximo Gómez y combatió en La Sacra, Palo Seco y Las Guásimas, más tarde fue subordinado del General de Brigada Henry Reeve, El Inglesito, su último jefe, de nacionalidad estadounidense, ya que en 1875 el destacado galeno  fue hecho prisionero y conducido al Camagüey.

En vano trataron de apartarlo de la lucha con promesas de respetarle la vida si se pasaba a las filas del enemigo. Su digna reacción fue decirle a quien intentaba doblegarlo  que si hubiese tenido sus armas se hubiera quitado la vida antes que escuchar semejante insulto.

Fusilado con solo 33 años (había nacido en 1842), Antonio pasó a engrosar las filas de los héroes que a pesar de su juventud supieron entregarse a una lucha sin fronteras, pues dejó una estela de gloria no solo en su tierra sino en la guerra librada en suelo norteamericano que le permitió a ese pueblo abolir la esclavitud y sumar a los diferentes estados en una sola nación.

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