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El embajador Bonsal ante el cambio en Cuba

Philip W. Bonsal fue el último embajador nombrado por Estados Unidos para representar a su Gobierno en Cuba y dejó memoria de su gestión y de sus miradas hacia la Cuba revolucionaria en el libro de su autoría Cuba, Castro, and the United States, además de sus informes y otros documentos emitidos durante su desempeño en ese cargo, muchos de ellos recogidos en la colección Foreign relations of the United States 1958-1960. A partir de tales fuentes se puede reconstruir la manera en que este funcionario norteamericano, como parte del sistema, veía a Cuba y los cubanos en el momento del cambio revolucionario.

El propio Bonsal explica en su libro,  que “el triunfo de Castro” hizo necesario para el presidente Eisenhower enviar un nuevo embajador “para reemplazar al abiertamente anti Castro Smith.”[1] Por tanto, lo primero que salta a la vista es la personalización en Fidel Castro del proceso de lucha que se había librado y de la toma del poder revolucionario. A su vez, Bonsal considera que él estaba “bien calificado” para ese cargo por sus experiencias anteriores, en tanto funcionario para América Latina en lo cual dice haber tenido “algunos éxitos”; además de sus estancias anteriores en Cuba, en 1926 como estudiante en entrenamiento con la Compañía Cubana de Electricidad (subsidiaria de la International Telephone and Telegraph Corporation),  y entre 1936 y 1938 como vicecónsul y tercer secretario en su primera designación para el servicio exterior; añade la herencia familiar por los escritos de su padre, Stephen Bonsal, quien había servido en la Legación en Madrid y había reportado sobre Cuba en los últimos años de dominio español, había cubierto la campaña de Santiago en 1898 y luego escribió sobre el Caribe. Todo esto evidencia que Bonsal tenía una idea formada sobre Cuba y sus relaciones con Estados Unidos antes de llegar como Embajador en febrero de 1959, idea que partía de la mirada tradicional que se había construido en su país acerca de Cuba y las relaciones bilaterales. Eso explica algunas de sus opiniones sobre el camino a seguir por los cubanos en aquella coyuntura.

El nuevo Embajador, que hizo oficial su condición ante el Gobierno revolucionario el 3 de marzo de 1959, al arribar a Cuba compartía la creencia de que el “establishment” cubano, incluyendo a los políticos que se habían opuesto a Batista y los ciudadanos (desde ‛capitalistas’ hasta la ‛emergente clase media’, hasta los miembros de los sindicatos) que habían disfrutado de relativa seguridad y estabilidad económica, tendrían ahora un mayor rol. “Ese ‛establishment’, pensé, podía confinar al nuevo gobierno y los líderes de la Sierra Maestra, incluyendo a Castro, dentro de los patrones democráticos de conducta.” Por tanto, en su opinión, el programa nacional de renovación y progreso sería implementado dentro de mecanismos ordenados desde las raíces en el pasado cubano. Sin embargo, se lamentaba Bonsal, el ‛establishment’ no solo no proveyó liderazgo, sino tampoco tuvo capacidad de autodefensa para sobrevivir. Entendía que, hasta ese momento, la República cubana había sido dirigida por hombres que alababan la democracia representativa. Se trataba entonces, según la mirada del Embajador, de reproducir los métodos y mecanismos del pasado en la circunstancia abierta el 1ro de enero de 1959.

Bonsal  remite las causas de la situación que describe en su libro a la actuación de Fidel Castro, la falta de liderazgo en las “clases cubanas”, la creencia de esas “clases” en que Estados Unidos los sacarían del problema, el fallo de las medidas de Estados Unidos para derrocar a Castro y la situación creada por las sanciones económicas tomadas, por lo que los rusos tuvieron la opción que ir al rescate de la revolución de Castro. Como puede observarse, en el razonamiento de Bonsal no existe la voluntad cubana para el cambio, para crear su propio destino, sino que son en lo esencial factores externos los que deciden en la conformación de la situación. Esto se fortalece cuando expone que, detrás de las causas señaladas, estaba la erosión que habían producido ciertas influencias que minaban la creencia de los cubanos en la posibilidad de controlar y construir sus destinos, muy presente de modo particular en el “establishment”.

Bonsal insistió en su percepción de que cualquiera que fuera la filosofía de Castro, más allá de la restauración de la democracia en Cuba, estaría ampliamente confinado por las preferencias de la comunidad en la cual él tendría que actuar políticamente. Según él,  “Washington era el líder no solo de los activistas directamente responsables de la caída del dictador, sino de muchas de las fuerzas potencialmente dinámicas en la vida cubana.” Al mismo tiempo, rebate los argumentos de Fidel acerca del papel de Estados Unidos en la historia de Cuba y de su apoyo a Batista, lo que Bonsal reduce a la “cercanía” de los embajadores Gardner y Smith y califica de “revisionistas” a quienes, desde la historiografía, plantean una visión de la historia de las relaciones bilaterales que había servido de fuente “rica” a Castro y sus seguidores.

Un factor que Bonsal veía favorable cuando llegó a Cuba, en febrero de 1959, fue la composición del Gabinete de entonces pues “varios funcionarios prominentes en el nuevo gobierno cubano estaban responsablemente identificados con el derrocamiento de Batista, pero también con el pasado cubano. Su presencia parecía prometer un acercamiento “realista y democrático” a los cambios deseables, en lo que menciona a Miró Cardona como Primer Ministro, a Roberto Agramonte como Ministro del Exterior y Rufo López Fresquet en el Tesoro, “hombre muy bien conocido en la comunidad de negocios”, “cuyo celo reformista no sería intolerable”. También menciona a Elena Mederos, Ministra de Asuntos Sociales, que contaba, según afirma, “con muchos amigos y admiradores en los círculos americanos”. De Felipe Pazos señala su reputación internacional entre los economistas occidentales y banqueros, además de Justo Carrillo, “hombre de energía” con convicciones en la empresa privada. Otros menos conocidos eran caracterizados como más evolucionistas que revolucionarios.

El Embajador compara la situación cubana con lo ocurrido en Guatemala en 1954 y dice que la información sobre Castro era menos sustantiva que la que había justificado la “aventura de la CIA” en Guatemala, también considera que el principal éxito en trabajar juntos en el incremento de las relaciones radicaba en los lazos políticos y económicos existentes y en la no viabilidad de cualquier otro socio con ventajas equivalentes. Esto lo explicaba diciendo que:

En ese tiempo, Cuba pertenecía a un área donde la influencia económica y política de los Estados Unidos era dominante, parecía deseable para los dos países que continuara siendo ese el caso. Aun más, era razonable esperar que la masa del pueblo cubano entendiera y apoyara los esfuerzos y sacrificios que los Estados Unidos habían hecho y continuaban haciendo para la preservación de la integridad de la comunidad nacional de la que Cuba era miembro y de los valores que parecía compartir.

Como puede apreciarse por las opiniones del Embajador, la mirada que expresaba después de haber terminado su servicio no difería de la percepción histórica de Estados Unidos respecto a Cuba. Los lazos de dominio creados, que se asentaban en un discurso de “vecinos”, de “sacrificios a favor del pueblo cubano”, de “relaciones históricas”, pero que tenían bases mucho más concretas y reales dentro de los mecanismos de dominación de diferente orden: económicos, políticos, culturales, parecían indisolubles, así como la pertenencia a un conjunto de valores continentales promovidos y sustentados desde el panamericanismo. No era imaginable una actitud cubana de independencia y soberanía a la hora de construir el cambio revolucionario.

El discurso de Bonsal incluye la afirmación de que Estados Unidos desarrollaba una política de no intervención en los asuntos cubanos, aseveración que los propios documentos norteños desclasificados desmienten aunque, según su relato, solo en 1960 comenzaron las medidas contra el gobierno revolucionario, lo cual no es cierto.  Además de las acciones que desde 1958 se habían desplegado para impedir el triunfo de las fuerzas revolucionarias frente al régimen encabezado por Batista, especialmente las del 26 de Julio lideradas por Fidel Castro; en septiembre de 1959 ya se había remitido un documento que establecía definiciones importantes: las “Instrucciones del Departamento de Estado a todas las postas diplomáticas y consulares en las Repúblicas Americanas”, de 15 de septiembre de 1959, afirmaban que su Gobierno había sido muy cuidadoso en no aparecer públicamente como hostil al Gobierno de Fidel Castro, pero establecía la línea a seguir, que no era precisamente de no intervención:

Es de interés de los Estados Unidos intensificar y acelerar la tendencia a convertir en escéptica la opinión latinoamericana sobre Castro en los asuntos de dictadura, intervención y comunismo. Si el resultado final de la presión de la opinión latinoamericana sobre estos asuntos es que Castro adopte actitudes y cursos de acción más aceptables o reducir su apoyo público, el objetivo de Estados Unidos de aislar y eventualmente eliminar los aspectos indeseables de la Revolución Cubana será servido.

Para realizar esto, era importante la apariencia de que se trataba de una reacción propia latinoamericana  y no emanada de Estados Unidos. Se veía como una tarea que podía realizar la USIS resaltando ante la opinión latinoamericana los aspectos negativos “del régimen de Castro”, sin que esto se atribuyera al Gobierno norteamericano.[2]

Al mes siguiente, el Departamento de Estado emitió un documento que establecía un objetivo inmediato: a fines de 1960 a más tardar, debía haber un Gobierno en Cuba que cumpliera, al menos mínimamente, los objetivos norteamericanos para América Latina. Esto debía hacerse sin que se apreciara presión o intervención directa. Por tanto, debían emprenderse “al mayor alcance posible” acciones para alentar y unir a la oposición, con elementos potencialmente aceptables al pueblo cubano, dentro o fuera del Gobierno. Si había conflicto, debía alentarse la oposición fuera del régimen de Castro y buscar su desarrollo coherente. También había que prevenir la expansión de la proyección de Castro, para lo cual había que enfatizar los conceptos norteamericanos de genuina democracia representativa, la solidaridad interamericana con el mundo libre en América Latina y otros.[3] El 16 de diciembre, en la 429 reunión del Consejo de Seguridad Nacional, se discutió el tema de Cuba y el jefe de la CIA Allen Dulles dijo: “pudiera hacerse un número de cosas en el campo encubierto que pudieran ayudar a la situación en Cuba.”[4] El año terminaba con la discusión de la propuesta de Roy Rubottom, del Departamento de Estado, del “Programa de acción sobre Cuba”. No obstante, para entonces ya se habían organizado acciones en la Isla en contacto con la estación CIA en La Habana.

Como puede verse, Estados Unidos definió tempranamente su oposición al cambio revolucionario en Cuba, lo cual formaba parte de la manera de tratar con la situación cubana históricamente. El nuevo Embajador que llegó en 1959 veía a Cuba como estado clientelar, tenía la percepción que había prevalecido históricamente acerca del lugar de la Isla dentro del sistema de dominación estadounidense. La retórica en relación con la Revolución Cubana y Fidel Castro mantenía los estereotipos construidos desde muchas décadas atrás, desde el lenguaje articulado para la dependencia de la Isla. La Revolución que transformaba esa relación de subordinación en relaciones de soberanía era incomprensible e inaceptable dentro de los cánones del sistema norteamericano y así lo proyectó el Embajador que llegó en 1959.

[1] Todas las citas, salvo que se indique lo contrario, corresponden a Philip W. Bonsal: Cuba, Castro, and the United Sates. University of Pittsburh Press, 1972, 2da ed.

[2]Foreign Relations of the United States (FRUS), 1958-1960. Vol VI. Cuba. United States Government Printing Office, Washington, 1991, pp.  599-602

[3] Ibid., 638-639

[4] Ibid., 703-706

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