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Eloína para siempre

Foto: Miguel Rubiera
Foto: Miguel Rubiera

 

¿Quién puede afirmar que los buenos se marchan? ¿Quién se atreve a decir que se convierten en mero polvo y no en semilla que hace crujir la tierra? ¿Quién puede decir que murió Eloína Miyares Bermúdez?

Nadie se atreva a tales dislates. Es tan honda su huella de vida que no hay muerte que la sepulte.

Desde aquel primer día de ojos abiertos al mundo, el primero de diciembre de 1928, peldaño a peldaño, esta santiaguera fue creciendo con su tiempo y sumando momentos memorables:

Entrar a la Escuela Normal para Maestros de Oriente, casarse con su amado Vitelio, el llanto de anunciación de sus ocho hijos, su titulación como Licenciada en letras, la investidura como Doctora Honoris Causa de la Universidad de Oriente, publicar más de una decenas libros, fundar el Centro de Lingüística Aplicada de Santiago de Cuba, organizar las ediciones del Simposio Internacional de Comunicación Social, recibir el Título Honorífico de Heroína del Trabajo de la República de Cuba…

Intensa y fecunda existencia la de Eloína, profesora elegante, de hablar cadencioso, como si con tal facilitara al alumno la mejor comprensión de su verbo encendido de pasión por la lengua materna.

Aquí y allá desgranaba sin miramientos su sapiencia, lo mismo en el aula primaria de una escuelita rural, que en el más encumbrado auditorio de cualquier afamada universidad del mundo, o en las ondas radiales de su Santiago natal enseñando la buena ortografía.

Lo importante nunca fue el medio sino el fin supremo, la obsesión convertida en credo: el correcto uso del idioma español y el fomento de la lectura.

Cuando este 26 de julio de 2015 el corazón detuvo su tropel Eloína trocó presencia física en presencia espiritual, así que atentos todos, ella anda por ahí, diseminada en su obra, como lo que fue, como lo que es, como una heroína.

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