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Raúl Roa, inspiración permanente para los revolucionarios

A propósito del 33 aniversario de su desaparición física

Hassan Pérez Casabona

Raúl Roa junto al líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro Ruz.

Raúl Roa García, nacido el 18 de abril de 1907 en la casa marcada con el número 205 de la calle de Carlos III, en el corazón mismo de esta capital caribeña, es una de las figuras más singulares de la hornada revolucionaria que brotó durante los años veinte de la centuria anterior, entre otros motivos por sus dotes oratorias y literarias, permeadas de cubanía impresionante, que combinaba con acendrada cultura universal.

Vinculado desde muy joven a la lucha, enfrentó al sátrapa Gerardo Machado y, años después, a la tiranía sangrienta de Fulgencio Batista. Sufrió la cárcel y el destierro.

Con resultados académicos brillantes se doctoró en Derecho Público y Derecho Civil, en la Universidad de La Habana, centro que luego lo acogió como catedrático de Historia de las Doctrinas Sociales y Filosofía Social. En la misma casa de altos estudios dirigió la Facultad de Ciencias Sociales y Derecho Público.[1] En verdad, cuando matriculó en la Colina, hacía rato que estaba convencido de que su destino era entregarse a la causa iniciada en los campos de batalla.[2]

Autor de una profusa obra en la que figuran, entre otros textos, Revolución vs. Reacción (1933); Bufa subversiva (1935); Pablo de la Torriente Brau y la Revolución Española (1937); José Martí y el destino americano (1939); Programa de Historia de las Doctrinas Sociales (1939); Mis oposiciones (1941)[3]; 15 años después (1950)[4]; Viento sur (1953); En pie (1959), Retorno a la alborada (1964); Escaramuzas en la víspera y otros engendros (1966); La revolución del 30 se fue a bolina (1969); Aventuras, venturas y desventuras de un mambí (1970); Evocación de Pablo Lafargue (1973); Tiene la palabra el camarada máuser (entrevista concedida a Ambrosio Fornet) y El fuego de la semilla en el surco (1982).

En el caso de la reflexión dedicada al intelectual nacido en la región oriental del país, profundiza en aspectos de su vida prácticamente inadvertidos para el gran público de nuestros predios:

“La historia del socialismo reporta pocas personalidades más vigorosas, polifacéticas y brillantes que la de Pablo Lafargue. (…) El papel de Lafargue en el movimiento socialista ha sido, durante largos años, centro de imputación de discordantes pareceres. V. I. Lenin, con su autoridad incontrastable, se encargó de ponerle fin al debate. (…) En la atrayente personalidad de Pablo convergen, además, dos circunstancias escasamente conocidas en Cuba. Aunque se le considera francés por el apellido y haber vivido desde mozo y casi siempre en Francia, Lafargue era compatriota nuestro: nació en Santiago de Cuba el 15 de enero de 1841. Varias culturas, razas y continentes, insólito suero, confluyeron en su sangre. Descendía, por línea paterna, de francés girondino y de mulata dominicana; y, por línea materna, de judío francés y de india taína. Como numerosos franceses y sus descendientes, la familia Lafargue había emigrado de Haití a principios de siglo pasado y reconstruido su vida en la provincia de Oriente, dedicándose al cultivo del café. No obstante este mestizaje de culturas, razas, continentes, y de su temprano transplante a Francia, Pablo Lafargue se ufanó de haber nacido en Cuba, de ser mulato y escribir impecablemente en español. Y no menos señalada y sorprendente para muchos es la otra circunstancia: el casamiento de Pablo Lafargue con una de las hijas de Carlos Marx, el haber tenido éste un yerno santiaguero”.[5]

Acerca de la especial contribución de Lafargue al conocimiento de la vida íntima de Marx declara:

Raúl Roa en una de sus intervenciones en la ONU.

“Es indiscutible que la biografía clásica de Marx sigue siendo la compuesta por Franz Mehring. (…) Idéntico rango obtuvo Pablo Lafargue como pintor de las facciones espirituales de Marx. A su extraordinario poder de evocación, débese un retrato del hombre en que se funden, con plástica maestría, los rasgos más rotundos y los matices más delicados.” [6]

Con relación a Bufa… son estas palabras de Pablo de la Torriente Brau, el bravo periodista cubano que cayó en Majadahonda, en defensa de la República Española, que captan la dimensión integral de Roa:

“He leído tu libro, que me parece estupendo y que es una lástima que no se pueda leer en Cuba. Lo mejor del libro es que se parece a ti, desordenado, brillante, inquieto. Tiene cosas magníficas y cosas maravillosas. La instantánea campesina, aunque no la hicieras con ese ánimo, en realidad es un cuento estupendo. Las páginas universitarias, un gran recordatorio. Y Agis el espartano y la Interviú profética dos de los mejores capítulos. Me gusta todo. Leonardo (Fernández Sánchez) piensa que eres el primer escritor de Cuba. Yo pienso lo mismo”.[7]

Roa confesaba, sin ambages, que sus escritos eran producto de las actividades y concepciones políticas y que llevaban la impronta de la inmediatez por servir a la causa asumida. Quizás la diferencia literaria principal con la mayoría de los grandes pensadores de su época, es que no cultivó la poesía, de manera sistemática, como si lo hicieron Villena, Marinello, Mella y el propio Carlos Rafael Rodríguez.[8]

La historia como motor y acicate.

Raúl Roa en su época de estudiante universitario.

Desde pequeño escuchó en el hogar las hazañas de las huestes insurrectas, sintiendo veneración por su abuelo Ramón Roa, teniente coronel del Ejército Libertador.

Sobre él escribió en Escaramuzas en la víspera…., y en Aventuras, desventura… -en cuya dedicatoria se lee: “A la memoria combatiente de Ernesto Che Guevara, Comandante del alba”, publicado simultáneamente en La Habana y México-, bellas palabras:

En el primero de esos apuntes, fechado el 18 de julio de 1948, trasluce desde lo más hondo de su ser la imagen preservada del abuelo. Un testimonio con esta carga sentimental nos permite, al mismo tiempo, comprender los asideros en los que bebió desde la infancia.

“No podía yo sospechar, cuando recorría de la mano en sus matinales paseos por el barrio de la Víbora, que aquel viejo alto y fornido, decidor y esclavo dócil de mis arbitrios, era quien era. Me llamaba su hermano y yo le llamaba Manito. Ni, mucho menos, pude siquiera entrever que, tras su alegre y limpia sonrisa, hondos pesares le sajaran el pecho. Parece un cuento de hadas; pero no lo es. (…) Ramón Roa fue un mambí de pluma y machete. Nació rico, peleó por la independencia de Cuba y murió pobre. (…) Era un hombre del 68. (…) y ya en plena lidia conquistó la confianza, el afecto, la estima de Ignacio Agramonte, Máximo Gómez, Antonio Maceo, Calixto García y Julio y Manuel Sanguily. Figuró en las principales acciones de la guerra grande. Hizo versos, redactó arengas, compuso proclamas, refrendó decretos, propagó la causa. Durante diez años de hazañosa brega disputó, a la par, con la pluma y el machete, respaldando bizarramente sus dichos con sus hechos. (…) Era mi abuelo. Y llevar su apellido, honrado a toda hora y haberlo reproducido es mi único patrimonio. Guardo de mi abuelo un extraño recuerdo. Un viejo membrudo, de estatura imponente, cabellera fúlgida, perilla vibrante, corazón de seda y gesto bravío. En los ojos, entre irónicas lucecillas, el mar, su cielo y su abismo. Y en la boca, tierna y desdeñosa, un panal circuido de avispas, esa misma lengua afilada y suelta que me legó de puño y letra. Me parece verlo levantarse de súbito y ponerse febrilmente a emborronar papeles. Sobre todo cuando, sin pedírselo nadie, se daba a referir fabulosas hazañas de héroes anónimos. Muchas veces creí que se fugaría por el techo en alado jamelgo. Nunca olvidaré que al mencionar al Mayor –apelativo sin sentido a la sazón para mí- se transfiguraba de pies a cabeza y, como en una alucinada convocatoria de titanes, su mano se erguía blandiendo invisible machete. Más, en ocasiones, se le ocurría a aquel gigante sentimental disfrazarse de brujo y entonces yo reía feliz de oreja a oreja. Por obra y gracia de su cariño, tuve el privilegio de poseer la lámpara de Aladino mucho antes de leer Las mil y una noches. Florecía en tono mágicamente lo ansiado, con solo frotar mis caprichos en los botones de su chaleco. Saltaban confites, leyendas y juguetes en revuelta y curuscante cascada. ¡Bienaventurados los nietos que han podido crecer y espigar junto al tronco añoso de sus mayores, injertándole renuevos de primavera! No tuve yo la fortuna de que mi abuelo viviera lo suficiente para conservar de él la presencia inmediata que deja el canje racional de afectos. Ni le fue dable a él tampoco henchirse de jovial complacencia al rebrotar en mi juventud su indómita rebeldía. Se desapareció de mi vista, misterioso cometa, cuando yo andaba por los cuatro años del círculo encantado de mi infancia. Innumerables noches una buida angustia se me cuajaba en llanto al percibir fugazmente el rastro centellante de su cauda. (…) A pesar de haberla planeado minuciosamente y de tener a mano los papeles de Ramón Roa y suficientes datos, notas y referencias, no me fue dable dar cima a la biografía. El tiempo pre-revolucionario exigía otros afanes y dedicaciones. Da muy escasa oportunidad el tiempo revolucionario para hurtarle, lícitamente, espacio, al múltiple cumplimento del deber. Sin desatenderlo un solo minuto, haciéndole trampas al sueño y escribiendo a destajo, entre rollos diplomáticos y siembras de café, intento ahora revivir, en su contexto histórico, las aventuras, venturas y desventuras de este personaje de carne y hueso”.[9]

Al preguntársele en 1968, entrevistado por el destacado intelectual Ambrosio Fornet, sobre el proceso revolucionario de los años 30, respondió con la originalidad que nunca lo abandonó:

En 1930, las condiciones objetivas estaban, si no maduras, cuando menos pintonas para lanzar el movimiento popular a una lucha antiimperialista por el poder, que entrañara, a la vez, el derrocamiento de la tiranía y el rescate de las riquezas nacionales en manos extranjeras: el machadato representaba la bancarrota de la república mediatizada y, por ende, la contradicción máxima entre la nación cubana y el imperialismo yanqui. Pero era igualmente ostensible la inmadurez de las condiciones subjetivas: de ahí la dramática frustración del movimiento popular más pujante y audaz de que se tuvo data hasta entonces”.

Demandando el avezado escritor sus valoraciones sobre los actores más descollantes de aquella etapa, con unas pocas frases, los análisis resultaron igualmente creativos.

“Julio Antonio Mella fue el primer atleta olímpico del movimiento comunista en Cuba. Rubén Martínez Villena era una semilla en un surco de fuego. Pablo de la Torriente- Brau murió en España pluma en ristre y rifle al hombro peleando por la revolución cubana: no en balde fue el más impetuoso, noble, arrestado y talentudo mozo de nuestra generación. Clara inteligencia denotaba la ancha frente de Rafael Trejo, pureza de espíritu su cándida jovialidad, carácter entero su enérgico mentón, fina sensibilidad su quijotesco sentido de la vida: murió en pie con la sonrisa en los labios. Temerario, indoblegable, austero, lúcido, apasionado, generoso, taladrante, Antonio Guiteras nació para morir combatiendo de cara al enemigo. Aureliano Sánchez Arango es el más consumado histrión de la generación del 30. Carlos Prío es un Caco que jamás trascendió la categoría de caca. El `héroe olvidado´ de nuestra generación es, sin duda, Gabriel Barceló”.[10]

El Canciller de la Dignidad: una diplomacia de nuevo tipo.

En otro momento de los tantos momentos que acompañó a Fidel en las batallas políticas dadas en la ONU.

Con posterioridad al triunfo del 1ero de enero de 1959 fue designado Ministro de Relaciones Exteriores. En octubre de 1965, en el inolvidable acto donde Fidel dio a conocer la carta de despedida del Che, fue presentado como miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba.[11]

Luis M. Buch, a la sazón secretario del Consejo de Ministros durante el primer gobierno revolucionario, narró las circunstancias en las que se produjo el nombramiento de Roa al frente de la actividad exterior, así como varias de las características de su predecesor en tan alta responsabilidad:

“Para dirigir los asuntos externos del país, el presidente Manuel Urrutia Lleó nombró, en su exilio estadounidense, al doctor Roberto Agramonte Pichardo, profesor universitario, político ortodoxo de tendencia conservadora, de escasa personalidad. Agramonte no hizo virtualmente política exterior, y se limitó a administrar el Ministerio de Estado, el que mantuvo, estructural y organizativamente, casi por igual a como lo heredó de la dictadura. Agramonte no logró desprenderse del viejo, incómodo y pesado hábito de los políticos cubanos, de mirar al norte antes de hacer política exterior. El doctor Agramonte fue sustituido en la crisis ministerial de la noche del 11 de junio de 1959. Antes de comenzar la reunión del Consejo de Ministros, Agramonte se excusó por tener una cena con Philip W. Bonsal, embajador de los Estados Unidos. (…) Fidel, en el Consejo de Ministros, fue crítico de la manera poca revolucionaria con que Agramonte había afrontado las tareas y responsabilidades derivadas de su cargo. Se determinó sustituirle. A propuesta de Fidel, el presidente y el Consejo de Ministros acordaron designar en su lugar al doctor Raúl Roa García, representante de Cuba ante la Organización de Estados Unidos (OEA), con sede en Washington. El doctor Raúl Roa García era un hombre arisco, nervudo, de estirpe mambisa. Una personalidad simpática y rebelde; arquetipo del intelectual de edad para una revolución irreverente con los poderes e intereses creados. Era un revolucionario de siempre, de la Generación del Treinta y de los tiempos de Fidel. Es recurrente encontrar en viejos funcionarios del servicio exterior cubano la expresión de que la Revolución llegó al Ministerio de Estado con Raúl Roa”. [12]

Uno de sus discípulos en la hermosa tarea de defender, en los más insospechados escenarios internacionales, el proyecto emancipatorio que se levantaba lo recordó así:

“En la zafra de 1970 me encontraba representando al Minrex en el central Eduardo García Lavandero y se nos presentó un incidente con el uso de las cortadoras de caña que trajo aparejado una actitud poco constructiva, yo diría negligente, de parte de varios operadores de aquellos equipos, pero fundamentalmente de funcionarios a otro nivel. De regreso a La Habana fui a explicarle a Roa lo acontecido, buscando su consejo, y recuerdo que me contestó: `Gordo, calma, que aquí lamentablemente el HP se da como el mango, silvestre y frondoso´”.

A lo que sumó en otro momento:

“Antes de partir para Pakistán, me entrevisté con el canciller Roa, que no perdió la oportunidad para añadir docencia a la conversación. Me habló de la situación política que encontraría en aquel país y su conflicto con la India, la raíz del problema de Cachemira: `otra acción de la pérfida Albión para hacer perdurar la división indo-pakistaní´. (…) Sin dejar de mover los brazos, características de su modo de conversar, me despidió en la puerta del despacho, recordándome: `Cuba no es una potencia económica y mucho menos militar, nuestro motor está en lo político, en nuestros principios, en fin, recuerda que nuestras armas son el tabaco y la simpatía. Tampoco olvidar a José Ingenieros, quien nos dijo: `Nada es y todo deviene`”. [13]

Una de las características inherentes a su personalidad fue el sentido del humor, que puso de manifiesto en las más inverosímiles situaciones. Varios de sus amigos y colaboradores contaron diferentes anécdotas sobre este particular:

“En una ocasión tuve problemas con un rector violento de la Universidad de Las Villas y fui expulsado de ella sin consideración alguna a mis trabajos culturales. Roa fue el juez enviado a investigar el caso. Nunca olvidaré su generosidad y su indignación por lo que hicieron conmigo. Me aconsejó que continuara trabajando editorialmente y me entregó la dirección de una revista para la investigación cultural general de Cuba y otras naciones a la que nombré Signos. (…) Para mí, si Roa hubiera cultivado el humor como un firme estilo, se hubiera convertido en uno de los grandes humoristas de la lengua, pues su mente era rápida y relampagueaba alegremente”. (Samuel Feijó)

“A la primera recepción que yo acudí fue en la Embajada de Egipto en Cuba. Roa conversaba con un grupo de amigos y yo estaba arriba así, mirando. Hubo un silencio en ese momento y se oyó la voz de Roa que dijo: `Les presento al embajador de Japón: To Cacaíto´. Él me decía a mí el japonés porque soy achinado así. El mal rato que me hizo pasar fue tremendo. Te digo eso porque era conmigo y no me sentí ofendido, al contrario”. (Héctor Rodríguez Llompart)

“Como tú sabes, papá era experto en hacer bolas con la miga de pan. Cuando yo era niño, las hacía y me las tiraba. En 1961, íbamos de Leningrado a Moscú en avión, con Osvaldo Dorticós, y Organov, presidente del Soviet Supremo de la entonces República Federativa Rusa. Organov iba dormido y se encienden las luces indicando que descendíamos. Papá le lanzó una bolita que lo golpeó en la frente y se despertó sorprendido. El viejo le gritó: -¡Organov!-, y apuntó a las señales. Organov le respondió: -`Spasibo´- (gracias)”. (Raúl Roa Kourí)

“El Ministro era único. Para mí fue una felicidad y me siento orgulloso de haber trabajado con él. Durante varios años fui su chofer. Un hombre muy chistoso y muy compañero de uno. Llegamos a compenetrarnos de tal manera. (…) Un hombre que le gustaba enseñar. Teníamos la guarnición frente a su casa. Por la mañana, cuando él bajaba, yo tenía que preguntarle algo de la política internacional. Si no le preguntaba algo, él me decía: -Ven acá, chico, ¿no te interesa ya la política internacional? Le decía que sí y le preguntaba qué hay de nuevo, que pasa en tal lugar. Y ahí me explicaba. Era amigo de enseñar, de educar. Después me decía: -Ahora te voy a preguntar a ti, ¿Cómo anda la pelota? A él le gustaba mucho la pelota. A tal extremo que cuando yo no estaba trabajando, en varias ocasiones fue a buscarme a Palatino, donde yo vivía entonces y nos íbamos para el estadio. Yo me ponía contento, íbamos a ver a Industriales, a ver pichear a Changa Mederos. También me preguntaba por el boxeo y otros deportes, Él me decía: -Por eso me gusta que vengas conmigo, porque así intercambiamos, nos mantenemos al día los dos. También me comentaba: -Yo tengo la universidad de la escalinata y tú tienes la universidad de la calle”. (Rolando Conde) [14]

Una de las grandes virtudes de Roa era saber escuchar

La pasión por el béisbol, por cierto, fue algo recurrente a lo largo de su vida. Jorge Bolaños, uno de nuestros más prestigiosos diplomáticos, fue otro de los compañeros del Minrex testigo de ese peculiar vínculo.

“Roa conocía profundamente sobre el béisbol y, como casi todos los cubanos, polemizaba al respecto. Sabiendo que en mi juventud yo había jugado pelota organizada, en varias ocasiones también me fue a buscar para presenciar partidos en el Latino. Era de lo más gracioso porque, con su forma desenfadada, se paraba debajo de mi edificio y gritaba enérgico ¡Bolañooos…! En sentido general le gustaba rodearse de los jóvenes”. [15]

Durante su infancia en la barriada de La Víbora se involucró, como el resto de los muchachos, en las travesuras propias de la edad. En aquellos años, confesó, “mataperreaba” en la zona divirtiéndose de lo lindo con la pelota de “manigua”. [16] No le fueron ajenas tampoco calles bulliciosas, de demarcaciones distantes a su morada, ni tranvías traqueteantes a los que prefería “atornillarse”.

Dicho contacto con la médula misma de su ciudad fue moldeando en él, lo comprobaríamos más tarde, el nervio que lo conectó sin aspavientos al pueblo que representaba en foros de aquí o a cuyá.

Vistió de traje en salones de encumbrado protocolo, pero jamás abandonó los atuendos culturales aprehendidos junto a muelles y solares. Ese acervo, que no se adquiere por imitación, fue –en el léxico beisbolero que tanto empleó- su mejor lanzamiento o batazo: una mezcla vigorosa y refinada de las rectas y sliders de José de la Caridad Méndez, el “Diamante Negro”; Adolfo Luque, “Papá Montero”; Conrado Marrero, el “Guájiro de Laberinto”, o el “Inmortal” Martín Dihigo, con las conexiones siderales y el juego pimentoso de Alejandro Oms, Cristóbal Torriente, Orestes Miñoso, el “Cometa Cubano”, Pedro “Perico” Formental; Roberto Ortiz, el “Gigante del Central Senado” y también con Don Miguel Cuevas, Pedro Chávez y Armando Capiró.

No dejó nunca de ser ellos -ni tampoco Chano Pozo, Alejandro García Caturla o Ernesto Lecuona-, constituyendo precisamente ese uno de sus atributos de mayor significación: en el estrado de Naciones Unidos, conociendo también que su aldea no es el mundo, Roa era un pueblo que se expresaba mediante el verbo mágico que desbordaba compromiso.

Los diplomáticos de “carrera” que enfrentó, no se separaban una línea de los guiones preconcebidos. ¡Craso error!, ante un hombre cuyas improvisaciones parecían emanar, cual cascada irrepresable, de una fuerza tan profunda que escapaba a la detención de los radares enemigos.[17]

Un arsenal tan potente se perfecciona en las aulas, pero solo puede adquirirse palpitando junto a los humildes. ¿Acaso comprenderá esta sentencia la oposición escuálida venezolana que, ni apoyada por el imperialismo yanqui, fue capaz de imponerse a ese torrente que constituyó para la eternidad el Comandante Supremo bolivariano Hugo Rafael Chávez Frías?

Toda su vida asumió los desafíos intrínsecos, desde variopintas barricadas, a la creación revolucionaria. Ora como dirigente estudiantil, profesor, Director de Cultura del Ministerio de Educación o exiliado.[18]

Su labor como “Canciller de la Dignidad” es uno de los ejemplos cumbres, en la historia reciente, de la identificación entre un dirigente y su pueblo.

Si bien cualquier persona en nuestro país inmediatamente identifica a Roa con tan honroso calificativo, la mayoría no puede precisar exactamente a partir de cuándo comenzó a denominársele así. Eddy Martin, Premio Nacional de Periodismo José Martí, en 1998, y Héroe Nacional del Trabajo, en 1999, acompañó a Roa a diferentes reuniones, en calidad de corresponsal de Radio Rebelde. Siendo testigo excepcional de tan original “bautizo” recordó mucho después:

Como el `Canciller de la Dignidad´ le calificó el periodista costarricense Mario Ramírez, de la Emisora Radio Monumental de San José, en ocasión de la Conferencia de Cancilleres que se celebró en aquella ciudad en agosto de 1960. Ramírez era todo un personaje: periodista, locutor, fotógrafo, reportero y además, simpatizante de Cuba y de su política internacional. Mario Ramírez se ganó la confianza y simpatías del Canciller cubano por su forma de actuar. (…) Ramírez presentó a Roa y solicitó de éste que explicara a Costa Rica y el mundo, el por qué de aquella determinación de abandonar el salón de sesiones de la OEA, a lo que Roa contestó de esta forma: `Mira Mario, es que la Reforma Agraria en Cuba ha tenido un éxito extraordinario´. Ramírez se queda perplejo ante aquella respuesta y le pide que se la aclare. El texto de aquella breve entrevista explica por sí solo el sentido del humor de Roa. `Mario, mira si ha sido exitosa la Reforma Agraria en Cuba que ya estamos exportando huevos al mundo entero´. Ramírez, convencido, le dijo: `Ah sí doctor, eso es muy significativo, muy significativo”. [19]

La palabra como arma de lucha.

Su destreza como polemista quedó validada, en los más insospechados anfiteatros, decenas de veces. En materia escrita su pluma desbrozó, cual estilete punzante, artilugios y patrañas orquestadas por adversarios de menor o mayor talante. En ese ámbito se inscribe la misiva remitida a Jorge Mañach, el 18 de noviembre de 1931, desde el Hospital Militar de Columbia:

“De algún tiempo a esta parte, he notado que, a veces sin comerlo ni beberlo, y otras con la mejor buena fe, te has convertido, por obra y gracia de tus gratuitos denostadores, en un back-stop para sus vituperios. En este caso tienes que convenir en que la coyuntura polémica -se refiere al debate entablado con Porfirio Pendás (HPC)- fue propiciada por ti. (…) Desde luego, tú puedes seguir considerando y sosteniendo que el marxismo es un dogma, y confundiendo deplorablemente a Carlos Marx con el Papa. Pero lo evidente, amigo Mañach, es que, aun para los círculos intelectuales menos sospechosos de radicalismo, el marxismo es, en su contenido histórico, una interpretación dialéctica de los procesos sociales, una verdadera sociología, y, en su contenido filosófico, una visión peculiar de la vida y de sus problemas, una explicación materialista del mundo, que aspira también a transformarlo”. [20]

Asimismo no deja, el 20 de agosto de 1934, que pase inadvertida la interpretación farisaica que, sobre la realidad cubana, realiza una vocera de la burguesía:

La señora Pilar Jorge de Tella ha lanzado, desde las páginas de la revista Carteles, un encendido llamamiento a las mujeres cubanas, a fin de que se organicen y se apresten a luchar, si es necesario hasta con las uñas y a mordiscos, contra el comunismo, que es, según ella, la `herencia criminosa´ que nos dejaron los gobiernos de Machado y Grau San Martín. El llamamiento me parece justo en labios de la aludida señora. Responde, perfectamente, a su condición de `alta dama de nuestra mejor sociedad y feminista de abolengo´. No sería honrado pedirle que se manifestara como, pongo por caso, lo haría nuestra común amiga Charo Guillaume, que ha entregado, en heroica y generosa ofrenda, su vida a los oprimidos. La señora Pilar Jorge de Tella está, pues, cumpliendo un rol histórico, cuando propugna una ofensiva feroz, implacable y exterminadora contra el movimiento obrero revolucionario. Pero eso no es original, ni es sugestivo, ni es perspicaz. Es la manera adecuada de reaccionar de su clase. Si le replicamos no es precisamente por eso, sino por el estilo de su argumentación que, queriendo ser aplastante, deja intacto lo que pretende destruir. Tiene razón la señora Jorge de Tella cuando afirma que nos encontramos en plena crisis. Pero no es Machado la causa, ni lo es Grau San Martín. Ni tampoco Mendieta. Eso equivaldría a tomar el rábano por las hojas, que es el método más correcto de pasar por alto la verdadera clave de los problemas. Machado, Grau San Martín, Mendieta y los que lo sustituyan, son expresiones políticas del sistema histórico vigente, que tiene ya la entraña podrida en el mundo entero. La responsabilidad de esos individuos está en razón directa de la eficacia con que sirvieron o sirvan los intereses de ese sistema. Machado fue, en ese sentido, quien lo sirvió con más celo y rendimiento, a costa de la miseria y de la opresión del pueblo de Cuba. Grau no le sirvió, ni pudo servirlo, no obstante sus sangrientos esfuerzos por hacerlo, porque su gobierno carecía de la composición de fuerzas indispensables para injertarse, con éxito, en la mecánica imperialista. De ahí su zigzagueo, su demagogia constante, su política desorientada y sin coloración definida. De ahí su caída, como cayó Machado, al entrar en contradicción con el imperialismo, a virtud de las condiciones políticas desfavorables a su auge y explotación, creadas por su mandato criminal e incapaz”.[21]

Otro ejemplo de duelo esgrimístico, mediante las letras, lo tenemos en el encontronazo con Ramón Vasconcelos, acecido en 1947. El periodista liberal lanzó un ataque contra la izquierda revolucionaria. Roa, colocando en su mirilla la esencia del asunto, nuevamente alcanzó un disparo en el centro de la diana. El laureado escritor Lisandro Otero, en su artículo “El pensamiento revolucionario de Roa”, analizó el particular:

“Roa establece un balance objetivo entre el pro y el contra del grausato y concluye: `Más que por lo que ha hecho Grau San Martín será juzgado por lo que pudo haber hecho y no hizo. Prometió el paraíso y nos lanzó al purgatorio´. Y concluye premonitoriamente su réplica a Vasconcelos. `…las revoluciones ni se inventan, ni se promulgan, ni se imponen. No se entra en ellas por generación espontánea. Un largo proceso las incuba, prepara y desata. Sólo cuando la sociedad se ve coactivamente detenida en su evolución, la revolución germina y madura”.[22]

Fue igualmente irrepetible, cuando se trataba de reverenciar a algún compañero de lucha o a figuras prominentes de cualquier latitud. He aquí, además de los ejemplos expuestos, dos casos de su singularidad discursiva. En el primero de ellos, teniendo como inspiración al excepcional escritor azteca Alfonso Reyes Ochoa, declaró, el 28 de noviembre de 1955:

“En la luminosa y cóncava intimidad de su biblioteca, Luis A. Baralt, Calixto Masó y yo, hemos puesto en manos de don Alfonso Reyes el título de Doctor Honoris Causa en Filosofía y Letras que le otorgara la Universidad de La Habana hace ya varios años. Tan grata y honrosa encomienda me ha traído de nuevo a la antigua Tenochtitlán. (…) La excepción que hizo la Universidad de La Habana con don Alfonso Reyes fue reciprocada por éste con otra excepción: la entrega formal del diploma que le trajimos. El acto se efectuó, como ya dije, en su biblioteca, en la célebre capilla alfonsina, prodigioso anfiteatro constelado de libros, mariposas, cuadros, pergaminos y estatuillas. Minúscula la concurrencia y cálida la atmósfera. En nombre de nuestra Universidad y de la comisión leyó acendradas y efusivas palabras Luis A. Baralt. Mariano Brull, poeta de la más pura estirpe, recitó unos claros y hondos versos de ocasión que sacudirán perennemente a don Alfonso. Éste respondió con un irisado surtidor de ingenio, donosura y gratitud. El recuerdo de Cuba y la presencia de México se le fundieron en plástica y melódica imagen. Arte mayor en tono menor fue la tónica de aquel platónico banquete del espíritu, en el que se afirmó la libre comunión de los hombres en el amor a la belleza, a la justicia y a la verdad. No en balde era el homenaje de una Universidad erecta a un escritor insobornable. Un homenaje, en suma, de la cultura digna a la dignidad culta”.

En el segundo, tres años después, declara en el elogio doctoral a Augusto Pi Suñer:

“La influencia de Pi Suñer en los fisiólogos hispanoamericanos fue temprana, decisiva y perdurable. En Argentina, México, Colombia y particularmente, en Venezuela, donde reside desde su enaltecedor destierro en 1939, ha sido promotor y guía de investigaciones y estudios en el área de la fisiología general, de los mecanismos de correlación fisiológica y de la actividad químico-nerviosa del sistema neurovegetativo. (…) Las investigaciones de Pi Suñer en el campo de la fisiología y de la biología se caracterizan, no solo por su íntima trabazón sistemática, sino también y, sobre todo, por su hondo sentido filosófico, lo cual imprime a su obra un acento y un alcance que traspasan la pura búsqueda de la verdad natural. (…) Jubilado ya de sus obligaciones académicas y profesionales, don Augusto Pi Suñer puede hoy contemplar satisfecho, en la modesta residencia de Caracas donde discurre serenamente su lúcida ancianidad, la próvida parábola de una larga vida cargada de labores, afanes y deberes. No cayeron en terreno baldío las semillas de su infatigable impulso creador”.[23]

Con relación a su labor periodística, desarrollada en Línea, Mediodía, El Mundo y otros rotativos, se perfilan aspectos distintivos, al igual que en el resto de los campos en los que incursionó.

Hace algunos años, en una tesis de grado que luego fuera publicada, uno de nuestros más avezados periodistas, evaluó:

“En las condiciones de la lucha de clases, Roa desarrolla el periodismo de opinión, en el que se aglutinan géneros que por sus características son la forma de expresión idónea para persuadir, convencer y guiar al lector receptor. El artículo, el comentario, el artículo de fondo, necesitan de un profundo análisis y argumentación por parte del autor. Persiguen la exposición de una tesis y su comprobación, con la cantidad de elementos imprescindibles para convencer y preocupar al público. Lograr este objetivo es casi imposible sin una redacción ágil, amena e interesante. Es por ello que figuras literarias como el símil, la metáfora y la hipérbole, etc.…van a aparecer en el llamado periodismo de opinión. (…) La obra periodística de Raúl Roa no es propia de un reportero en su generalidad. Roa escribió para el futuro de ayer, que es el presente de hoy”. [24]

En 1976 fue electo Vicepresidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, en su I Legislatura.

Su escritura postrera devino El fuego de la semilla en el surco, en realidad una empresa que databa de 1935, cuando Judith Martínez Villena y José Zacarías Tallet le enviaron misivas a su destierro floridano, solicitándole escribiera el prólogo del primer tomo de las obras de Rubén, ante la imposibilidad de que Enrique Serpa concretara el mismo.[25]

El último adiós.

Junto a un gran amigo y revolucionario Manuel Bisbé

El martes 6 de julio de 1982 dejó de existir físicamente. Su sepelio constituyó una extraordinaria demostración del cariño que le profesaba el pueblo. En el Aula Magna de su queridísima Universidad de La Habana miles de personas le rindieron homenaje, entre las 10 de la noche y la tarde del día 7.

Poco antes de las 3 y 30 pm arribó el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, para realizar la última guardia de honor. Lo acompañaron el Comandante de la Revolución Ramiro Valdés Menéndez, José Ramón Machado Ventura, Armando Hart Dávalos, Julio Camacho Aguilera, Jorge Risquet Valdés y Arnaldo Milián. Desde el recinto docente partió el cortejo hacia el Cementerio de Colón.

En la necrópolis, también con la presencia del General de Ejército Raúl Castro Ruz, el Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque y Flavio Bravo, presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, un armón cubierto por la enseña nacional, y escoltado por seis coroneles de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, contenía su cuerpo inerme.

En la despedida de duelo Armando Hart, Miembro del Buró Político del PCC y Ministro de Cultura, expresó:

“Roa supo siempre interpretar en forma cabal la línea y las posiciones de Fidel. (…) No se podrá escribir la historia de la diplomacia moderna en el mundo, sin recoger las luchas y la obra que en este campo llevó el `Canciller de la Dignidad´”.[26]

Luego de las palabras de Hart los familiares recibieron las condolencias, entre otros, del Comandante de la Revolución Sandinista Jaime Wheelock, el distinguido intelectual guatemalteco Guillermo Torriello, Presidente del Tribunal Antiimperialista Centroamericano y del ex presidente dominicano Juan Bosch, así como de los delegados al III Congreso de la UNEAC, en cuya sesión inaugural, que se había hecho coincidir con el 80 cumpleaños del Poeta Nacional Nicolás Guillén, se realizó un minuto de silencio.

A treinta y tres años de su partida física el ejemplo imperecedero de Roa está más vivo que nunca, de manera particular entre los hombres y mujeres que nos representan con hidalguía a nivel foráneo, en múltiples ámbitos. A no dudarlo, cada médico que salva una vida en los más intrincados parajes de la geografía planetaria, lo tiene como inspiración para llevar adelante su abnegada labor.

Desde esa óptica, emoción inigualable nos han proporcionado durante los últimos meses los profesionales de la salud que combatieron el ébola en Sierra Leona, Liberia y Guinea, o socorrieron a las víctimas de las inundaciones en Chile y ayudan a las del terremoto en Nepal, unidos a los que desde los cerros venezolanos y el amazonas brasileño dan continuidad a una práctica altruista, comenzada con el envío de una brigada médica a Argelia, en los albores del triunfo.

Asimismo, porque la diplomacia revolucionaria tiene como protagonista principal a nuestro pueblo, la nutrida embajada atlética que en las próximas horas se entregará por entero al empeño de mantener el segundo lugar por naciones en los Juegos Panamericanos de Toronto –alcanzado desde la cita de Cali, en 1971, al que hay que añadir la cota dorada máxima en la edición de La Habana 1991- contará como referente con el accionar límpido de Roa, en los más complejos contextos internacionales.

Mención especial a los que se desempeñan en el servicio exterior y que, jornada a jornada, hacen realidad los principios de trabajo y la conducta ética que Roa insufló a esa profesión, con su excepcional impronta.

Hace apenas unos días, la doctora Isabel Allende Karan -con una vasta experiencia como diplomática y quien en la actualidad es la rectora del Instituto Superior de Relaciones Internacionales “Raúl Roa García”- narraba con orgullo el ímpetu con que se volcaron a las calles capitalinas los estudiantes de ese centro, en la tarde del pasado 17 de diciembre, al conocer el retorno a la Patria de Gerardo, Antonio y Ramón.

Sus palabras nos hicieron evocar inevitablemente, como símbolo de esa continuidad entre las diversas generaciones de revolucionarios, el hecho de que Gerardo y Fernando egresaran de esas aulas a finales de la década del 80, justo antes de cumplir, como recién graduados universitarios, misión internacionalista en la República Popular de Angola.

No en balde los jóvenes de hoy de esa prestigiosa institución, conscientes de los desafíos futuros, mostraron con elevado sentido de pertenencia en un evento científico que convocó a numerosos profesionales del ramo (al igual que hicieron en la marcha mencionada) un pullover donde se lee, mediante el lenguaje juvenil que denota su compromiso incondicional con dichas tradiciones: “Los estudiantes del ISRI: de la talla de Roa”.

Notas, citas y referencias bibliográficas.

[1] Los análisis de Roa en ese período marcaron a toda una generación de estudiantes progresistas. Desde el punto de vista histórico sobresalen, además de sus artículos sobre nuestro país, las evaluaciones acerca del contexto en que tuvo lugar ese acontecimiento mayúsculo que constituye la Revolución Francesa. Explica el querido profesor: “La imagen que ofrece la estructura de Francia en la segunda mitad del siglo XVIII es sobremanera compleja. No puede decirse todavía que están maduras las condiciones objetivas de desarrollo de las formas capitalistas de producción. Tampoco puede negarse que las fuerzas económicas en que se apoyaba el antiguo régimen estaba ya en franco proceso de agotamiento. (…) La caza, el juego, la prostitución, y el agio constituían la forma fundamental de la vida de la corte. No es raro que los cortesanos más despiertos y ambiciosos se aburran de esa dorada molicie y aspiren a trocar el papel de figurones por el desempeño de funciones más útiles y dignas. Las ideas nuevas encuentran abono en sus conciencias. (…) La jerarquía eclesiástica era dueña de una cuarta parte de las tierras labrantías. Los cardenales, obispos y abades percibían una crecida renta anual de sus diócesis y bienes. En 1789 todos los obispos de Francia, sin excepción, eran nobles y vivían en la corte. Parece obvio añadir que entre la jerarquía eclesiástica y los humildes curas de misa y olla existía un profundo abismo. El clero constituía, sin embargo, como estamento, un grupo orgánico y solidario del régimen, compartiendo con la nobleza las responsabilidades y los frutos de la explotación del paisanaje. Los propietarios del suelo ejercían derechos feudales sobre campesinos y las tierras que cultivaban en usufructo. (…) El campesinado estaba sometido, como clase, a un férreo sistema de restricciones y carga que le impedían un desarrollo económico independiente. La mayor parte de su ingreso iba a engrosar las arcas de la nobleza y del alto clero. Solía habitar en chozas de barro. Su alimentación era escasa y deficiente. (…) No podía efectuar la recolección de las cosechas hasta tanto no lo hicieran los señores. Sus sembrados se encontraban a merced de los partidos de caza organizados por los nobles. A estas obligaciones de tipo feudal, se asociaban los impuestos por la iglesia y la mayor parte de las tasas nacionales. En el orden político y civil, carecía de todos los derechos. (…) La sociedad absolutista se asentaba en una burocracia centralizada que asume el efectivo control de la vida pública de Francia a partir de 1614, fecha en que dejaron de convocarse los estados generales.” Raúl Roa: “Estructura y carácter de la sociedad absolutista”, en: Escaramuzas en la víspera y otros engendros, Editora Universitaria, Universidad Central de Las Villas, 1966, pp. 115-118.

[2] Pablo de la Torriente recuerda su presencia en una de las encendidas asambleas estudiantiles en la que participaron: “Es recibido también por una enorme ovación. La masa grita: `¡Se soltó el loco!´, nombre con que es conocido generalmente el estudiante izquierdista. (…) Al terminar Raúl Roa su sólida estructuración del problema, recibió una gigantesca ovación.” Pablo de la Torriente Brau: ¡Arriba Muchachos!, Ediciones La Memoria, Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 2001, pp. 52-54.

[3] En las páginas de este volumen se recogen los ejercicios presentados por Roa, como aspirante a titular de la Cátedra de Historia de las Doctrinas Sociales, de la Universidad de La Habana. Esta propuesta editorial resultó novedosa en su época, debido a la concepción tradicional de encasillar estos asuntos exclusivamente en el campo docente. Justipreciando el valor de las páginas sometidas a la consideración de los lectores, escribe el prologuista: “Los temas que toca Roa dentro de los límites imperiosos de que dispone por la ley de oposición, son valiosísimos; pero, a pesar de ello, el opositor los presenta con toda la armonía posible y dentro del fondo histórico que les corresponde de acuerdo con la naturaleza de la cátedra. Algunos con más extensión y otros con menos, según su propia índole, revelando siempre veracidad por encima de todo, agilidad mental, ponderación mesurada, y una actitud crítica correcta. Roa procede con sentido claro de la medida, con precisión dialéctica y sin que su palabra descienda del tono universitario a que obliga esta exposición.” El autor, por su parte, reflexiona que: “La significación de nuestra ciencia no necesita ser esclarecida. Salta por sí misma. Baste solo decir que su objeto de conocimiento es el tema central de nuestra época y que el destino mismo de la cultura está vinculado al destino de la cuestión social. (…) En la Historia de las Doctrinas Sociales hay que penetrar con ademán sereno y la pupila limpia de prejuicios y su exposición académica debe estar presidida por la más plena objetividad.” Realizando una evaluación de los textos seleccionados como material para la impartición de la misma recalca: “En cuanto a la determinación de la bibliografía de la ciencia objeto de esta cátedra, me parece ocioso advertir que no ha sido ésta agotada. Ni siquiera me propuse teóricamente ese objetivo al elaborar mi Programa. Habría sido, en verdad, empresa vana. Agotar una bibliografía no significa, en modo alguno, confeccionar un catálogo millonario de nombres. Semejante empeño está al alcance de cualquiera. Sobremanera fácil me hubiera sido amontonar títulos y autores; lucirlos luego, con tudesca suficiencia, más fácil todavía. Pero nada más despreciable, a mi juicio, que la simulación y la pedantería.” Estas concepciones de Roa guardan estrecha relación con el papel que le confiere a la actividad profesoral. “La docencia, aclara, no es una función privada. Ni el profesor universitario un fetiche. La misión de éste es enriquecer y no defraudar a la sociedad que lo sustenta, enaltecerla y no deprimirla, superarla y superarse. A ella se debe. Y ante ella debe estar presto a responder desde que trasciende el umbral de la enseñanza superior.” Ver: Emilio. F. Camus: “Valoración” y Raúl Roa: “Quinto Ejercicio” e “Introducción”, en: Raúl Roa: Mis Oposiciones, Editorial Alfa, La Habana, 1941, pp. 16; 175 y 9.

[4] En una de las partes de este compendio escribe, en febrero de 1950, que: “Los que perturban la paz del Caribe son los que han degollado la libertad y establecido bajalatas a la vista de todos. La paz del Caribe quedará restablecida cuando sean derrocados los perturbadores que se han impuesto, a sangre y fuego, en Santo Domingo, Nicaragua, Honduras, Venezuela y Colombia. (…) El gobierno democrático que se atreviese a dar este paso decisivo, le imprimiría dimensión histórica a su política internacional y, a la par, se defendería a sí propio y su pueblo y alentaría la resistencia de los pueblos que luchan, heroicamente, por sacudirse la esclavitud y el oprobio.” Raúl Roa: “Triunviros al desnudo”, en: Raúl Roa: 15 años después, Editorial Librería Selecta, La Habana, 1950, p. 298.

[5] Continúa aportando información sobre una figura que desafortunadamente se mantiene distante para una buena parte de nuestros compatriotas: “En las postrimerías de 1851, faltándole solo unos meses para terminar la instrucción primaria, Pablo fue súbitamente arrancado de su tierra natal. Cediendo en parte a la súplica de familiares secularmente asentados en la región de Burdeos y, sobre todo, inducidos por el afán de abrirle más amplios horizontes a la excepcional inteligencia del hijo, los padres de Lafargue habían resuelto arrendar sus cafetales e instalarse en la barroca y activa ciudad de Aquitania.”: En relación con complejas facetas familiares del teórico socialista nacido en el Caribe, argumenta: “Necesitado de ganarse la vida, Pablo Lafargue se dedicó a ejercer su profesión. Era, a la vez, clínico y cirujano. Y alternaba sus consultas y operaciones con estudios de anatomía comparada e investigaciones de laboratorio. Invertía sus horas libres en enriquecer sus conocimientos sobre folklore, historia y antropología. Todas las noches, sin faltar una, departía con Marx y Engels. La salud, visiblemente quebrantada de su suegro, era centro de sus preocupaciones. Por esos años, Laura dio a luz a dos niños, que murieron tempranamente, no obstante haber puesto Lafargue a contribución toda su sabiduría y experiencia. Preso de total escepticismo, clausuró su consultorio y renegó de la medicina. Y, para subvenir a sus necesidades, montó un taller de fotografía, arte que dominaba a las maravillas. Está será su profesión durante varios años.” Raúl Roa: Evocación de Pablo Lafargue, Cuadernos de Historia de la Salud Pública, Publicación del Consejo Científico del Ministerio de Salud Pública, La Habana, 1973, pp. 9-10 y 35-36.

[6] Ibídem, pp. 26-27. El compañero Fidel recuerda la lectura de la obra insigne sobre la genial personalidad de Tréveris: “Yo había tenido el privilegio de estudiar, y ya en la universidad adquirí una conciencia política a partir de cero. No está de más repetir lo que he contado otras veces, la primera célula marxista del Movimiento la creé yo con Abel Santamaría y Jesús Montané, utilizando una biografía de Carlos Marx, escrita por Franz Mehring”. Fidel Castro Ruz: “He vivido para luchar”, Carta a los Jefes y Vicejefes de las delegaciones que nos visitaron con motivo del 60 aniversario del asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, Granma, lunes 29 de julio de 2013, p. 4.

 

[7] Raúl Roa, Bufa subversiva, Ediciones La Memoria, Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 2006, pp. XXXIII-XXXIV.

[8] Su hijo, nacido en La Habana el 9 de julio de 1936, y que continuara los pasos de su progenitor en la arena internacional (fue embajador de Cuba en la ONU, la UNESCO, el Vaticano, Checoslovaquia, Brasil y Francia, además de secretario permanente para asuntos del CAME y viceministro de Relaciones Exteriores) se refiere a este tópico: “Raúl Roa incursionó, en sus años mozos -¡cómo no habría de hacerlo!-, en el jardín de las ensoñaciones poéticas, sin mayor fortuna al parecer, porque no he hallado un solo poema entre su abundante papelería. Pero durante nuestro exilio en México, cuando, delirante y prolífico, escribía yo más versos que Lope, me confesó su proclividad adolescente a fatigar el género”. Raúl Roa Kourí, Boleros y otras prosas, Instituto Cubano del Libro, La Habana, 2000, p. 134.

[9] Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1978, pp. 3-5. Roa abuelo nació en Cifuentes, en la provincia de Las Villas, el 22 de septiembre de 1844 y murió en La Habana el 12 de enero de 1912. Su padre Fernando Roa y Pérez de Medina había nacido en la ciudad de Coro, en Venezuela, aunque de ascendencia castellana. La madre, de pura estirpe criolla, fue Juana Travera. El adolescente Ramón, de sólo dieciséis años, tuvo que salir de Cuba, hacia Nueva York, obligado por las autoridades peninsulares. De raigambre latinoamericanista se enroló en agrupaciones que promovían la independencia de Cuba, Puerto Rico y evitaban la reconquista española de República Dominicana. Fue también uno de los más ardientes colaboradores del chileno Benjamín Vicuña Mackenna, en la guerra de Chile y Perú contra la metrópoli. Se alistó en la frustrada expedición a Cuba del venezolano José Antonio Páez y fue secretario del argentino Domingo Faustino Sarmiento, cuando fue ministro de su país en Washington. Abandonó Buenos Aires al conocer el levantamiento de Carlos Manuel de Céspedes en la Demajagua, arribando a la isla en la segunda expedición del buque “Salvador”. Luego de terrible odisea, solo sobrevivieron cinco de los que desembarcaron, se incorporó a la lucha. Quizás una de las opiniones que mejor defina su trayectoria sea la dedicatoria de Máximo Gómez, estimulándolo a recordar las heroicidades: “No olvidemos la historia, mi querido Roa, sobre todo los que como tú se ofrendaron al gran sacrificio para que este pueblo la ostente tan gloriosa. Ninguno como tú, que jamás te has manchado con la mentira, puede escribir episodios de aquella hermosa y honorable época. Escribe”. En 1890 el viejo Roa publicó A pie y descalzo, vívido relato de la corajuda travesía desde Trinidad hasta Holguín, al que alude el título. Creo conveniente reproducir un fragmento de una de las remembranzas que redactó sobre el ilustre “Generalísimo” dominicano. “Una vez, cierto fuertecillo español estorbaba el paso a los rancheros y asistentes cubanos que se dirigían a `hacer viandas´ a las estancias comarcanas. Era necesario quitar aquel obstáculo; pero tendría que ser a viva fuerza, y no había armas y municiones, suficientes para el caso; pero el General no tardó en concebir y ejecutar un plan que le salió a medida del deseo. Semejando fusiles con sus bayonetas, armó de varas aguzadas y puso como de reserva a la vista del enemigo, el grueso de su fuerza, y con el reducido grupo mal armado que tenía, marchó sobre el parapeto, y a tiros y con algaraza logró una completa victoria. A este golpe de verdadero bluff se le llamó el `ataque de las puyas´. Ya iba la revolución haciendo pininos y los mambises creciendo”. Raúl Roa: “Vindicación de mi abuelo”, en: Escaramuzas en la… Ob. Cit., pp. 281-282 y Ramón Roa: Pluma y Machete, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2001, p. 243.

[10] Ambrosio Fornet: Tiene la palabra el camarada Roa, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2007, pp. 24-25.

[11] “Justo es reconocer que en los 20 primeros años de lucha contra el imperialismo en el terreno internacional, se destacó en la vanguardia de los servicios diplomáticos cubanos el doctor Raúl Roa García, que en mérito a su destacada labor alcanzó el honroso título de Canciller de la Dignidad. El pueblo cubano siempre recordará con respeto y admiración al inquieto revolucionario que en los foros internacionales, en batalla tras batalla, con su palabra elocuente y llameante fustigó al imperialismo en todos los terrenos del campo diplomático. Sin incluir la destacada labor del Canciller de la Dignidad, no sería posible escribir la historia de la diplomacia revolucionaria”. Ángel Domingo Ferrás Moreno: Diplomacia y Derecho Diplomático, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1989, p. 115.

[12] Luis M. Buch y Reinaldo Suárez: Gobierno revolucionario cubano. Primeros pasos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2004, pp. 364-366.

[13] José Armando Guerra Menchero fue uno de los jóvenes que, con apenas 19 años, se incorporó al recién creado Ministerio de Relaciones Exteriores, encabezado por Roa, luego de subir tres años antes a la Sierra Maestra, para pelear a las órdenes de los rebeldes. Guerra Menchero, desafortunadamente fallecido el 27 de noviembre del 2007, después de permanecer durante 18 años con un trasplante renal, se desempeñó a lo largo de su fructífera carrea diplomática, extendida a 48 años, como embajador de nuestro país en China, Japón, Vanuatu, Malasia y Pakistán, unido a representarnos en Australia, India y Cambodia. Entre 1999 y 204 fungió como viceministro del Minrex y desde esa fecha hasta su muerte, como asesor del canciller cubano. Ver: José Armando Guerra Menchero: A la zaga de Roa. Memorias de un diplomático, Editorial José Martí, 2008, pp. 26-27.

[14] Manuel González Bello: El Canciller, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1999, pp. 83-85.

[15] Testimonio brindado a solicitud del autor de este trabajo. El compañero Bolaños, entre otras responsabilidades, fue embajador en Polonia, Checoslovaquia, Reino Unido, Brasil, México y Jefe de la Sección de Intereses en Washington, además de fungir como viceministro primero del Minrex. En la actualidad brinda sus conocimientos a los jóvenes, como profesor del Instituto Superior de Relaciones Internacionales, que lleva el nombre del inolvidable Canciller de la Dignidad.

[16] En el Tomo I del libro Retorno a la alborada, que editó la Universidad Central de Las Villas, aparece una crónica escrita por Roa, acerca de un “memorable” juego de pelota en el que se vio inmerso en agosto de 1920, en el campeonato infantil de Víbora Park. Con fino humor narra los hechos que curiosamente lo tuvieron como protagonista. Describiendo primero al director de su novena, escribió: “Pero Ruperto Mayabeque era, asimismo, un manager de calidades egregias y de enciclopédicos conocimientos. Cabe decir que, en punto a pelota, sabía hasta donde Ty Cobb y Connie Mack empezaban a ignorar. Hubiera podido llegar hasta las Mayores si fuese más modesto de lo que es. (…) Pero volvamos a lo que iba. Ruperto Mayabeque nos había reunido aquella tarde, en el traspatio de su casa, para revelarnos, previo juramento solemne, los secretos de su hermenéutica. No difundiré, tampoco, ahora, lo que entonces me comprometía a callar. Me limito a referir que esos secretos, trucos estupendos en su mayoría, nos permitieron ganar invictos el campeonato”. Más adelante, rematando con la intensidad de un pasaje de Dashiell Hammett en El halcón maltés o de las pesquisas del detective Philip Marlowe, creado por Raymond Chandler, nos regaló un final que revela su irrenunciable amor por este deporte: “Dos veces consecutivas abaniqué la brisa. Después, varios fouls que arrancaron blasfemias. Primera bola, segunda bola, tercera bola. Tremenda disyuntiva para él y para mí: tres y dos. En ese preciso instante, Ruperto Mayabeque se me encimó, abruptamente, y me susurró al oído, con mefistofélico acento: `Discóbolo, jaque, frú, frú´ Y lo que aconteció, a seguidas, puede ya presumirse: boté la pelota, gané el juego y todo cubierto de flores fui llevado en andas, por la muchedumbre enfebrecida, hasta el portal de mi casa. Ruperto Mayabeque lloraba de gozo, mientras mi novia sonreía, conmovida, bajo una sombrilla rosada”. Raúl Roa: “Pelota”, Ver en: Eddy Martin: Memorias a los setenta y… Ediciones SI-MAR, La Habana, 2004, pp. 97-98.

[17] José Fernández de Cossío, con larga trayectoria como embajador de nuestro país, expresó sobre él: “Roa aportó frescura, osadía, carácter. Fue un canciller exótico en el ámbito mundial, revistió a la esfera diplomática, en las circunstancias en que tuvo que hacerlo, de un nuevo lenguaje; Roa inauguró una época nueva en la manera de hablarle a los norteamericanos. No era un lenguaje propio del sistema multilateral de las Naciones Unidas. Creó un estilo novedoso, fresco, directo; no hay nada en Roa que fuera indeciso, que pudiera tomarse como una expresión ambivalente, tenía una claridad, un compromiso absoluto con la Revolución, los principios de la Revolución y la defensa de la Revolución. A veces uno lee los discursos en la ONU y algunos cancilleres no dicen nada, y en el caso de él cada párrafo tiene un contenido. No resistía las cartillas, los catecismos; a él le gustaba producir con frescura, y así se expresaba. Rechazaba el lenguaje ese dogmático, por naturaleza”. Manuel González Bello: El Canciller… Ob. Cit., p. 202.

[18] Sobre esta etapa poco conocida de la vida de Roa, su vástago contó: “Eran los años del priato y mi padre había aceptado ser Director de Cultura del Ministerio de Educación, que entonces dirigía Aureliano Sánchez Arango (a condición de poder ejercer el cargo con entera libertad), desde donde desplegaba una intensa obra, con la colaboración de muchos de los amigos presentes en aquellas tenidas finisemanales. Fue la época de las `misiones culturales´, del `tren de la cultura´ (que llevó al ballet de Alicia Alonso, el teatro, la música de concierto, la pintura y el libro a todo lo largo de la isla), de los salones de humorismo en el Parque Central de La Habana, del resurgimiento de las ferias del libro, de la inauguración del Mensuario de Arte, Literatura, Historia y Crítica, la fundación del Ballet de Alicia Alonso y de programas como: `El teatro experimental del aire´ (en la radio) y `Una hora de arte y cultura´ (en la televisión), así como la publicación de obras de Pablo de la Torriente, Ortiz, Ramón Roa, Andrés Iduarte y otros escritores nativos y extranjeros. Algo que comenzó con Roa y terminó, en la práctica, cuando renunció al cargo. El golpe castrense del 10 de marzo de 1952 cancelaría, poco después, durante siete años terribles, toda ventana oficial hacia la cultura”. Ver: Raúl Roa Kourí: Boleros y otras prosas…, Ob. Cit., p. 124. Poco antes de la redacción de estas líneas, la colega Danay Ramos Ruiz – profesora del Departamento de Historia de la UH- discutió con éxito su Doctorado, precisamente con una tesis sobre la actuación de Roa al frente de la citada Dirección.

[19] Eddy Martin: Memorias a los setenta y…Ob. Cit., pp. 93-94.

[20] Bufa…Ob. Cit., pp. 193-197.

[21] Raúl Roa: “Réplica a Pilar Jorge de Tella”, en: Ibídem, pp. 223-224.

[22] Granma, Jueves 8 de julio de 1982, Tercera Edición, p. 2.

[23] Arnaldo Rivero Verdecia: Honoris Causa 1926-1996, Editorial Félix Varela, La Habana, 1996, pp. 132-133 y 208.

[24] Orlando Oramas León: Raúl Roa. Periodismo y Revolución, Editora Política, La Habana, 1983, pp. 67-68. Oramas publicó recientemente, en coautoría con el joven Jorge Legañoa -que en la actualidad es subdirector de la Agencia de Información Nacional (AIN)- Los cuentos del arañero, excelente texto que devela la profunda sensibilidad humana del eterno Comandante Presidente de la Revolución Bolivariana Hugo Rafael Chávez Frías

[25] “En 1978, la Editorial Letras Cubanas, dio a la luz, además del libro ya citado –La pupila insomne (HPC)- , a los trabajos políticos, la narrativa, las crónicas, la correspondencia y la producción poética de Rubén que no apareció en aquel. Prácticamente sus obras completas. Mi padre comenzó a escribir un prólogo para esta edición, en dos tomos, de la obra de Martínez Villena y resultó ser el libro que ya, desde su exilio en Tampa, había anunciado a Judith y a Tallet: El fuego de la semilla en el surco. Empero inconcluso, fue publicado por la misma editorial póstumamente. A pesar de haber escrito el último capítulo, que yo leí en uno de mis viajes a Cuba desde la ONU, mi padre lo hizo trizas porque `no había logrado el final beethoviano´ deseado. Ya no pudo escribirlo de nuevo”. Raúl Roa Kourí: Boleros y otras prosas… Ob. Cit., pp. 147-148.

[26]Granma, Ed. Cit., pp. 1-5.

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