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El único camino posible

Cuerpos horriblemente mutilados, hierros retorcidos e incandescentes lanzados a cientos de metros de distancia, fuego por todas partes, estruendo de proyectiles al estallar cuando los alcanzaban las llamas, gritos de dolor de los heridos, convirtieron en un verdadero infierno el muelle de la Pan American Docks, del puerto de La Habana, donde volaron por los aires, aquel 4 de marzo de 1960, estructuras completas del buque francés La Coubre, que traía armas para la defensa de la naciente Revolución cubana.

A una primera explosión siguió otra, minutos después, que sembró la muerte y el dolor en los obreros de otros muelles, vecinos, bomberos, soldados rebeldes y policías que habían acudido para colaborar con las operaciones de salvamento. Se encontraron los restos de un centenar de personas, los heridos superaron los 200, seis marineros franceses perdieron la vida, otros cuerpos nunca aparecieron.

Las víctimas fueron veladas en la sede de la Central de Trabajadores de Cuba, donde les rindieron homenaje miles de personas. Al día siguiente una imponente peregrinación, encabezada por Fidel y los principales dirigentes de la Revolución, acompañó a los caídos al cementerio.

Más de medio siglo después, Estados Unidos sigue sin desclasificar informaciones sobre aquellos hechos, aunque todos los indicios apuntan a un sabotaje preparado por la Agencia Central de Inteligencia de ese país, el principal interesado en impedir el fortalecimiento militar de Cuba para resistir y enfrentar los ataques de quienes pretendían impedir el rumbo independiente escogido por el pueblo.

La versión de un accidente ocurrido al manipular las cajas de armamentos fue desmentida ese mismo día con una prueba irrefutable: dos cajas de granadas de los dos tipos que venían en el buque fueron montadas en un avión y lanzadas desde 400 y 600 pies, respectivamente. Al penetrar varios pies en tierra por el impacto, se destruyeron las cajas de madera pero las granadas no hicieron explosión. Las mostró Fidel en la despedida de duelo donde al analizar en detalles lo ocurrido subrayó que los explosivos para que estallen, hay que hacerlos estallar.

No era la primera vez que los cubanos sufríamos actos terroristas. Solo entre 1959 y 1960 avionetas procedentes del norte habían lanzado bombas incendiarias sobre centrales azucareros, cañaverales y ametrallado zonas pobladas. Era apenas el inicio de una política criminal que se iría recrudeciendo en las próximas décadas.

El Comandante en Jefe reiteró en las honras fúnebres que Cuba no se acobardaría, que la Revolución no se iba a detener y no solo resistiríamos, sino sabríamos vencer cualquier agresión, porque nuestra disyuntiva continuaba siendo la misma de aquella con la que se inició la lucha: la de la libertad o la muerte. “Solo que ahora, subrayó, libertad quiere decir patria. Y la disyuntiva nuestra será patria o muerte”.

Con esa frase en los labios salieron a combatir los defensores del rumbo socialista en las arenas de Playa Girón y se convirtió en consigna de todo el pueblo en momentos decisivos del proceso revolucionario.

La convicción resumida en esas palabras nos hizo fuertes ante los ojos de nuestro adversario. “Ellos, celosos de su libertad, nos despreciarían si no nos mostrásemos celosos de la nuestra —dijo Martí—. Ellos, que nos creen inermes, deben vernos a toda hora prontos y viriles. Hombres y pueblos van por este mundo hincando el dedo en la carne ajena a ver si es blanda o si resiste, y hay que poner la carne dura, de modo que eche afuera los dedos atrevidos”.

Así actuamos los cubanos, en pie pese a los claros que provocaban en las filas de los revolucionarios actos como el de La Coubre. Firmes en medio de las mayores vicisitudes mientras otros en el mundo arriaban las banderas.

Victoria de esa resistencia fue el reciente reconocimiento por parte de la Casa Blanca del fracaso de su política hostil hacia nuestro país en más de medio siglo y su disposición a entablar un diálogo respetuoso, basado en la igualdad soberana, para tratar los más diversos temas de forma recíproca, sin menoscabo de la independencia nacional y la autodeterminación de nuestro pueblo, como lo anunció el pasado 17 de diciembre el General de Ejército Raúl Castro Ruz, Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros.

El diálogo ha comenzado y el camino a recorrer no es fácil; sin embargo, contamos con armas poderosas para actuar en esta nueva coyuntura como la unidad, forjada a lo largo de la lucha, y la defensa inclaudicable por parte de varias generaciones de cubanos, de la soberanía y la independencia nacional.

Los niños de La Colmenita nos convocaron a buscar las esencias de las cosas. Nuestra elección ante la disyuntiva de aquel lejano mes de marzo de 1960 es la única posible: la esencia de la libertad es la preservación de la patria, y perder la Revolución o el socialismo por medios agresivos o sutiles es renunciar a la existencia misma de la nación cubana.

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