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“Para hacer un villano hay que descubrir su humanidad”

 

Julio César Ramírez se las arregla para interpretar importantes roles en la televisión, estar al frente de una compañía de teatro, dirigir sus puestas y, por si fuera poco, actuar en ellas. En su oficina del centro Raquel Revuelta, sede de su compañía Teatro de Dos, nos recibe con toda la afabilidad del mundo.

Actor y director. Y actor de sus propias puestas. ¿Cómo lo hace?

Una cosa detrás de la otra. Trabajo mis montajes y dejo mis escenas para el final. Ayuda que nunca escoja personajes principales, sino más bien circunstanciales. Cuando ya tengo concebida buena parte de la puesta, casi en su totalidad, entonces me dedico a trabajar mi papel. Me apoyo en un asistente de dirección.

Y luego, a la televisión…

Yo adoro la televisión. Algunos dicen que es producción en serie, que la magia la tiene el teatro; pero yo te digo que cada medio tiene lo suyo. La televisión te exige, en muy poco tiempo, armar un personaje, recrear un carácter. Y si todo sale bien, cuando ves los resultados te maravillas por lo que pudiste hacer tan rápido.

Parece que últimamente está haciendo una especialización en villanos…

Tienes toda la razón. Me empieza a preocupar el tipo de roles que estoy haciendo en las telenovelas. No quiero que me encasillen, eso siempre es muy peligroso. Lo cierto es que hacer los villanos ha sido bastante complicado, porque tienen muchos matices, una gran carga dramática.

Por lo que parece, tiene que desdoblarse mucho. Esos papeles no parecen tener mucho que ver con usted… ¿Cómo los concibió?

La verdad es que me han exigido mucho. Saúl, el abusador de Bajo el mismo sol, era un hombre muy violento, nada que ver conmigo. Estudié profundamente el personaje, traté de entender sus motivaciones. Observé mucho a la gente en la calle, las actitudes machistas del día a día, las violencias cotidianas. Claro, conocí y conozco a gente violenta. He sido testigo de algunas peleas. Al final se trataba de matizar un personaje y llevarlo a sus estados límites.

¿Y Marcel, de La otra esquina?

Esa es otra historia, porque Marcel es otro tipo de villano. Está más cerca de la gente común y corriente. Como todo el mundo, tiene cosas buenas y cosas malas. Es un hombre capaz de amar, de defender lo que ama. Solo que lo hace de una manera inadecuada. A medida que la telenovela avanza, la gente ha sido testigo del crecimiento del personaje. Pero no puedo adelantar nada, por supuesto.

¿Cuáles son los riesgos de interpretar un villano?

El primero es caer en el estereotipo. Si el actor entra en el cliché, el villano dejará de ser creíble. Lo más problemático es que caer en el cliché es lo más fácil del mundo, sobre todo en las telenovelas, donde los actores, por el apuro, tienen que encontrar determinados asideros. Al final terminas repitiendo un repertorio establecido, sustentado en lo más epidérmico.

Para hacer un villano hay que descubrir lo humano del personaje. Yo siempre lo miro desde un punto de vista positivo. ¿Por qué es así? ¿Cuáles son sus motivaciones? Hay que encontrar la verdad del hombre porque todos tenemos nuestra verdad. Puede ser que estemos equivocados (y equivocarse también es humano), pero solemos defender nuestra verdad porque creemos en algo.

En el teatro, como dirige, escoge sus propios roles… ¿Cuáles prefiere?

En teatro me gustan los personajes que transiten por tonos de una humildad, de una nobleza de carácter. No estoy diciendo que no sean contradictorios, pero tiene que primar cierta inocencia. Ahora, para el aniversario 25 de Teatro de Dos, voy a cumplir un sueño de toda la vida: voy a interpretar al rey Lear, ese gran personaje shakesperiano. Escogimos una versión de Yerandis Fleites, el joven dramaturgo cubano. Es muy interesante, porque en este Lear está todo: el villano, el hombre noble, el padre amante, el filósofo… Son las intepretaciones que me seducen.

¿Qué caracteriza a Teatro de Dos? ¿Se parece a lo que soñó en 1990?

Es justo lo que soñé hace casi 25 años. Nos distingue, primero, el trabajo con el actor; la búsqueda en el espacio escénico; y una atención especial por la dramaturgia cubana (aunque hemos montado obras de grandes autores universales). En mis años de estudiante, mi paradigma fue siempre Teatro Estudio. Me maravillaba la manera en que confluían ahí disímiles líneas de trabajo. Los espectáculos de Vicente Revuelta, que no tenían mucho que ver con los de Berta Martínez. Y sin embargo, dialogaban tan bien. Esa es la esencia de Teatro de Dos. Nuestra línea es una y muchas líneas a la vez. Es un teatro en permanente búsqueda, un teatro de confluencias.

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