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El paisaje tras la efímera gloria

Estadio olímpico de voleyball de playa, Atenas. Foto: REUTERS/Yiorgos Karahalis
Estadio olímpico de voleyball de playa, Atenas. Foto: REUTERS/Yiorgos Karahalis

 

El fotorreportero Jon Pack y el cineasta Gary Hustwit, ambos neoyorquinos, se dedican desde el año 2008 a documentar los sitios que una vez recibieron las fiestas olímpicas de verano e invierno. Su trabajo de arqueología, como ellos mismos califican, les acerca casi siempre a historias de frustración, desconocimiento, promesas incumplidas, decadencia y enormes pérdidas financieras.

El móvil principal de su obra, publicada bajo el título La ciudad olímpica, ha sido corroborar cómo el tiempo ha logrado reducir a soledad, silencio y escombros decenas de lugares que un día acogieron la gloria deportiva en su máxima expresión.

Ocho años después de Atenas 2004 los artistas hallaron instalaciones cercadas, abandonadas, cubiertas por la maleza. Los guardias de seguridad eran los únicos inquilinos del centro acuático y los recintos de sóftbol, voleibol de playa y hockey, con la misión añadida de impedir se realizaran fotografías de tan penosa realidad.

Una de las instalaciones chinas construidas para los Juegos del 2008.

En Beijing, sede de los juegos del 2008, sus lentes capturaron el desuso de las pistas de remo, canotaje, slalom, ciclismo BMX, los estadios de béisbol y voleibol de playa. También supieron del escaso empleo del Nido de Pájaros y el velódromo de Laoshan.

La villa olímpica de Berlín 1936 ha resistido los embates del tiempo, pero está abandonada. Las albercas de Helsinki 1952 son un dolido testimonio de aquella fiesta, al igual que algunos murales que en Los Ángeles intentan recordar la cita de 1984.

Así se muestra uno de los recintos de Sarajevo 1984.

En ese propio año Sarajevo acogió los juegos olímpicos de invierno. Tres décadas después sus escenarios entregan desolación y un estremecedor alegato: durante la guerra de Bosnia las pistas de bobsleigh se emplearon a modo de trincheras; los asientos del Zetra Hall (patinaje de velocidad) se utilizaron para construir ataúdes; y uno de los maltrechos edificios se convirtió en improvisada morgue.

Estas son solo algunas de las duras vivencias obtenidas por Pack y Hustwit durante su periplo. Pero significan apenas la fachada de lo que el gigantismo y los idealismos han legado a varias naciones y ciudades anfitrionas de las fiestas cuatrienales. En lo profundo, intereses políticos, gubernamentales y privados, más uno que otro “error de cálculo”, han conducido a recesiones, deudas, crisis económicas, el encarecimiento de la vida y otros males sociales manifestados a corto, mediano y largo plazos.

De sobrecostos, ganancias y pérdidas

La carrera por organizar unos juegos olímpicos transcurre en los escenarios político, económico y financiero. Los expedientes de cada urbe recogen, entre tantos detalles, el presupuesto a ejecutar, un estimado de ingresos y las garantías de financiación para enfrentar situaciones excepcionales.

Como norma, en la oferta de cada concursante suele manejarse con cautela el primero de los acápites —para no preocupar tanto a la población—, pero con exuberante optimismo el segundo y sobre todo lo relacionado con el legado de la celebración.

Según lo establecido por el Comité Olímpico Internacional (COI), los gastos programados deben ser la línea a seguir, en aras de evitar costos excesivos que golpeen a los contribuyentes y limiten las ganancias finales. Sin embargo, estudiosos del tema afirman que apenas se alcanza la sede comienzan a inflarse esas cifras hasta límites que jamás se conocen con precisión, o solo muchos años después de haberse apagado el pebetero.

Una reciente investigación de la Universidad de Oxford logró reunir datos fiables sobre los costos y sobrecostos de 17 de los 28 juegos olímpicos disputados entre 1960 y el 2012. Sus autores Allison Stewart y Bent Flyvbjerg aseguran que la mayoría de los estudios precedentes sobre la relación gastos-beneficios resultan inexactos y confusos, por la ausencia de datos de calidad y las dificultades para contabilizar los dividendos en actividades como el turismo, las industrias hotelera y de restaurantes, entre otras.

Las albercas de Helsinki 1952.

Citan la obra de Holger Preuss, la cual explica que entre 1972 y el 2008 los comités organizadores (CO) que sacaron utilidades fueron los que no asumieron las grandes inversiones. Ello, como es lógico, no ofrece la dimensión global de lo sucedido en materia financiera. También coinciden con los autores Theodoraki, Houlihan y Malfas en que “los beneficios netos de los Juegos son insignificantes en el mejor de los casos, y que muy rara vez han sido compensados por ingresos en el turismo y los restantes negocios”.

Ediciones como las de Moscú 80, Barcelona 92 y Beijing 08, entre otras, fueron acogidas como momentos especiales para la ciudad y el país, llevando a un segundo plano el tema de las ganancias. De ellas la más recordada sigue siendo la edición catalana, pues sus gigantescas erogaciones transformaron para siempre la urbe. El detalle estuvo en que los Juegos fueron la excusa para implementar un monumental plan de obras proyectado desde tiempo antes.

Stewart y Flyvbjerg aclaran que los gastos de los CO se refieren en esencia a tecnología, transporte, mano de obra, seguridad, servicios médicos, restauraciones, ceremonias y administración, todo ello perfectamente cuantificable. Además, identifican costos directos ajenos a los CO (a cargo del Gobierno o el sector privado), a decir la edificación de la villa olímpica, las sedes de competencia y los centros internacionales de comunicación (IBC) y prensa (MPC), también posibles de contabilizar. Sin embargo, los costos indirectos fuera del alcance de los CO son por lo general incalculables. Tienen que ver con la construcción de carreteras, ferrocarriles, aeropuertos y hoteles, y con la gestión empresarial que apuntala la organización del evento.

En la tabla anexa se aprecian los costos de 17 certámenes olímpicos, sobre los cuales Stewart y Flyvbjerg alertan que quizás han quedado por debajo de lo real, hecho que agravaría aún más la situación descrita. Sus conclusiones establecen que todos los Juegos estudiados incurrieron en sobrecostos, lo cual ha causado daños a las naciones anfitrionas. La mejor metáfora para ilustrar lo sucedido es “haber firmado un cheque en blanco”.

Los investigadores sostienen que la máxima lid deportiva mundial incurre como promedio en un 174 % de sobrecosto, muy superior a la media en megaproyectos de infraestructura, transporte, tecnología para las comunicaciones y obras hidráulicas.

Ese dato expresa los peligros que corren los países organizadores, con evidencias desconcertantes en lo vivido por Montreal y Atenas. En el caso canadiense debieron pasar tres décadas para saldar la deuda contraída, mientras que los griegos aún la sufren como una de las causas de la crisis económica que les agobia desde el 2007.

Las fiestas de Londres, Barcelona, Montreal y Beijing figuran como las más caras de la historia olímpica, y salvo la acontecida en la capital china, las restantes se vieron obligadas a inflar muchísimo los presupuestos iniciales. La última cita de verano, en la capital británica, quebró el récord de gastos monetarios, y también revirtió la tendencia al decrecimiento de los sobrecostos que se venía consiguiendo luego de Atlanta 96. Ello demuestra que los riesgos siguen latientes y pueden cobrarles muy caro a los millones de personas que en definitiva pagan, con su trabajo, los sueños, ambiciones e intereses (a veces oscuros) de los grupos políticos y de poder que deciden optar por tan costosas empresas.

Agenda 2020: ¿paliativo o espejismo?

El COI conoce perfectamente estas realidades, de las cuales es responsable en alguna medida. Durante años ha recibido alertas de su Centro de Estudios Olímpicos y de otras instituciones de renombre. Su reacción ha sido implementar una y otra estrategia para eliminar el gigantismo y encarecimiento de los Juegos.

Hace solo unas semanas el titular de ese organismo, el alemán Tomas Bach, celebró la aprobación de la llamada Agenda 2020, un paquete de 40 medidas que pretende transformar el movimiento olímpico. Dentro del ambicioso plan de reformas aparecen varias que apuntan al particular que analizamos.

En lo adelante el COI promoverá que las urbes candidatas elaboren un proyecto adecuado a sus necesidades a largo plazo. Por ello aprueba el empleo de instalaciones ya creadas y otras temporales y desmontables; así como que algunas pruebas o deportes completos puedan disputarse en otra ciudad o incluso país.

La poderosa entidad ha dispuesto adicionalmente que esclarecerá mejor el presupuesto operativo de cada cita, aquel dedicado a la infraestructura y el modo en que será recuperado. Igualmente hará más pública su contribución financiera a cada fiesta cuatrienal.

Uno de los murales que en Los Ángeles recuerdan la cita de 1984.

Se reducirá la cifra de presentación del proyecto para cada ciudad en concurso, en tanto el COI asumirá los gastos de su personal durante el proceso de otorgamiento de la sede. También se evaluarán duramente la sustentabilidad (ambiental, económica, social) y el legado previsto por cada país aspirante.

El COI recomienda estrechar relaciones con otros organizadores de certámenes deportivos, entre ellos las ligas profesionales; mantiene cifras topes de atletas y entrenadores participantes; y ha decidido establecer un programa competitivo no basado en deportes, sino en pruebas, lo cual permitirá ser inclusivo sin agigantar la justa.

Por otra parte se incita a un mayor empleo de patrocinadores y a profundizar el compromiso de los Juegos con las comunidades en las que sean celebrados.

Tales proyecciones abren una nueva era de esperanza a quienes enarbolan que los Juegos Olímpicos pueden iluminar el planeta, sin dejar secuelas tan tristes como las grabadas por Pack y Hustwit, y las investigadas por Stewart y Flyvbjerg.

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