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Estados Unidos: la pugna del medio término

Obama Estados Unidos

Barack Obama al comenzar su segundo mandato prometió estimular la economía, controlar la venta de armas y sacar adelante una reforma migratoria, así como construir una paz basada en la libertad y la dignidad para todos los seres humanos, pero ha resultado que la lista de tareas incumplidas del Gobierno es larga, el 64 % de los estadounidenses opina que el país se mueve en dirección equivocada.

La tasa de aprobación del Presidente no rebasa el 42 %, lo que puede perjudicar a los demócratas apoyados regularmente por jóvenes, los hispanos que constituyen un 13 % del electorado, las mujeres, y los afroamericanos que suponen el 12 %, sin tener en cuenta los actuales  acontecimientos en Ferguson.

Solo el 13 % de los ciudadanos aprueba la  labor del Congreso, y analistas coinciden en señalar que no importa para el resultado de los comicios que los estadounidenses confíen más o menos en unos o en otros. Según encuestas, el 45 % tiene intención de votar por los candidatos demócratas y el 44 % por los republicanos, que solo necesitan seis escaños para retomar el control del Senado, mientras que sus oponentes deben llegar a 17 para recuperar la Cámara de Representantes.

El Capitolio de Washington se ha convertido en un órgano donde la mayoría republicana no apoya  la Casa Blanca. El líder de la cámara baja, John Boehner, ha admitido que parte de su trabajo consiste en frenar las propuestas del Presidente.

Con un Congreso dividido que no resuelve problemas relevantes como el migratorio, la salud o la deuda pública, a Obama no le ha quedado otro remedio que anunciar que adoptará medidas urgentes para solucionar la situación de los 11 millones de indocumentados en el país y la ola de menores provenientes de Centroamérica. Tendrá que hacer uso de sus prerrogativas presidenciales, lo que puede avivar la confrontación con los republicanos.

Se dice que si en otoño estos últimos ganan las elecciones en la Cámara de Representantes, el Presidente puede ser acusado por sus fracasos tanto en la política interior como exterior. Se le responsabiliza por el fortalecimiento del grupo Estado Islámico, y se le tilda de algo tan inverosímil como ser “socialista”.

La supuesta democracia estadounidense reparte el poder entre los dos partidos establecidos históricamente, Republicano y Demócrata, que son los que reciben más alta votación, los otros participantes quedan excluidos de la maquinaria de divulgación y por tanto de las urnas.

Las elecciones renovarán a gobernadores, y por dos años la totalidad de los 435 asientos de la Cámara de Representantes actualmente dominada por 234 conservadores, contra 201 demócratas, donde según pronósticos volverán a ser mayoría. El Senado por el contrario, de generalidad demócrata, podría dar un vuelco. Un tercio de los escaños sobre 100 será elegido por seis años y las encuestas dan al partido contrario una probabilidad del 60 % de ganarlos.

Entre los republicanos se libra una guerra que busca derrotar también a los ultraconservadores del Tea Party (Partido del té) en su objetivo de conquistar la totalidad del Congreso, tarea que no les debe resultar difícil si se tiene en cuenta que solo un 30 % de los estadounidenses tiene una opinión favorable sobre esta facción. No obstante,  el Tea Party inició una batalla electoral basada en la defensa de la libertad de mercado y la reducción de impuestos que pudiera favorecerlos.

En noviembre nada debe cambiar, republicanos y demócratas son lo mismo, ninguno se aleja de la estrategia imperial. La estructura política estadounidense no es equitativa, los gobernantes olvidan al pueblo que los elige. Cada nuevo proceso electoral está dominado por el dinero, y la libertad de expresión es de los ricos con sus grandes medios de comunicación.

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