El giro ensombrecedor hacia la derecha

El giro ensombrecedor hacia la derecha

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Las fuerzas ultraconservadoras avanzan hacia el poder a lo largo y ancho de toda Europa. Así lo han revelado las recién celebradas elecciones parlamentarias del bloque
Las fuerzas ultraconservadoras avanzan hacia el poder a lo largo y ancho de toda Europa. Así lo han revelado las recién celebradas elecciones parlamentarias del bloque

Los resultados finales de los comicios del Parlamento Europeo, aun enjuiciados por un potencial fraude, muestran cómo las políticas económicas impuestas desde los grandes consorcios financieros de los países centrales del Viejo Continente han servido de base para el ascenso y reposicionamiento del fascismo en las esferas de poder.

Según estadísticas de una publicación española que registró los cómputos finales de las votaciones, en Francia los ultraderechistas de Marie Le Pen se convirtieron en el primer partido político del país con el 25 % de los votos; en Austria el llamado Partido de la Libertad consiguió el 19,50 %, y aumentó el considerable apoyo que ya obtuvo en el año 2009. Tanto en Dinamarca como en Croacia las organizaciones de extrema derecha fueron las opciones más votadas.

Amanecer Dorado, de Grecia, no cumplió con las expectativas que auguraban algunas encuestas, quedando en poco más del 9 %; pero en Reino Unido, el neofascista UKIP pasó de obtener en las pasadas elecciones del 2009 el 16,09 % de los votos a convertirse ahora en la primera fuerza política del país, con el apoyo del 29 % de los electores, un hecho históricamente sin precedentes. En Alemania, el partido que aglutina todos los grupos neonazis entrará con un escaño en el Parlamento Europeo, mientras en Hungría, la extrema derecha que posee milicias dedicadas a la caza de gitanos, obtuvo nada menos que el 14 % de los votos.

El resurgimiento de estas fuerzas con aspiraciones totalitarias se ha visto reforzado también por la ausencia en el panorama político de la réplica argumental de partidos revolucionarios, capaces de orientar a los amplios sectores sociales acerca de cuál es realmente la respuesta que corresponde a un sistema económico que solo es capaz de generar miseria y desigualdad.

Hay un hecho cierto. Los pueblos han perdido la confianza en aquellas organizaciones que, reclamándose pertenecientes al pensamiento revolucionario, han terminado integrándose en el sistema político capitalista y participan en muchos casos de sus componendas y del disfrute de privilegios recibidos a cambio de sus silencios y omisiones.

El politólogo canario Manuel Medina reflexiona en un artículo publicado en Canarias-Semanal.org: “A diferencia de los años 30, en los que el auge del fascismo tuvo que enfrentarse a la contención en las fuerzas de izquierda, ahora las organizaciones supuestamente adheridas a esta filiación política se han mostrado incapaces de romper sus vínculos con un proyecto de unidad europea diseñado desde las clases hegemónicas de los países más desarrollados del centro y norte del continente”.

Durante las últimas décadas, los partidos y sindicatos otrora abanderados de la lucha de clases, que luchaban con la convicción de que el sistema capitalista debía ser erradicado y sustituido por la sociedad socialista, sucumbieron en medio del marasmo de los beneficios traídos por el erróneamente denominado “estado de bienestar” de las sociedades europeas y aceptaron este como una “solución” capaz de proyectarse indefinidamente en el tiempo.

Primó el conformismo y la incapacidad para ver que las conquistas arrancadas por los trabajadores a sus patrones obedecían a diversos factores que tenían carácter coyuntural. En primer lugar, los beneficios de que se disfrutaba eran resultantes de las duras luchas de los sindicatos y organizaciones revolucionarias existentes; en segundo lugar, correspondían a una determinada etapa económica del desarrollo del capitalismo que tuvo lugar después de la II Guerra Mundial, sin ignorar la existencia de un sistema socialista mundial y un pujante movimiento de descolonización que obligó a las clases hegemónicas europeas a hacer importantes concesiones en múltiples terrenos.

Tal como lo define el propio Manuel Medina: “La equivocada percepción de que el sistema capitalista había entrado en una nueva fase, en la que iba a ser posible desmontarlo gradualmente desde dentro, insertándose en sus instituciones, llevó a muchos partidos y sindicatos europeos, antaño políticamente revolucionarios, a convertirse, progresivamente, en nuevas piezas del propio engranaje de explotación y en facilitadores del ascenso al poder de las fuerzas más recalcitrantes de la derecha contemporánea”.

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