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Melba

Duele escribir estas líneas cuando se sabe que ella partió.

Pero un rosario de recuerdos aflora a la mente y es justo darlos a la luz, porque Melba Hernández Rodríguez del Rey, o simplemente Melba, fue además de Heroína de la Patria, una mujer dulce, tierna y de sentimientos muy profundos.

La vanidad nada tenía que ver con ella. Por el contrario, la sencillez la caracterizó toda su vida, en una suerte de mezcla singular de grandeza y humildad, propia de las personas de alma enorme.

El periodismo me acercó a ella. Y lo agradezco tanto, porque me dio la oportunidad de conocer de primera mano sobre su vida y su lucha, su enorme respeto por Fidel, su amplia visión de futuro, su admiración por la juventud y su seguridad en el futuro revolucionario de Cuba.

La conocí personalmente a mediados de la década de los 90 del pasado siglo. Una amiga común propició que la entrevistara. Me recibió sentada en un sillón. Sus primeras palabras fueron estas: “Me dijeron que no necesitas grabadora…, así será mejor, porque me sentiré más cómoda”.

Conversamos entonces de su natal Cruces, localidad cienfueguera donde pasó su niñez y adolescencia y que nunca olvidó; de la influencia de su padre en su pensamiento revolucionario; de la lucha clandestina; del asalto al Moncada y la prisión; de la impresión clandestina del alegato La Historia me absolverá; del exilio en México; del triunfo Revolucionario y su significado…

Hablamos sobre el liderazgo de Fidel, a quien ella admiró tanto siempre. Le pregunté por Abel Santamaría, por Aidée… “De Yeyé no quiero hablar”, me respondió y dos lágrimas corrieron por sus mejillas. Hizo un largo silencio.

Después la conversación retomo la fluidez. Solo fue interrumpida por la llegada de una enfermera que le suministró unas vitaminas indicadas por un médico, ante un padecimiento espontáneo. Me llamó mucho la atención con el cariño que la trató, y era la primera vez que la veía.

Casi al final de la entrevista —que fue publicada a página completa en el periódico Granma— me confió una anécdota ocurrida en México de cuando se preparaba la expedición a Cuba y relacionada personalmente con el líder de la Revolución. “Pero no la publiques ahora; quisiera consultárselo a Fidel”.

Poco después de aquel día, en un Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba (Upec) me correspondió intervenir y comencé con una frase de Melba sobre la significación de la propaganda revolucionaria. Ella estaba en el plenario. En el receso se acercó y me comentó: ¿Por qué hablaste de mí?… Hay cosas escritas más importantes”. Su modestia era infinita.

En otra oportunidad nos encontramos en la sede de la Asamblea Municipal del Poder Popular de Cruces. Estaba de visita en su localidad natal. Los periodistas quisimos conversar con ella. Nos recibió a todos con mucho cariño. Fui el último en entrar a la oficina donde estaba. “Barreras: ¿tú no me ibas a saludar?”, preguntó mientras me daba un fuerte abrazo, un beso y evocaba una amplia sonrisa. Pensé que quizás con el paso del tiempo no se acordaría de mí.

Así era Melba, tierna y maternal.

Quizás falten adjetivos, pero la grandilocuencia no estaba hecha para ella.

(Sirvan estas líneas, escritas de prisa, de homenaje póstumo a una de las personas que más he admirado)

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