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Inciso a la medida del Che

Ernesto Che Guevara El 9 de febrero de 1959, la prensa de nuestro país dio a conocer que Ernesto Guevara de la Serna (Che), el argentino que no dudó en ofrecer su desinteresada contribución a la lucha por derrocar la tiranía batistiana, había sido reconocido como ciudadano cubano por nacimiento.

Dos días antes, el Gobierno Revolucionario había aprobado la Ley Fundamental de la República, en cuyo artículo 12, relativo a la ciudadanía, en el inciso e) se consignaba lo siguiente:

“serán también cubanos por nacimiento los extranjeros que hubieran servido a la lucha contra la tiranía derrocada el 31 de diciembre de 1958 en las filas del Ejército Rebelde por dos años o más y hubieran ostentado el grado de Comandante durante un año por lo menos, siempre que acrediten esas condiciones en la forma que la ley disponga”.

Sin lugar a duda, ese inciso había sido elaborado pensando precisamente en el Che, pues tan solo él reunía los señalados requisitos. Conferirle tal condición no era más que un modo muy especial de retribuirle por su legendario batallar en la última guerra de liberación de Cuba, en la cual su presencia se hizo efectiva desde los inciertos días de los preparativos de la expedición armada que el 2 de diciembre de 1956 había arribado nuestro archipiélago para desencadenar la contienda.

Para acompañar a los revolucionarios cubanos en aquella empresa, el desprendido argentino renunció al ejercicio de su profesión, a su seguridad personal, y al reconfortante calor del hogar. Y lo hizo porque en aquel empeño vislumbraba la posibilidad de que se cumpliera su anhelo de cambios en la realidad latinoamericana, y de encontrarse entre quienes los impulsaran.

Establecida ya la guerrilla rebelde en la intrincada Sierra Maestra, conducida por el Comandante Fidel Castro Ruz, Che fue uno de los más destacados combatientes, mérito por el cual resultó el primero de ellos ascendido por aquel al grado de comandante, en julio de 1957.

Conocedor de sus cualidades éticas y morales, y de su capacidad para cumplir las misiones más riesgosas, en agosto de 1958, el líder rebelde le confió la conducción de la Columna Invasora No. 8 Ciro Redondo hacia el centro del país, territorio para el cual igualmente lo nombró jefe de todas las fuerzas revolucionarias que en él operaban.

La modestia del héroe

Fue Luis M. Buch −entonces ministro de la Presidencia y secretario del Consejo de Ministros del Gobierno Provisional establecido inmediatamente después del triunfo− quien propuso el justo reconocimiento y, una vez aprobado este, lo comunicó al Che. Al referirse a la modesta reacción del prestigioso combatiente, expresó en su obra Gobierno Revolucionario cubano. Primeros pasos:

“Che, sin inmutarse, estimó inmerecido el acuerdo. Según él, solo había luchado en Cuba como hubiera hecho en cualquier otra parte del mundo, por la libertad de un pueblo. Presumí que por modestia no podía aceptar ese mérito y le dije: ‘Un honor de tal magnitud no puede rehusarse, pues sería un desaire al pueblo de Cuba y al Gobierno Revolucionario’. Entonces, emocionado, me abrazó”.

Por su incondicional entrega a la lucha liberadora, Che acaparó para sí la admiración, el respeto y el cariño de sus subordinados, compañeros de armas y del pueblo, que supo aquilatar la grandeza de su sacrificio.

Excepcional reconocimiento

Por segunda vez, Cuba asumía como hijo a una persona que, nacida en otras tierras, la sirvió en su largo batallar por conquistar la soberanía y la libertad plenas. La primera correspondió al dominicano Máximo Gómez Báez, participante decisivo en la Guerra de los Diez Años (1868-1878), y General en Jefe de la que, organizada por José Martí, comenzó el 24 de febrero de 1895; y es considerado maestro de los más relevantes jefes militares del Ejército Libertador.

Ambos reconocimientos prueban el eterno agradecimiento de los cubanos a dos hombres que le sirvieron como legítimos hijos.

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