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La larga vida de la Botica Francesa de Matanzas

Mesa dispensarial premiada en la Exposición Universal de París, por su funcionalidad y etiquetario giratorio. Fotos: Ramón Pacheco.
Mesa dispensarial premiada en la Exposición Universal de París, por su funcionalidad y etiquetario giratorio. Fotos: Ramón Pacheco.

Como revelación de auténtico concepto de posteridad, con 132  años amanecerá mañana la Botica Francesa de Matanzas. Curiosamente un primero de enero de 1882 sus puertas se abrieron frente a la antigua Plaza de Armas, hoy Parque de la Libertad,  para no serle infiel jamás al ideal de servicio público que la originó.

Cuando el reconocido farmacéutico Juan Fermín Figueroa invitó a su colega galo a vacacionar en Cuba, no imaginó que Ernesto Triolet Lelievre terminaría fascinado por la idea de asociarse en la creación de una farmacia,  ni muchos menos que terminaría casado con dos mujeres de su familia.

“Pero tuvo María Justa, hermana de Juan Fermín, una muerte temprana, no procreó, así que el doctor Ernesto heredó toda su fortuna… La farmacia se forjó con el dinero de la familia cubana”, aclara la directora del actual museo, Marcia Brito, frente a la copa fundacional donde aparecen los rostros de Triolet y su primera esposa.

“La valiosa pieza, asegura, atrae los ojos y el bolsillo de muchas personas, la última de ellas, un embajador, propuso comprarla. Dijo: de cinco millones de dólares hacia arriba, pida usted. Y ahí mismo, recuerda Brito, concluyó la visita. Furiosa respondió: “Nada aquí posee valor económico, cómo se le ocurre, nada está a la venta”.

Otras decenas de envases colman los estantes. Legítima porcelana encargada de manera especial a Francia, fina, clásica como el cristal de bohemia empleado en la elaboración de los bellos “ojos de boticarios”, los frontones fabricados en la otrora Checoslovaquia.

A su retrospectiva vuelve Marcia, a la Matanzas de finales del siglo XIX. A Ernesto Triolet y a su segunda esposa, María Dolores, hija de su amigo Juan Fermín, considerada la primera cubana farmacéutica.

“En 1886, en París, obtuvo el título de doctora con una tesis descriptiva de las características medicinales de las aguas comercializadas siglo después bajo el sello de Ciego Montero”.

Sus conocimientos, afirman, tributaron a la calidad de las preparaciones de la farmacia Triolet, evidencias de lo cual tuvo la famosa Exposición Universal de París de 1900, donde varios productos ganaron  medalla de Bronce.

Aún son recordadas patentes de Triolet como el remedio infalible de los callos o el jarabe de café compuesto, este último usado en casos de asma y bronquitis, apunta Marcia Brito.

Sin embargo, muchos se interesaban por los aceites de alacrán, animal que se echaba en aceite de oliva hirviendo, y aplicaban luego encima del vientre, para eliminar la retención orinaria, o como relajante muscular.

Muy pendiente de los adelantos, a la altura de 1940 los Triolet Figueroa incursionan en el expendio de autoclave para esterilizar, equipos de electrocardiogramas y neumotórax, entre otros instrumentales.

Para entonces, ya había fallecido el Doctor Ernesto Triolet Lelievre (1900), dejando en manos de María Dolores primero, y después en su hijo Ernesto Triolet Figueroa, la herencia de la única botica francesa de finales del siglo XIX que se conserva completa en el mundo.

“Otras existen en Puerto Rico, México, La Habana, pero en ninguna todo, absolutamente todo es original como en la de Matanzas”.

Ojos de Boticario de cristal bohemia y porcelanas francesas colman los estantes de cedro.

Si algo la distinguió de otras farmacias matanceras fue la ayuda que siempre prestó a los humildes, a los que muchas veces dio brebajes gratis. También resultó notaria la cantidad de ilustres galenos que prescribieron para ella, desde el eminente Carlos J. Finlay, hasta una lista de notorios médicos matanceros, como la generación de los Font que hasta hoy perdura.

De botica a museo

Con 32 años de haber sido nombrada directora de la institución Vanguardia Nacional, otras personas la precedieron por poco tiempo, nadie mejor que la Licenciada en Biología conoce cada resquicio del alma de la “francesa”, incluso no pocos visitantes la creen a ella y algunas especialistas legítimas Figueroa.

Es agradecimiento lo que deben inspirarnos sus fundadores, la mayoría farmacéuticos y médicos, reconoce Marcia. “Cuando el 23 noviembre de 1963 la Revolución nacionaliza la botica, Ernesto Triolet hijo, su último dueño, pudo hacerse millonario si hubiese decidido vender las valiosas colecciones… Él lo entregó todo e hizo más, siguió viviendo y trabajando allí, hasta su muerte, en 1979”.

El primero de mayo de 1964, nació el Museo Farmacéutico, como espacio vivo, “de estrecho vínculo con la comunidad. La segunda planta, donde estaba la vivienda, presta sus habitaciones a disímiles actividades artísticas”.

En la década de los 90, en pleno Período Especial y ante la escasez de medicamentos, el formulario de la Botica fue consultado por la naciente BIOFAM y mantiene significativos nexos con politécnicos de la Salud, la Universidad de Ciencias Médicas, las FAR, así como también expertos de varios países se interesan en su valiosa farmacopea internacional.

“Aún vienen muchas personas preguntado por remedios contra el cáncer o la giardia. Eso reafirma la teoría de la necesidad de un lugar próximo al museo donde se puedan expender pócimas, brebajes, un espacio que antaño existió y que sugerimos retomar, como tributo a la práctica de la Medicina Tradicional y Natural…”.

Declarado Monumento Nacional en el 2007 y Premio Nacional de Restauración al año siguiente, la Farmacia Francesa figura en lista indicativa de las propuestas cubanas para optar por Patrimonio de la Humanidad.

El Museo Farmacéutico cumplirá mañana 132 años, fiel a la tradición de servicio que un primero de enero de 1882  abrió sus puertas como auténtico concepto de posteridad.

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