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Día del locutor: Papeles invertidos

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A tanto tiempo de trabajo, Ernesto Valdés Barceló siente que la radio le “quita los años de encima.”
Foto: cortesía del entrevistado

El aislamiento de la cabina radial será el mejor cómplice para la empresa que me he propuesto. Estas paredes que han coqueteado con tantas voces y absorbido los segundos tensionantes de un “fuera del aire” imprevisto, aguardan desconcertadas mis intenciones de dar más brillo a una estrella. Hablo, estimados “radiolectores”, de usurpar el lugar habitual de Ernesto Valdés Barceló para invertir, al menos por una vez, el destino del mensaje.

Este intento de tomar los micrófonos surgió con su voz acariciando el espectro; cuando le escuchaba decir a sus alumnos que hubiera creído a quien le augurara éxito como bodeguero y no como locutor. ¡Qué absurdo!, pensé mientras agucé mis oídos en pos del relato que ahora comparto con ustedes.

“A los doce años conseguí trabajo como mensajero en una bodega, quise tanto esa primera profesión que todavía los recuerdos aparecen nítidamente en mis sueños”, decía Valdés con la misma pasión de quien evoca un amor de antaño. Pero, me asombro al conocer cómo los azares colocaron al único Premio Nacional de Radio de Sancti Spíritus tras un aparato al que todavía respeta a pesar de sus más de 45 años ejerciendo la profesión de la palabra: el micrófono.

De joven participé en la campaña de alfabetización, luego tuve la oportunidad de trabajar en una planta de onda corta, situada en la entonces sede de Radio Nacional. Al año siguiente me llamaron los decisores de la mencionada estación porque habían escuchado mi voz y concluyeron que estaba apto para practicar la locución, idea que jamás tuve en mente. Por unos minutos los creí locos, pero decidí asumir el reto”.

Más avanzado el testimonio, yo seguía tras la puerta resuelta a trastocar los papeles de locutor-receptor en merecida apología a aquella voz que tantas veces traté de corporeizar con los arquetipos más chic. Pero como bien dijo él a sus aprendices: “Ni de seis pies de altura, ni con pelo crespo u ojos verdes. Eso tiene la radio, pone a volar la imaginación. Yo solventé eso personándome en actos públicos y adaptando a miles de personas a mi verdadera imagen”, contaba entre risas.

En realidad, estimados “radiolectores”, ningún atractivo físico imaginado por ustedes pudiera ganarle a su expresión paternal, o a la sabiduría representada por la inaplazable calvicie, o al placer que embarga a sus ojos pardos cuando “no guarda nada de lo que sabe para él, al punto de sentirse vacío y a la vez lleno”. Sin duda, los logros del maestro, como lo reconocen todos, me llevaron a improvisar este “programa” que es suyo habitualmente. Perdonen mi alocución amateur, pero quise experimentar las sensaciones con las que resolvió el final de su relato ante el novel auditorio:

“Siempre asuman este trabajo con dignidad, porque, la nuestra, es una profesión apasionante y noble. Cuanto hacemos, está dedicado a miles de personas. ¿Acaso no hay nobleza allí?

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