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Una doncella inmortal

alicia giselle

por Lester Vila

La historia de Giselle, la fábula de la joven campesina que enloquece, muere y perdona por amor es tan conocida entre nosotros como algunos de esos cuentos maravillosos que se hacen en los campos cubanos durante las noches más oscuras. Giselle es un melodrama francés, basado en una leyenda alemana; pero cuando el 2 de noviembre de 1943, Alicia Alonso debutó en el rol de la romántica campesina, dio lugar a uno de los alumbramientos más auténticos y puros de la cultura cubana.

Hoy Giselle es tan nuestra como una palma real, y su historia de amor inmortal, sus fantasmas que danzan pálidos sobre un paisaje de esmalte antiguo, son también nuestro reflejo en el más noble espejo del arte nacional.

Cuando la joven Alicia Alonso conoció esa obra fue como si un poeta la hubiera compuesto para ella, cien años atrás. Parecía que la esperaba y ella luchó por hacerla suya. La llegada de Alicia a esa historia secular es todo un mito en el mundo de la danza, una leyenda amparada por la verdad. Alicia no solo la bailó hasta la sangre sino que, al bailarla, se transfiguró de tal manera que ya no se pueden deslindar los límites de las dos leyendas.

Con los años, la bailarina cubana logró lo que pocas pueden: trabajar un ballet hasta en sus más mínimos detalles, que su representación fuera en sí misma una obra de arte. La sacudió de cenizas, la bordó, la hizo crecer, y luego —siempre desde Cuba— la ofreció a todos. El mundo aún suspira asombrado ante el milagro cubano.

El trabajo de Alicia fue tan personal, tan íntimo, que cuando la visión de la intérprete se fue apagando, en el momento en que a su alrededor todo se fue tornando vago, el impulso de su Giselle se volvió más perfecto y concentrado, uno de esos arcanos del arte en los que la bailarina habita.

Una vez se dijo que Alicia Alonso había nacido para que Giselle no muriera. Hoy Alicia existe en Giselle, y desde ese espacio misterioso la vemos bailar siempre, dulce, eterna, enamorada.

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