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Teatro Martí: un nuevo comienzo

por Yaima Puig Meneses

Cuentan que el Teatro Martí de antes era muy lindo. Sus palcos con verjas de hierro floreado; la enorme lámpara cocuyera; las gradas de tertulia; el telón de boca puramente escenográfico; sus muchas puertas; sus butacas de maple e hierro colado; sus tonos verdes, ocres, dorados… hicieron de este un majestuoso teatro, protagonista de importantes momentos culturales y políticos en nuestro país desde su inauguración en 1884.

Pero entonces, al principio, no se llamaba Martí sino Irijoa, por el apellido de su propietario, y no fue hasta 1901, que se decidió darle su actual nombre. Meca del vernáculo y la zarzuela cubanos, resulta imposible hablar del Martí y no recordar los típicos personajes del gallego, la mulata y el negrito que tanto atraían al público de la época. Ubicado en Zulueta y Dragones, hasta sus tablas llegaron encumbrados artistas como Candita Quintana, Blanquita Becerra, Rita Montaner, Carlos Montezuma, Eduardo Robreño, Federico Piñero, Armando Soler, Enrique Núñez, Rosita Fornés y María de los Ángeles Santana.

Pero no solo la cultura ha marcado su historia, allí ocurrió también nuestra primera Asamblea Constituyente en 1901 donde cubanos honrados alzaron su voz contra la ominosa Enmienda Platt, y se desarrollaron también otra serie de asambleas y mítines de semejante connotación política.

Complicada. Así coinciden en calificar diversos especialistas la restauración que desde el año 2000 realizan en el emblemático Teatro, cerrado al público hace ya unos 40 años. Arquitectos, diseñadores, restauradores, muralistas, carpinteros, investigadores y muchos otros, han juntado sus manos e intelecto en intensas jornadas de labor que poco a poco traen de vuelta el esplendor de antaño mezclado con cierto aire de modernidad. Restaurarlo tal cual era o hacer un teatro que pudiera ser usado hoy fue una de las principales disyuntivas que enfrentaron en la Oficina del Historiador de La Habana al hacerse cargo de la obra, comentó a Granma Kenia Díaz Santos, directora de proyectos de dicha Oficina.

La decisión fue devolverle, al también conocido como Teatro de las Cien Puertas, sus principales valores histórico-arquitectónicos y traer desde el siglo XIX una institución capaz de brindar servicios como cualquier otra sala contemporánea. «De lo contrario estaríamos solo salvando un museo», explicó.

Ello, lógicamente, implicó significativas modificaciones en algunas zonas de la instalación. Según precisó la especialista, sería el tema de la climatización uno de los aspectos más complicados a resolver. «Al ser este un teatro de verano y abierto por completo a la calle, fue casi imposible mantener la sala con idénticas características y que pudieran ser escuchadas las funciones en medio de los tantos ruidos que lo circundan en la actualidad.»

Tal realidad condujo a un reforzamiento acústico. Para ello, luego de restituir en la fachada la carpintería francesa de madera tal cual era originalmente, se situó otra, también de madera, con juntas acústicas para aislar el ruido. «Más adelante colocaremos cortinas gruesas de terciopelo y alfombraremos los pisos para alcanzar un mayor confort acústico a través de los tejidos», detalló la arquitecta Marilyn Mederos Pérez, proyectista general de la obra.

Aislar acústicamente implicaba entonces climatizar, para lo cual —dijo—, fue necesario «diseñar en el interior del teatro falsas columnas por las que pasan los conductos de climatización; del mismo modo se ubicó equipamiento debajo del sótano de la platea y encima de la cubierta del edificio administrativo anexo, emplazado en la calle Zulueta».

Otra de las modificaciones inevitables estuvo en la torre de tramoya, pues la del teatro, además de estar muy deteriorada, tenía una estructura de madera, con decoraciones de papel maché hechas para ambientar determinada obra y no con el propósito de hacerlas perdurables. «Eso en el mundo entero ya no funciona así», manifestó la Directora de Proyectos.

Una vez más surgía el dilema de encontrar un equilibrio entre rescatar la obra patrimonial y hacerla funcionar bajo modernos conceptos tecnológicos y escenográficos. «Sin elevar demasiado la estructura, pues de lo contrario perdía el balance respecto al escenario, se diseñó una torre de tramoya totalmente nueva, de acero galvanizado y muy bonita», comentó Medero Pérez.

Y continúa explicando que «en el año 2005 se inició un proceso de excavación con el propósito de hacer los cimientos de tres metros de profundidad que sostendrían la mencionada estructura. Fue un paso muy difícil, de extremo cuidado, pues con el teatro colindan varios edificios llenos de viviendas, muchas de las cuales se encontraban en un estado bastante precario, y fue necesario recalzar esos inmuebles contiguos para que sufrieran el menor daño posible.

«Conjuntamente con la nueva torre de tramoya se incorporó, debajo del escenario, un sótano para darle un poco más de confort al trabajo de los músicos. De manera general estas labores se extendieron por más de dos años.»

A la par se llevó adelante el proceso de restauración de las cerchas, que es la armazón a dos aguas que sostiene el techo del escenario. «Se desmontaron las tres que quedaban y con esos pedazos fue posible rehacer el resto. En estas áreas hay muy poca madera nueva, casi toda es de la que originalmente tenía el teatro», aseguró Díaz Santos.

De regreso a la vida

Una nueva generación descubre lo antiguo, lo estudia, lo restaura, lo devuelve a la vida. Después de los complejos y costosos pasos iniciales, tal vez muchos imaginen que los elementos decorativos del interior son «pan comido» para los especialistas. Nada más distante de la realidad.

Recuerda Gretel Álvarez Guerra, inversionista a pie de obra, que para restaurar los elementos decorativos del interior del teatro, incluidos los colores originales, desarrollaron un levantamiento exhaustivo con la agrupación de acabado de la empresa constructora Puerto Carenas, perteneciente a la Oficina del Historiador.

«Fueron diversos los elementos a tener en cuenta pues tanto el diseño como la arquitectura de esta institución tienen muchos y variados detalles. El trabajo ha sido complejo, en algunos casos teníamos las piezas originales completas o incluso fragmentos, pero en otros tuvimos que basarnos en testigos de la época o fotografías», aseguró.

«Por ejemplo, en el caso particular del barrotillo —que es el elemento curvo del falso techo—, lo reprodujimos tal cual era, con tablillas de madera, todas muy bien espaciadas, del mismo tamaño, respetando lo que existía, a pesar de que en la actualidad con materiales modernos hubiéramos podido hacer superficies curvas con mayor facilidad.»

De igual forma las escuelas talleres de la Oficina del Historiador desempeñaron un papel protagónico en esas actividades. Mucho antes de iniciar esta parte del proceso de restauración, un grupo de alumnos desarrolló su tesis de graduación a través de un trabajo investigativo sobre la decoración original del teatro. «El proyecto fue de mucha utilidad para nosotros», manifestó Álvarez Guerra.

Otmaro Medina Muñiz, profesor de Pintura de la escuela taller Gaspar Melchor de Jovellanos y además coordinador de los estudiantes que colaboran en la reconstrucción, confiesa sentirse sumamente orgulloso de que se tomara en cuenta el trabajo investigativo.

Para aligerar la estructura del techo —comentó—, se hizo una reproducción en pladur con todos los dorados en papel maché, exceptuando el anillo exterior del plafón y el centro por donde corre la cadena, que sí son de yeso. «Los colores, las decoraciones del falso techo y su florón central, la gran embocadura, los capiteles y otros tantos elementos tienen la huella de varios alumnos y profesores de nuestros talleres».

Yania, Yésica, María Elena y Bárbara Wendy, son estudiantes de la escuela taller de Jovellanos. Las dos primeras se especializan en pintura mural y las otras en pintura de obra, pero las cuatro coinciden en la importancia que tiene para los estudiantes que les permitan vincularse a estos trabajos. «Es una gran experiencia», afirman.

En conversación con el historiador de La Habana, Eusebio Leal Spengler, supimos también acerca de la minuciosa investigación que durante años llevó a cabo la arquitecta Nancy González Arzola sobre los más diversos aspectos de este teatro, cuyos estudios y proyectos finalmente fueron recogidos en el libroTeatro Martí, prodigiosa permanencia, publicado por la destacada arquitecta en el 2011.

Retoques finales

No se trata solamente de buscar una cabilla corrugada y ponerla en determinado lugar, una restauración de esta magnitud es mucho más complicada y los retoques finales entrañan sus retos. «Ahora estamos trabajando en el falso techo y concluyendo algunas decoraciones —que iniciaron tiempo atrás. Respecto a la parte técnica, ya la mecánica escénica está instalada, también la plataforma elevadora bajo el escenario. Igualmente, se comenzó el montaje de las luces y están contratados otros sistemas del teatro como la luminotécnica, la electroacústica y la telonería», detalló la inversionista a pie de obra.

Además, se ultiman detalles en la carpintería y las áreas exteriores, incluido el jardín. Este último ha sido uno de los espacios «más modificado durante toda la historia del teatro. La actual restauración pretende devolverle su concepción primaria para lo cual se renovó la marquesina similar a la del siglo XIX. Tendrá taquillas, cafetería, un kiosco de esquina para la venta de periódicos, bancos, esculturas, iluminación y jardineras», refirió la Proyectista General.

El nuevo Martí tendrá modernos sistemas de seguridad y de protección contra incendios. Habrá locales de ensayo para hacer obras de pequeño formato, reuniones, asambleas y otras actividades; asimismo, se ampliarán los camerinos y otras facilidades para los artistas como espacios para vestuario y lavandería. «Estamos conscientes del gran esfuerzo que supone para el Estado cubano llevar a cabo un proyecto como este en los momentos actuales. Por eso la reapertura del Martí constituye también un reto», aseguró a GranmaLeal Spengler.

Poco a poco despierta así el teatro de antes, ese que aún vive en el recuerdo de muchos, en descoloridas fotografías o en las páginas de algún libro. Dentro de algunos meses al escenario volverán otra vez la alegría de las funciones, el ir y venir del público que podrá ocupar sus 720 capacidades, las luces multicolores y las tantas historias, para traernos de vuelta un teatro elegante y sencillo, fruto de la destreza y dedicación de muchas manos.

(Tomado de Granma)

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