Mentira y tergiversación: armas de destrucción masiva

Mentira y tergiversación: armas de destrucción masiva

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Foto: Maggie Marín.
Foto: Maggie Marín.

La primera víctima  de una guerra  es la verdad, tal  como había dicho  en 1918 el senador  norteamericano,  Hiram Johnson.  Así lo han evidenciado  las sucesivas  agresiones  lanzadas por  Estados Unidos y  sus aliados contra  Afganistán, Irak,  Libia y Siria, pretextando  que estos son países  promotores del terrorismo o  están en posesión de un gran  potencial de armas de destrucción  masiva.

Culminada la ocupación  de Irak y aun antes del derrocamiento  y ejecución del  coronel Muamar el Gaddafi,  las potencias occidentales  y algunos Estados del Golfo  concentraron en Siria la  artillería de su campaña de  difamación mediática para  tratar de convencer a la opinión  pública internacional de  la necesidad de derrocar el  Gobierno de Bashar al Assad,  un fuerte obstáculo a sus objetivos  expansionistas, militares,  económicos y políticos  en la región.

El fuego graneado de los  órganos de prensa y el poder  de las redes sociales al  servicio de esos intereses se  concentraron en manipular  y expandir desde los primeros  momentos del conflicto  sirio sus versiones apocalípticas  del desempeño de la administración  del país, junto  a las imágenes triunfalistas  de las fuerzas subversivas, a  las que califican de patrióticas  y democráticas, cuando  en la realidad son los peones  de una guerra sucia desatada  por ambiciones de dominio  geopolítico.

Si bien Estados Unidos,  Gran Bretaña, Francia y  algunos Estados del Golfo  fracasaron en el propósito  de crear un eventual clima  de temor internacional utilizando  la mentira del uso  por Damasco de armas químicas  contra su población  civil, no han desistido en  sus objetivos de desestabilizar  al país árabe e imponer  un gobierno a la medida de  sus deseos.

La determinación de las  autoridades sirias, con la  eficaz mediación de Rusia,  de destruir sus arsenales  químicos, suscribir el protocolo  para su no proliferación  e ir a un diálogo nacional,  además de aceptar su  participación en una segunda  conferencia para la paz,  en Ginebra, sin condiciones  previas, no son tomadas en  serio por la Casa Blanca  como contribución a una solución  pacífica y negociada  del conflicto.

Así lo confirma el secretario  de Estado norteamericano,  John Kerry, quien a pesar de  reconocer la positiva medida  del Gobierno de Damasco,  ha declarado públicamente  que EE. UU. continuará e  incrementará su asistencia y  apoyo logístico a los grupos  irregulares compuestos por  miles de elementos mercenarios  provenientes de más de  60 países, que masacran a la  población de la nación árabe  y devastan materialmente su  territorio.

De hecho, esos pronunciamientos  matizados de  mentiras son el mayor estímulo  a la escalada de ataques  y atentados terroristas.

Las ventajas que la Casa  Blanca y sus aliados no han  podido obtener hasta el presente  con su intervención  política y militar, pretenden  lograrlas con una nueva  conferencia sobre Siria en  Ginebra, recién anunciada  para el próximo 23 de noviembre  por Nabil Al Arabi,  secretario de la Liga de  Estados Árabes, a pesar de  la afirmación del presidente  Bashar al Assad al canal de  la televisión libanesa Al Mayadin,  de que “aún no se dan  los factores necesarios para  que el cónclave ginebrino  tenga éxito, si no incluye el  cese del financiamiento y el  apoyo a los terroristas”.

La exigencia de la participación  en la Conferencia  de representantes de los grupos  armados oposicionistas  y de la renuncia de Al Assad  por parte de Washington,  rechazadas por Damasco,  crean gran incertidumbre  acerca de un acuerdo que  ponga fin a la guerra y preserve  la integridad física y  constitucional de la nación  siria, que atraviesa por una  de las etapas más sangrientas  de su historia y es víctima  de la mortífera arma de  la mentira.

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